El banquete de bodas

homilia domingo 15

Si preguntáramos a la gente, por la calle, a que se parece el cielo encontraríamos respuestas muy variadas y las más de ellas reflejarían un lugar estático bastante aburrido. A pocos se les ocurriría la idea de compararlo con la gran fiesta de un banquete de bodas.

Y lo primero que suena en las lecturas de hoy es precisamente esta realidad festiva del banquete para hablar del cielo.

Es el profeta Isaías el que se atreve a romper lanzas para afirmar lo que vivirá Israel en la historia cuando llegue el Mesías. El Señor reunirá a la gente en un monte alto para celebrar la gran fiesta con un banquete abundante en carnes, vinos de solera, danzas, fiesta y algazara. Y a ese banquete estarán invitados todos los pueblos de oriente y occidente. Isaías rompe fronteras y abre el espacio de la alianza a todos los pueblos.

Pero además añade que el Señor enjugará todas las lágrimas y aniquilará la muerte para siempre. Qué gran noticia. A veces parece demasiado hermosa para ser cierta. Pero ahí está.

Y además proclama: “Aquel día se dirá: Aquí está nuestro Dios. Celebremos y gocemos con su salvación”. Esto último es el gran motivo de la fiesta, del banquete y de la acción de gracias.

Hemos de tener presente que el que invita o tiene la iniciativa y prepara el banquete y la fiesta es Dios; y lo hace GRATIS. Es decir, porque quiere a Israel como a un hijo, y quiere lo mejor para él (ellos y ahora nosotros).

Jesús, en el evangelio de hoy (Mt 22, 1-14), sigue la estela de Isaías y compara el Reino de los Cielos a un banquete de bodas del Hijo del Rey. Es el Rey (Dios) quien invita a las bodas de su Hijo (Jesucristo). Un Hijo, que con la Encarnación se “casa” con todo el género humano para posibilitar a todos el ser “hijos en el Hijo”. En Jesucristo se realiza la gran fiesta anunciada en Isaías.  Jesús es la Palabra definitiva del Padre para decirnos que nos ama hasta el extremo y que quiere para todos nosotros la salvación, que no es otra cosa que entrar a participar de su vida abundante para siempre. Y si es “vida” es una fiesta de encuentro y de gozo inenarrable. Todos hermanos e hijos de un mismo Padre en Jesucristo, abrazados por el Espíritu.

También Jesús deja claro que la iniciativa de toda esta fiesta de la Salvación está en las manos del Padre. No hay mérito previo alguno por parte nuestra para merecer tal don o regalo.

Y también Jesús deja claro que el cielo o la salvación no es ninguna lotería repartida a la rebatiña ni tampoco es paso obligado para todos.  La salvación es para todos, pero ese “todos” está compuesto por multitud de personas libres y responsables. Cada uno debe aceptar por propia iniciativa la invitación a la salvación y a la vida.

Es esto lo que quiere dejar claro el ejemplo de los primeros invitados que rechazan la fiesta por múltiples ocupaciones y también el personaje ese de no tener puesto el vestido de fiesta. Unos han dicho no y otros se han cerrado a la posibilidad de la fraternidad. Prefieren estar y seguir solos.

Y todo esto, hoy ¿cómo se come?

Me da la impresión de que hay muchos que buscan la salvación en muchas ocupaciones. Tierras y negocios están hoy a la orden del día. El cielo es una quimera tonta e infantil. El cielo y la felicidad, la salvación se encuentran en el tener dinero, ocuparse en muchas cosas y divertirse hasta que el cuerpo aguante. Se vive el “carpe diem” y esto nos basta. El evangelio, Jesucristo, Dios, Iglesia, es mejor aparcar todo esto, dejarlo caer y que se disuelva por su propio peso que es vano.

Los agentes de pastoral nos esforzamos por presentar el evangelio como “buena noticia” que es y que la felicidad solo está en Dios que es el garante de la Vida Eterna y todo eso parece caer en el olvido y ni tan siquiera es comentado como posibilidad. Los otros afanes son la prioridad en todo momento. Lo difícil que resulta que algunos padres encuentren tiempo para llevar a sus hijos a la catequesis y mucho menos para acercarse a alguna catequesis de adultos para ellos. Hay tiempo para deportes, inglés, pilates, pintura y miles de cosas más, pero para dedicar un tiempo a la oración o a la formación catequética… nada.

No conseguimos dar con la tecla para hacer llegar la noticia de Jesús como evangelio o buena noticia que atraiga y seduzca. Quizás porque a los portadores de esta buena noticia no se nos ve la convicción, la alegría y el entusiasmo que decimos se esconden en la realidad de la Salvación.

A la par de esto, también tenemos que decir que el evangelio de hoy tiene reminiscencias eucarísticas. Cada domingo celebramos la fiesta de la Pascua del Señor y de nuestra pascua. Y la celebramos en la Eucaristía que es memorial de la “cena del Señor”. La eucaristía es un banquete donde se sirve abundantemente el pan de la Palabra y también el sacramento del cuerpo y de la sangre del Señor eucaristizados en el pan y el vino. Un encuentro que debe ser festivo y gozoso donde vamos a celebrar el estar con nuestros hermanos y con nuestro Dios haciendo memoria de la Historia de Salvación que Él ha tenido con nosotros.

La eucaristía debe ser preparada con mimo, deseada y celebrada. Es algo importante para todos nosotros como comunidad-iglesia que caminamos hacia la gran Pascua o hacia el definitivo encuentro con el Padre.

A nadie hace falta explicarle que un banquete de bodas es una fiesta. Aunque hay iniciación al banquete, llevando los pequeños, y sabiendo también que hay que hacer porque sea fiesta y no siempre resulta tal. Hay momentos de aburrimiento y de tedio pero se aguantan y se sigue compartiendo con la familia, los amigos y los novios.

Para convencer a la gente que la misa es una fiesta, hay que hacer un gran esfuerzo. Algo persiste a lo largo del tiempo que parece ser ya genético en muchos y prefieren no acercarse por esos lares convencidos de que no les dice nada y que no les sirve para nada.

Es necesario que los que creemos y celebramos la eucaristía hagamos lo posible para hacerla vida de nuestra vida. No hace falta montar un teatro para hacerla atractiva o que cada día actúe un cantor o venga un animador televisivo. No. Hace falta vida de fe. Ir a celebrar porque sin la eucaristía se nos apaga la fe. Ir a celebrar para encontrarnos con el Señor. Ir a la eucaristía para encontrarme con los hermanos. Ir a la eucaristía para celebrar la gran fiesta de la victoria de Jesucristo sobre la muerte, sobre toda muerte, sobre mi muerte. Ir a celebrar la eucaristía para dar gracias a Dios por tantos dones con los que nos ha sorprendido y regalado a lo largo de nuestra vida. Ir a la eucaristía para alimentarme de la Palabra de Dios. Ir a la eucaristía para comer del Cuerpo y beber de la Sangre del Señor Jesucristo. Ir a la eucaristía para decir: “Aquí está nuestro Dios. Celebremos y gocemos con su salvación”. A Dios, nuestro Padre, la gloria por los siglos de los siglos. Amén.

Gonzalo Arnaiz Álvarez, scj.

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