El Bautismo del Señor

Escultura del Bautismo del Señor
Escultura del Bautismo del Señor

Culminando el “tiempo de Navidad” estamos celebrando las fiestas “epifánicas”. Epifanía no es solamente la fiesta de los “Reyes Magos”, sino que también lo es la fiesta del Bautismo de Jesús y otra fiesta, ahora eliminada o puesta en sordina, que recordaba el primer milagro de Jesús en las bodas de Canaán.

Todos sabemos que “Epifanía” significa “manifestación” o cabalgata triunfal de un emperador o general que entraba reinante o triunfante en un pueblo o ciudad para que el pueblo lo conociera y rindiera honores. Pero además, la palabra en sí juega con el término “dar luz, iluminar” (faneo) y la partícula “epi” que podríamos traducir por algo preeminente sobre manera, o un superlativo extremo. Si diáfano (dia-fano) significa claro o limpio, epi-fanía significa clarísimo o más claro que el agua, o más luminoso que el sol.

Así pues las fiestas de la Epifanía tienen algo que ver con todo esto. Serán las fiestas de la manifestación pública de lo que encierra el misterio de la Encarnación en la persona humana, que es también divina, de Jesús.

En la fiesta de “los Reyes Magos” de una forma particular celebrábamos la presentación del Niño de Belén a los “pueblos gentiles” representados en aquellos magos de Oriente que se acercaron a Belén a adorar al recién nacido “Rey de los judíos”. Aquellos “magos” acogiendo y reconociendo a Jesús como hombre, rey y Dios, volvieron a sus países de origen convertidos ellos también en “reyes”. Llegaron “magos” y volvieron “reyes” transformados por la fe en aquel Niño – Emmanuel y Salvador.

En la fiesta del Bautismo de Jesús asistimos a su presentación pública ya de adulto. Ayudados por la Palabra de Dios penetramos en el contenido fundamental del misterio de la Encarnación. ¿Para qué y por qué Dios se hizo hombre?

(Elijo unas lecturas posibles entre varias opciones)

Isaías (42, 4-7) nos sorprende presentándonos al “Siervo de Yahweh”. En vez de anunciar un “Cid campeador” que reconquistara la tierra de sus padres a fuerza de uña de caballo y de espada, anuncia un “siervo”, un “pobre hombre” como el elegido (ungido) por Dios pero que contará con la fuerza del Espíritu de Dios que se lo ha regalado para que traiga derecho y justicia a las naciones. El método empleado por el “siervo” para conseguir sus fines, no será el vocear, ni el gritar por las calles, ni quebrar nada, ni apagar tan siquiera lo humeante. De la mano de Dios será alianza para el pueblo, siendo luz de las naciones pasando como uno de tantos abriendo los ojos de los ciegos y rompiendo los cepos de los esclavos.

La Iglesia siempre comprendió la persona de Jesús desde la meditación de este canto del Siervo. Pero quizás, a lo largo de su historia (y nuestra historia) no ha sabido encarnar demasiado bien esta forma de actuar de Jesús. Hemos usado mucho más de la imposición por la fuerza que de la proposición por el testimonio de vida. Y seguimos peleándonos por mantener cuotas de poder en vez de renunciar a él por principio.

Los Hechos de los Apóstoles (10, 34-38) nos presentan a Jesús como el Ungido por Dios con la fuerza del Espíritu Santo, que pasó haciendo el bien y curando a los oprimidos por el diablo, porque Dios estaba con Él. Casi repite lo de Isaías, insistiendo en el hecho de que Jesús es guiado por la fuerza del Espíritu. Este Jesús vino al pueblo de Israel pero para todos. Dios no hace distinciones y acepta a todo el que practica la justicia. Está claro (epifánico) que Jesús viene a traer la PAZ para todo el mundo, sin distinción de raza, credo o tiempo. Está claro que la misión de Jesús es UNIVERSAL. No se queda encerrada en un pueblo o nación sino que se abre a los pueblos gentiles que a partir de ese momento son ya “Pueblo Santo de Dios”.

Jesús pasa curando, liberando y haciendo el bien. Y lo hace a su manera. Es decir poniéndose como el servidor y el esclavo de todos. Cumple en su vida lo señalado por el profeta Isaías en lo descrito arriba. La misión de la Iglesia no puede ser otra distinta a la de Jesús. Hacer otra cosa es desedificar, o edificar sobre arena.

Lo que se proclama del evangelio de San Marcos (1, 6-11) centra el tema de lo celebrado en ésta epifanía: El Bautismo de Jesús. La primera parte la hemos proclamado en el tiempo de Adviento. Ya entonces resaltábamos la palabra “expectación” por parte de un pueblo. Aquello que se esperaba: “el que iba a bautizar con fuego y Espíritu Santo” llega hoy a manifestarse claramente (epifanía). Jesús, poniéndose a la cola para un bautismo general de los realizados por Juan, en el momento que le toca a Él ser bautizado tiene la experiencia profundísima de la razón de ser de su persona. Tiene la experiencia fundante definitiva que determinará para siempre su modo de vida y su misión. El Espíritu Santo invade y plenifica la persona de Jesús. Quede claro que Jesús ya tenía el Espíritu, pero en este momento la resonancia del Espíritu en su vida llega a la máxima expresión. Toda su persona vibra al son del Espíritu y escucha la Voz de Dios que dice “Tú eres mi Hijo, el amado, el predilecto”. ¡Tantas veces Jesús se había sentido don de Dios y amado del Padre! Pero en este día esa realidad llega a estar clara, clarísima hasta el extremo (epifanía). Jesús se sabe definitivamente “Hijo de Dios” y enviado a evangelizar.

Jesús es el HIJO AMADO DEL PADRE; EL PREDILECTO.

Esto es así. Es la gran noticia. Un hombre, Hijo de Dios.

Pero esto, con ser grande no queda ahí. El Hijo viene a bautizar con Espíritu y fuego. Por Él, se abre el cielo y ya no se cierra. Por Él, viene el Espíritu y se nos da el Espíritu Santo para que todos seamos hijos. Por Él el cielo y la tierra se unen y fusionan para siempre. No habrá confusión de naturalezas divina – humana ni en Jesús ni en la creación, pero sí que habrá una dinámica avasalladora de “divinización” orientada por el Espíritu Santo que desde el inicio de la creación aleteaba sobre las aguas y que ahora desde las aguas bautismales transforma, inunda, regenera, santifica toda la realidad creada y de forma particular al hombre que se abre al gran Don manifestado en Jesucristo. Por el Espíritu caminamos hacia la “pascua” de toda la creación.

La noche de Pascua de resurrección es la noche bautismal por excelencia. Pero no cabe duda de que hoy, a la luz del bautismo de Jesús, es un buen momento para renovar nuestra particular consagración bautismal y revitalizarla dejándonos también llevar por el Espíritu recibido aquel día. Sepamos ser agradecidos por el Don y la mejor forma de serlo es viviendo a tope nuestra consagración. Bautizarnos significa beber del cáliz que Jesús bebió; significa vivir regalando vida o sirviendo a los demás; significa trabajar por el derecho y la justicia; significa solidarizarnos con los pequeños y necesitados; significa vivir nuestra vida como una eucaristía permanente y para ello necesitamos con “necesidad de medio” (impostergable como el comer para vivir) alimentar nuestra fe y nuestra vida bautismal con el sacramento de la eucaristía siguiendo el ritmo de las mini-pascuas semanales (lo de “mini” es demasiado poco) que son los domingos o “día del Señor”.

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