El camello y la aguja

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Hebreos 4, 12 -13 nos habla de la Palabra de Dios. Palabra de Dios que hoy se compara a la espada de dos filos que penetra hasta las entretelas. La Palabra de Dios es viva y eficaz. Está viva. Es la Vida. Y porque es la Vida vive. Es el Viviente. Pablo inmediatamente cambia la Palabra por la Persona atribuyendo a la Palabra un Sujeto: Dios. El Viviente, porque es vida, es capaz de dar su propia vida para que tengamos vida. Por eso la Palabra, Jesús hecho hombre, transforma nuestra vida y nos da nueva vida en el Espíritu.

Esta Palabra penetra en nuestro interior y discierne; separa y corta (poda); hace crecer en los valores del Reino. Y porque esto es así, uno abre el oído para escuchar o acoger lo que se proclama en la primera lectura (Sabiduría 7, 7 – 11) y en el Evangelio (Marcos 10, 17 – 30) y se queda sobrecogido o anonadado por no decir escandalizado de uno mismo. Me descubro a años-luz del espíritu del evangelio aún reconociendo que es buena noticia. Y voy a intentar desmenuzarlo algo, aunque más me apeteciera callarme por vergüenza o para no meterme en líos. Este evangelio (y paralelos) es de los que más han afectado mi vida y por el que de hecho yo soy religioso y sacerdote. Quiero decir que estas palabras me han seducido y me dejé seducir por ellas, pero entiendo que he puesto murallas para que no obraran en mí todo lo que la fuerza de la Vida hubiera podido hacer de mi vida. Empecemos por partes.

El libro de la Sabiduría hace un elogio de “La Sabiduría” puesto en boca del mismísimo rey Salomón. Intenta hacer una escala de valores donde los del “Espíritu de la sabiduría” son superiores a todo otro valor, llámese poder político o económico. La Sabiduría es más valiosa que oro o plata o que todas las riquezas del mundo. Y quien tiene la Sabiduría tiene todo lo demás… por añadidura.

No es este el escalafón habitual de nuestros valores. Canturreando una canción vieja, podríamos decir que nuestra escala es: salud, dinero y “amor”. La sabiduría vale un cuerno o poco más. Y así son las cosas. Esta lectura está bien para la iglesia o para florilegios de poesía o cosas parecidas. Pero la vida va por otros derroteros distintos a estos. Siempre, pero sobre manera en los tiempos que corren.

Si Salomón nos habla de la Sabiduría, el que es “más que Salomón” y la Sabiduría encarnada – Jesús de Nazaret – qué no dirá al respecto. El valor supremo para él será el Reino de Dios o mejor dicho, Dios y su Reino. Todo lo demás va a quedar reducido a añadidura. El evangelio de hoy es una página donde el Maestro maneja de maravilla la ocasión que le da el encuentro fortuito para él y buscado por el joven fogoso y bienintencionado que le plantea una pregunta crucial para él: ¿Cómo puedo heredar (ganar) la vida eterna? Ya la pregunta está formulada, como es lógico, desde los esquemas del joven. La vida eterna es una inversión buena, una herencia a conquistar. No me la quiero perder. Me interesa.

Digo desde ya que este joven es bienintencionado y con muy buena voluntad. Algo despistado, pero tiene inquietud y busca. Además resultará ser sincero y honesto consigo mismo. No es alguien a despreciar. Es más es alguien que puede servir de tipo para muchos de nosotros que funcionamos según esos esquemas cuando mejor lo hacemos. Otras muchas veces camuflamos la verdad y tratamos de adecuar la Sabiduría a nuestra sabiduría (nuestras entendederas).

Jesús le responde a su pregunta indicándole el camino que lleva a la vida, que según la Ley es el decálogo. Pero un decálogo reducido o podado. Jesús se salta los tres primeros mandamientos y resalta los otros 7: aquellos que tienen que ver con el prójimo. Invita a dar una mirada al comportamiento con el entorno, porque en él se juega la “prueba del nueve” de la verdad de los tres primeros mandamientos.

El joven responde que ya los cumple desde su juventud. Quizás sea sincero en lo que dice este joven, pero quizás esté ya engañado de alguna forma, porque era bien difícil ser rico y haber cumplido la ley o las leyes de Israel que invitaban a tener muy presentes a los pobres, las viudas, los forasteros. Muy difícil acumular cuando en aquella sociedad había (como hoy) muchos más pobres que ricos. La Ley de Moisés había propuesto la propiedad de la tierra como don de Dios y como propiedad del pueblo y no de particulares. Las divisiones de tierras habían sido meticulosas hasta decir basta (basta leer el libro del éxodo y de los números); se habían creado figuras jurídicas como el “goél” para defender la propiedad del clan familiar y hasta un año jubilar cada 50 años para que las tierras volvieran a ser posesión del clan o familia que las había perdido por la causa que fuera. Sin embargo se había llegado a la acumulación de propiedades y a la exclusión de muchos de esa propiedad. Siendo esto así, Jesús no critica al joven, sino que le invita a dar un paso más. Vende. Da. Ven. Tres verbos que como mazazos retumban en los oídos del joven. Le dejan noqueado. Ni vende, ni da, ni viene. Se va por el camino que había venido, porque era muy rico. No se ha dejado seducir por Jesús, a quien le cayó simpático, y prefirió seguir su camino. No tenía “corazón de pobre”. No era “pobre de espíritu”.

Y ahora viene la mirada de Jesús. Mirada dirigida a los suyos (y a nosotros) y le sale de lo hondo esa exclamación: “Hijos, qué difícil es que un rico entre en el Reino de Dios”. Y rico es aquel que “pone su confianza en el dinero”. Y después viene lo del camello y la aguja. Son palabras dichas por la “Sabiduría” contra la “sabiduría”. Y aquí está lo chocante tanto para los discípulos de entonces como para nosotros que nos decimos discípulos. ¡Esto es imposible! Y es que nos vemos “ricos de espíritu” o con la mirada y la esperanza y la seguridad y todo puesta en “don dinero”. Nos parece lógico, y lo es, que si ganamos dinero es para nosotros. Que tenemos que buscar la seguridad de nuestros hijos. Que podemos disfrutar de aquello que poseemos legítimamente. Que podemos subir en el escalafón social. Qué tiene de malo comer bien o tener una casa con ciertas comodidades. ¿Acaso no es mejor tener para poder ayudar mejor? Estamos de lleno en la lógica del poseer o del tener y esta lógica nos seduce y ata. Nos sometemos muy gustosos a sus exigencias. ¿Tendrá algún límite esta lógica? ¿Dónde poner el “techo” a nuestro poseer? Realmente no encontramos límite, porque también aquí vale aquella vieja canción que decía: El que tiene uno quiere tener dos…. Y el de los 50 busca tener 100. Todos queremos más. Y en esta carrera del “más” son muchos los que se quedan fuera, al margen, desposeídos y hambrientos. Crea realmente un círculo vicioso donde pocos tienen mucho y muchos tienen poco. Y eso está lejos del querer de Dios.

Por eso, Jesús seguirá adelante diciendo que ciertamente es imposible para el hombre romper con esta lógica, pero que para Dios no es imposible. Apunta de nuevo al “desde Dios” del que hablábamos en el domingo pasado. Y es que Jesús no deja de apoyarse en Dios, ver las cosas desde Dios y saber que todo lo recibe de Él, y que todo es de Él. Por lo que de inmediato viene a sugerir que no existe el “mío” sino el “nuestro” como regalo del Padre. Y es quizás este “nuestro” la clave que rompe el círculo vicioso y crea un círculo virtuoso. ¿Qué os parece si en vez de pensar en “mis” hijos, pensáramos en “nuestros” hijos donde caben los míos, los tuyos y los de aquél? ¿Y si en vez de “mi casa” pudiéramos decir “nuestra” casa? Y así sucesivamente. Suena a utopía, pero si lo intentáramos posiblemente pudiéramos descubrir una dinámica distinta y una sociedad montada en vez de sobre el consumo sobre la solidaridad y la fraternidad. Cierto que habría que corregir desajustes, pero probablemente mucho menores de los actuales.

Y es ahí donde viene la última fase del evangelio. Quien pospone todo por seguir a Jesús, encuentra el ciento por uno y la Vida eterna. ¡Ciento por uno! Los bancos pueden ofrecer el 1 por ciento o poquito más. ¿Será verdad esa oferta? Parece poco creíble. Pero si somos creyentes en Jesús deberíamos fiarnos un poco más de Él. Hay gente que ha intentado vivir de cerca estos presupuestos del evangelio. Desde el principio de la iglesia, hubo experiencias de vida comunitaria donde lo que aquí se afirma fue cierto. Los Hechos de los Apóstoles nos narran formas de vida de las primeras comunidades donde algo de esto funcionó. También hoy día hay gente que se cree esto y se fía de la palabra de Jesús. La vida religiosa (o los frailes y monjas) han querido hacer una opción por este estilo de vida que ya anuncia la realidad del Reino en medio de nosotros. Ciertamente que en su tentativo de seguimiento han podido caer en la tentación que querían evitar. Han querido ser y vivir como pobres, pero después se han podido rodear de estructuras ricas y han aguado el signo. Pero aún en medio del “pecado estructural” yo puedo decir que muchas veces en mi vida de cura de barrio, de formador de teólogos, o de misionero en Venezuela he sentido muy cerca la realidad del ciento por uno. También he sentido el testimonio de hermanos clérigos y laicos que viviendo cercanos a los presupuestos del evangelio han sentido esta realidad. También soy testigo de las dificultades que vive un hermano “de sangre” mío, que desde la vida laical intenta vivir esta realidad en misiones en Panamá. También él experimenta la comunión y el apoyo desde algunos cristianos de acá, pero vive en la cuerda floja permanentemente.

Hay mucho camino por hacer, pero será bueno dejarnos escrutar por la Palabra y que Dios vaya haciendo su labor en nosotros. Pero dejémosle.

Gonzalo Arnaiz Alvarez, scj

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