El camino del discípulo

JERUSALEN NAZARET 635

El domingo pasado, el evangelio proclamaba la confesión de Pedro ante la pregunta de Jesús: ¿Vosotros, quién decís que soy yo? Pedro respondió que Jesús era el Hijo de Dios vivo. Y Jesús le constituyó en “roca” para edificar su iglesia. En el evangelio de Mateo, ese momento divide su libro en dos partes. Hay un antes y un después de la confesión de Pedro. A partir de ahora Jesús va a dirigirse más intensamente hacia los suyos clarificando cada vez más su misión de “hijo del hombre” o de “Mesías”.

En el evangelio de hoy (Mt 16, 21-27) se nota claramente el inicio de estas nuevas “catequesis” y las “cortas entendederas” que tenían los discípulos. Contemplamos un enfrentamiento entre Jesús y Pedro. Parece que a Pedro, las palabras elogiosas de Jesús en los momentos en que confesaba que Jesús era el Mesías, como que se le hubieran subido un poco a la cabeza. Y a la primera de cambio quiere dar lecciones al maestro. Jesús les habla de su “subida a Jerusalén” donde va a padecer mucho, va a ser entregado y va a morir. A Pedro aquello le parece descabellado. El Mesías tenía que entrar triunfalmente en Jerusalén; así es que le dice a Jesús que se quite esas ideas de la cabeza. Que eso no es así. Que está equivocado. Jesús se pone serio e invita a Pedro a no salirse del camino, a no buscar atajos, a no ponerse delante. Le invita a ser buen discípulo yendo detrás del maestro. La voluntad de Dios es que Jesús vaya a Jerusalén a entregar la vida por los demás. No hacer la voluntad de Dios es caer en la tentación de la idolatría.

Y a partir de aquí es cuando Jesús indica el camino a seguir con palabras claras pero desconcertantes; no son del cariz habitual en los razonamientos humanos; no buscan la realización personal o el “ego” de cada uno.

Jesús habla de “negarse a sí mismo”. Quizás en positivo se pueda decir que dejemos a Dios ser Dios en nuestra vida. Que sepamos vivir en gratuidad. Nuestra vida es un don de Dios y somos desde Dios. Por tanto no pongamos otro fundamento y sepamos fiarnos siempre de Dios.

El que quiera salvar su vida la perderá. El que la pierda por la “causa de Dios”, “por seguir a Jesús”, “por el Reino de Dios”, ese la ganará. Ninguno de nosotros podemos salvar nuestra vida. Ninguno de nosotros puede garantizar la subsistencia de nuestra vida ni siquiera en el próximo minuto. Es una quimera pretender salvar la vida desde nuestros proyectos, planes o fuerzas. Solo desde Dios puede salvarse esa vida. Por eso el que sabe entregar su vida libremente al servicio de los demás, ese, salva la vida, porque la vive según Dios.

Jesús deja claro que no es indiferente el modo de vivir la vida. Somos sujetos perfectamente responsables de nuestras opciones libres. Estamos llamados a optar por Dios, optar por Jesús y ponernos de su lado, puesto que él se ha puesto a nuestro lado. Elegir a Jesús es elegir la vida. Negar a Jesús, negar a Dios es entrar en un proceso de descomposición que lleva a la muerte.

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