El ciento por uno

Parábola del sembrador

El evangelista San Mateo abre un largo discurso en parábolas de las pronunciadas por Jesús. En este domingo contemplamos la parábola “del sembrador”. Muchas veces al comentar la Palabra de Dios resaltamos la iniciativa divina, la fuerza de la misma Palabra, la labor del  sembrador, etc. Hoy, la parábola contada por Jesús nos invita a echar una mirada a la tierra que acoge la semilla; una tierra que representa a los que escuchan la palabra y las actitudes que tienen ante ella.

Quiere esto decir que no podemos hablar de automatismos en la eficacia de la acción de Dios, porque siempre hay que contar con la colaboración y libertad humana. Colaboración y libertad que siempre están siendo  desde el hacer primero de Dios, pero que sin duda también se da la responsabilidad por parte del hombre. Siempre podemos decir SÍ o NO a Dios.

Así es que miramos un poco las actitudes con las que podemos acoger la Palabra proclamada y celebrada.

La imagen dada en la narración es una imagen agrícola muy conocida por los oyentes de ese momento. Ahora ya es menos conocida experiencialmente esa imagen, pero nos da pie a reflexionar sobre nuestras actitudes.

Hace unos días visitaba con mis hermanos la ciudad de Tudela, y para ir hacia la catedral pregunté a un lugareño joven, ataviado con las vestimentas sanfermineras, dónde estaba la catedral. No tenía ni idea. Sus intereses eran otros y desconocía, al menos por el nombre de catedral, lo que realmente es una joya artística para su ciudad.

En Puente la Reina, donde estoy como párroco, veo pasar infinidad de peregrinos hacia Santiago.  El camino de Santiago atraviesa el pueblo, y a lo largo de él se encuentra con tres iglesias preciosas y un puente románico sobre el río también precioso. Muchos pasan por delante de la iglesia (iglesias) y ni siquiera una mirada. Algunos se paran, ven las torres, sacan fotos, y siguen su camino. Otros se deciden a entrar, observan, piden el sello, y se van. Finalmente, otros se dejan envolver por la belleza arquitectónica, la saborean, se sientan, rezan. Algunos se quedan para celebrar eucaristía y recibir la bendición del peregrino.

Todos tienen las mismas oportunidades y posibilidades. Algunos se pierden lo mejor de Puente, prefiriendo tomar una cerveza en una terraza (que no está mal) y pasar olímpicamente del arte y del encuentro con Dios. Habrá más oportunidades.

Hay quienes buscan experiencias esotéricas y las encuentran en las portadas de las iglesias, en los lugares de culto y también en el silencio que ofrecen los templos.

Hay otros que al entrar en la iglesia se ven envueltos en una atmósfera impresionante de silencio, luz y color que agradecen enormemente y les hace llorar, vibrar y rezar. Son capaces de quedarse largo tiempo en la contemplación y la oración. La eucaristía es para ellos el colofón de un día grande y fuerte en su caminar hacia Santiago.

Ahí vemos claramente como la actitud de cada uno hace variar lo que es una misma oferta para todos.

Podemos mirar hacia dentro de nosotros mismos y ver cuál es nuestra actitud ante las celebraciones de la fe, ante la proclamación de esta misma Palabra en el evangelio de hoy y de siempre.

Podemos ir a la misa a “cumplir” o realizar un acto acostumbrado en nuestra tradición vital. Pero nada más. Pasamos por la misa “sin pena ni gloria”.

Podemos ir a la misa pendientes del reloj y a la espera de que todo vaya breve y el cura no se enrolle en la plática. Ejercemos nuestra capacidad de aguante pero nuestro corazón está puesto en otras partes o valores.

Podemos ir a celebrar la fe y a recibir la Palabra con alegría para que pase por mi mente y mi corazón y me abra a la acción de Dios.

Depende de nosotros el que la eucaristía sea realmente una fiesta, un encuentro entre Dios y nosotros y entre nosotros como hermanos. Es necesario afinar nuestra atención y perfilar bien los valores que queremos vivir y experimentar.

Jesús, en la parábola, termina diciendo que unas semillas fructificarán el ciento por uno…  Aquí vuelve a exagerar. No hay cosecha de ese calibre si no fuera por la calidad de la semilla o por la calidad del sembrador o labrador. Jesús no pierde de vista la importancia del hacer del Dios – Trinidad en todo lo tocante a la vida de la fe. Dios siempre es mayor y primero, y con mucho lo mejor. No hemos de perderlo nunca de vista.

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