El Evangelio no tiene fronteras

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“Jesús habla claro”: Sería el eslogan de campaña promocional para presentar al candidato “Jesús” como el Ungido del Señor. Y es que desde los primeros compases de su vida pública, en su encuentro con sus paisanos, Jesús no da pié, ni por segundos, a que se llevaran un chasco por haberse imaginado un gran porvenir por ser del pueblo “natal” del Mesías. Los convecinos de Jesús, familiares incluidos, esperaban un mesías como “Dios manda”; o sea, distinto al que Dios tiene planificado. Esperaban un mesías campeón que restaurase el poder nacional de Israel. Algo bueno les tocaría a ellos, si uno de su pueblo llegaba a ser rey. En medio de tal expectación aparece Jesús en la reunión de la sinagoga y hace su presentación (Lucas 4, 21-30). Son las primeras palabras de Jesús en público y en medio del pueblo. Por lo tanto son bien importantes para los oyentes (y también para los lectores del Evangelio) puesto que deberán sonar como “primicias” y como programa o plan de acción del ponente.

Jesús sorprende primero con la lectura escogida y tal como la ha leído. Se ha atrevido a “filtrar” al profeta y cortar determinadas afirmaciones de Isaías. Lee las palabras que traen o suenan a buena noticia y no lee las que hablan de “desquite” o “castigo”. Proclama el “año de Gracia” olvidando lo que de aniquilación afirmaba Isaías. Esto es lo que primero asombra y extraña a los oyentes. No deja de ser un atrevimiento por parte de Jesús el corregir al profeta. Y solo habla de perdón y gracia para los cojos, ciegos, sordos… y pobres. Jesús habla de una buena noticia de “Gracia” para aquellos que acojan la Palabra de Dios. No pone condiciones previas a su oferta. Es oferta gratuita de Gracia. No puede ser de otra forma.

Jesús sorprende, en segundo lugar, por que afirma que HOY se cumple el anuncio profético. Ni más ni menos está afirmando que los tiempos mesiánicos han llegado ya y que Él es el Ungido de Dios. No anda con tapujos y les declara sencillamente su vivencia vocacional y como se siente después de lo acontecido en su bautismo.

Tiene pocas credenciales Jesús para decir eso. Es paisano bien conocido de todos, el hijo de José. No tiene ningún atributo de estirpe sacerdotal y vive de carpintero desde siempre. Esto es lo que también asombra y extraña a los oyentes. ¿Qué pruebas tenía para afirmar eso?

Para “arreglar las cosas”; Jesús sigue sorprendiendo porque continúa hablando removiendo cada vez más el avispero. No les dice que no se ha explicado bien, sino que les dice que tienen que cambiar de mentalidad. Que el Dios de Israel ya hacía tiempo que había saltado las fronteras étnicas y geográficas de Israel para hacer ver que su salvación (su actuación) llegaba más allá de los límites impuestos por los poderes políticos. El Dios de Israel se había puesto del lado de Amán el Sirio y de la Viuda de Sarepta. Dios no tiene fronteras y su Salvación llega a todos los hombres. El Reino de Dios y su Gracia es para todos los hombres; es universal; Nadie está excluido de él; todos son “amigos de Dios”. (Recordad que el evangelio está escrito para “Teófilo”; todos somos teófilos: amigos de Dios). Esta es la tercera propuesta de Jesús, que hace que los “oyentes se salgan de sus casillas”. Y es que perciben que Jesús les está cuestionando a fondo su actuación y sus esquemas de vida. Les está diciendo no solo que la salvación es universal, sino que, además, no tienen ningún privilegio ante Dios por ser “judíos” o “hijos de Abraham”. Ellos no son “primeros” y los paganos los “segundos” sino que hasta es posible que como en los tiempos de Elías fueran merecedores de la atención de Dios los paganos o extranjeros, mucho más que ellos aunque estuvieran circuncidados.

Además, a este Dios ni se le compra ni se vende. No hay que afanarse en cumplir las leyes bien pormenorizadas por los escribas, sino que se nos da “de balde” y por adelantado. El Amor de Dios (su Gracia) nos precede siempre. Amor que precede.

 

El mensaje de Jesús, está claro desde el principio. La llamada a la conversión y el afirmar que Dios es gratuito y para todos desde su Gracia y Misericordia; y que el Reino de Dios no tiene fronteras y alcanza al mundo entero. Estas cosas corrigen la perspectiva de la fe del pueblo centrada en la alianza, la estirpe y la tierra heredada. No están dispuestos a cambiar por las palabras dichas por su paisano Jesús, y para que no siga estorbando lo mejor es cortar por lo sano y despeñarlo del monte abajo.

Como veis, casi es el resumen del Evangelio de Jesús que encierra toda la tensión que Jesús va a vivir a partir de ahora en medio de su pueblo hasta que finalmente llegue a la cruz. “Vino a los suyos y los suyos no lo recibieron”.

 

¿Hacemos el salto al HOY de Dios en este nuestro tiempo?

No ha mucho tiempo se decía que “fuera de la Iglesia no hay salvación”. Tantas veces a lo largo de la historia hemos pretendido poner “puertas” al Espíritu y le hemos pretendido delimitar su campo de acción. Y olvidamos que el Espíritu sopla donde quiere y cuando quiere.

Ahora que hemos terminado el octavario por la unidad de los cristianos nos podemos preguntar cómo miramos a los “hermanos separados”. Podemos seguir con la actitud de mirar a los otros “por encima del hombro” y pedirles que lo que tienen que hacer es volver a “nuestro redil”. Y quizás también a nuestra Iglesia se le debe pedir que dé pasos adelante en búsqueda de la comunión.

Lo mismo podemos pedir a los distintos movimientos o grupos o facciones que se dan dentro de la misma Iglesia. Y de igual modo a los que en la Iglesia detentan cargos en los que se ha recibido el Espíritu para el servicio de la comunidad y tantas veces usan de ese Espíritu como si lo tuvieran en exclusiva o como si lo pudieran controlar según su voluntad.

 

Pregunta más candente, podría ser: ¿Nos sentimos enviados para anunciar la buena noticia a los pobres…? ¿Somos nosotros pobres? El evangelista Lucas pretenderá responder a estas preguntas a lo largo de su evangelio. Basta decir ahora que el evangelista tiene en su punta de mira el “tener o poseer” para indicarnos como “ser” seguidores de Jesús. Seguiremos su desarrollo con el discurrir de los domingos.

 

Una última pregunta: ¿Dios es gratuito o GRACIA? ¿Dios es AMOR? La definición de Amor y de Gratuidad la tenemos hoy magníficamente plasmada en el himno al AMOR de San Pablo a los Corintios (13, 1-13). Aunque parezca mentira, aceptar que Dios con nosotros es así -puro Don, pura Gracia, pura Fidelidad- es lo que más nos cuesta. Nos encantaría tener un Dios al que se le puede comprar. Haríamos (hacemos) cantidad de cosas para hacerlo favorable a nosotros. Hasta “nos dejaríamos quemar vivos”. Pues no hace falta hacer nada para atraernos el Amor de Dios. Lo tenemos gratis.

Que el Amor de Dios sea así, nos lleva a decir que también nosotros podemos funcionar así con nuestros hermanos. Vivir nuestra vida en gratuidad como servicio y entrega a los demás.

La síntesis de este amor: JESUCRISTO.

 

Gonzalo Arnaiz Álvarez, scj.

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