El nubarrón, Hno. Miguel Ángel Millán SCJ

El ruido intenso y sonoro de un trueno semejante a la estrepitosa descarga de un cañón parece dejar un tanto helado a los conferenciantes. Si es que helado puede quedarse cualquier ciudadano de pie cuando el sol de estío comienza a abrirse paso por la meseta castellana. Con el clima loco que nos arrecia hemos comenzado nuestra andadura en la X Conferencia Provincial.
Así que un tanto chiflados debemos estar cuando nos adentramos en la cavernosa gruta de la misión eclesial y pastoral de nuestra provincia. Pero es ese punto loco el que hace especialmente interesante este encuentro a semejanza de Juan de Dios, Francisco de Asís y tantos otros profetas y santos que se embarcaron en empresas tan arriesgadas como el evaluar nuestra realidad en tiempos de agotamiento espiritual.
El ambiente hasta ahora es relajado, aunque se respira la tensión casi fatigosa de analizar o desbrozar el meollo de nuestra provincia ¿qué priorizamos? ¿Cuál es nuestra verdadera identidad apostólica? ¿Por dónde empezar? De tal manera que las nubes negras nos acechan como un espía persigue con nocturnidad y vileza los desatinos de su víctima. Pero lejos de dejarnos cautivar o hechizar por falsos encantos, podemos describir el instante como un espacio de compartir con intensidad nuestras preocupaciones más íntimas. Siendo la experiencia de comunión y encuentro la mejor terapia frente a la climatología reinante.
Hay intensidad, debate, vida, pero también misterio… y es este hecho la parte más trascendente de nuestra conferencia porque es aquí donde habitan las respuestas que más anhelamos saber y como todos los misterios exige sembrar y esperar. De esta manera no nos queda otra que planificar y buscar con la dificultad propia del consenso aquello que pueda resultar mejor para nuestro futuro apostólico. Lo mejor es que después de las nubes negras y el plomizo cielo aparece el sol radiante de verano, ese sol que deseamos que ilumine nuestro foro de debate. El resto forma parte de lo misterioso. Nos queda sembrar y esperar ¿O acaso una vida en la fe no tiene mucho de estos ingredientes?

 

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