El que pierda su vida por mí, la ganará

Homilía

La Palabra de Dios proclamada este domingo no es nada relajante. No parece la más apropiada para abrir un mes de vacaciones donde uno parece querer entrar en un bucle de desconexión con todo aquello que le ocupa durante el año. Y es que la vida nunca entra en vacaciones, porque se muere; y la vida de fe tampoco puede entrar en vacaciones porque se debilita y puede morirse.

El evangelio es un discurso a “los misioneros” del evangelio; a aquellos que Jesús envía para anunciar la buena noticia. Pero cada vez nos damos más cuenta de que “misioneros” o “enviados” lo somos todos aquellos que estamos bautizados.

Las palabras de Jesús, en principio, suenan a tremendamente pretenciosas. ¿Cómo alguien puede exigir un amor mayor que el sacrosanto amor a los padres, a los hijos, al cónyuge?

Solo Dios puede exigir un amor de este talante o calibre. Solo Dios pide en el primer mandamiento el amarle sobre todas las cosas.  Y si Jesús se atreve a pronunciar estas palabras o exigencias, o es un impostor o es el Hijo de Dios.

Hay que leer bien la lectura de Romanos 6, 3-11, donde se nos habla del bautismo, para entender el porqué de la osadía de Jesús. Por el bautismo fuimos sepultados con Cristo en la muerte para que así nosotros, también resucitados con él, andemos en una vida nueva. Estamos injertados o viviendo una vida nueva; una vida donde surgen vínculos distintos y más fuertes que la vida natural o meramente biológica. Nosotros hemos muerto al pecado y vivimos para Dios en Cristo Jesús.

Vivimos para Dios en Cristo Jesús. Ahí está la clave de la enseñanza del evangelio. Cristo es el enviado del Padre y nos habla del Padre y habla Palabra de Dios. Es Hijo de Dios. Este Hijo es el que nos envía a nosotros incorporándonos a él.  Nuestra nueva vida se apoya en Él que nos pasa al Padre y hace que también nosotros seamos enviados del Padre. Nuestro fundamento es Cristo y por eso Él es el primero.

Tenemos que amarle a Él de todo corazón, también porque Él nos amó primero y se entregó por nosotros para que tengamos la vida nueva. Por eso nos invita a  vivir la vida como Él la vive. Para él el primero es el Padre.  Y cuando hay conflictos de familia, como por ejemplo cuando tiene 12 años y sube a Jerusalén, Jesús no tiene problema en aclarar que el primero es su Padre. Opta por el Padre, aunque después siga sujeto a José y a María. Y esta actitud la mantiene toda su vida. Jesús ama a su familia, pero cuando es obstáculo para su camino de fidelidad al Padre no duda en “saltar” el orden familiar. A nosotros, sus discípulos y enviados, Jesús  nos pide un talante semejante.

Saber que el amor de Dios y el amor a Dios es lo primero. Y esta realidad es algo tan vital que transforma los parámetros de nuestra vida. Parámetros o medida que llegan hasta estar dispuestos a dar la vida por la causa del evangelio. Aquellos tiempos eran momentos de persecución para los discípulos y San Mateo lo que intenta es animarles a mantener la fe hasta el extremo. Por eso oímos de boca de Jesús una de sus máximas más importantes y convincentes para él. “El que quiera conservar su vida, la pierde. El que entrega su vida por causa del evangelio o del Reino de Dios, ese la gana. Jesús así lo vive y así lo anuncia y así lo pide para aquellos que quieran seguirle. Entregar la vida libremente cada día al servicio de los demás es lo mejor. No pierde la vida quien la dá sino que la gana en abundancia.

Finalmente, en el evangelio de hoy, Jesús pone a valer a sus enviados, igualándolos a él, y también igualándolos al Padre; los constituye en enviados del Padre. Por eso el que recibe a uno de estos y les da aunque sea un vaso de agua, no quedará sin recompensa. Jesús toca el tema de la acogida como un gran valor. Aquel que acoge a un “misionero”, a un profeta, a un testigo del Reino de Dios, se iguala al que es acogido. Se crea una acción de vasos comunicantes. Se crea un círculo virtuoso. Se crea la comunión de lo Santo y de los Santos. En esa acogida, los predilectos para Jesús son los pobrecillos.

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