El Reino de Dios se parece a…

homilia

Jesús anuncia la próxima llegada del Reino de Dios y también su presencia germinal en medio de nosotros. Cuando se trata de definir el Reino de Dios, Jesús utiliza siempre  de parábolas para ilustrar algo que no se puede encerrar en palabras que pueden delimitar el alcance de la realidad anunciada. Hoy, el Evangelio nos presenta dos de esas parábolas.

Ya la primera lectura de Ezequiel 17, 22-24, el profeta, nos presenta a un Dios restaurador del pueblo de Israel. El Señor Dios arrancará una rama del alto cedro y la volverá a plantar en Jerusalén donde crecerá un árbol frondoso. El pueblo será restaurado y volverá a habitar las tierras prometidas a los Patriarcas. El profeta marca fuertemente que el protagonista de esa restauración es el mismo Dios que “lo dice y lo hace”. Ciertamente la acción de Dios siempre está mediatizada por el factor “hombre” que libremente se abre a la acción de Dios para que haga obras grandes por su mediación.

Las parábolas del Evangelio, justamente por ser parábolas, están abiertas a múltiples intuiciones e interpretaciones. Son cuadros abiertos donde el símbolo no se delimita a un solo contenido o explicación.

En la primera parábola hay que centrar la vista en la actitud del hombre que siembra y que contempla el desarrollo de las simientes sembradas.

El sembrador siembra. Ha hecho un trabajo duro hasta que realiza y culmina la siembra. Pero a partir de ese momento se pone en las manos de Dios. No le toca otra cosa que hacer que esperar pacientemente. Podrá cuidar la sementera y evitar ladrones, depredadores y quizás eliminar sequías y hasta pedriscos; pero lo que es en el crecimiento mismo de la semilla y su posterior desarrollo es algo que se le escapa. La semilla tiene su propio dinamismo interior y es necesario respetarlo. Cuando llegue el momento de la siega, volverá a tener tarea para la recolección.

Nos podemos fijar en la tarea del hombre, antes y después. Pero creo que Jesús tiene la intención de que miremos más a los frutos de la tierra que a la tarea del hombre. Ver cómo el Reino de Dios es ciertamente “de Dios”. Es Dios el primer agente y señor. Hay muchas cosas que agradecer y muchas cosas que esperar. Si todo el mundo creado es “de Dios” y a él debe su consistencia permanentemente, cuanto más la realidad del Reino que se sale de los horizontes del mundo creado. La realidad del Reino nos penetra por dentro y nos transforma en nueva criatura: ser hijos de Dios, templos del Espíritu Santo. Ahí está el dinamismo incontrolado que nos posee y nos hace germinar, crecer, madurar y pasar a la vida eterna. Y eso pasa en mí, en ti y en el otro. Dios trabaja en los corazones de las personas y trabaja fehacientemente. No se reduce a eso solo porque la vida es expansiva y debe impregnar toda nuestra realidad vital, pero es bueno dedicar un tiempo de contemplación a esa acción de Dios en nosotros. Es bueno un momento de contemplación, de oración, de acción de gracias, ante el Dios que nos ha convocado a la vida y que quiere instaurar su reinado en medio de nosotros.

La otra parábola habla del grano de mostaza, una semilla diminuta, que una vez sembrada se desarrolla hasta llegar a ser un arbusto consistente. Jesús nos invita a mirar el principio (pequeño) y el final (grande). Y de nuevo cabe la sorpresa. El contraste nos pide descubrir que el Reino de Dios tiene frutos insospechados. Que es mucho mayor lo que llega que lo que hay. Que la Gracia sobreabunda a la naturaleza y que por lo tanto, que ni ojo vio ni oído oyó lo que Dios tiene preparado para los que le obedecen o creen en él. Sorpresa que llama a la esperanza.

¿Es esto una mera ilusión, un juego de palabras? ¿Es realidad y abre a la esperanza? Hay veces que a uno le viene la tentación de la desesperanza, porque la realidad de nuestro entorno es terca y no parecen descubrirse brotes verdes. Hay muchos brotes de demagogia, de falsedad, de odios, de guerras, de pobreza, de hambre, de asesinatos. Y a lo peor, esa realidad permanece ahí por muchos años. El Papa en “La alegría del evangelio” 52, dice que la alegría de vivir frecuentemente se apaga, la falta de respeto y la violencia crecen, la inequidad es cada vez más patente. Hay que luchar para vivir y, a menudo, para vivir con poca dignidad”.

Viendo esto, podemos preguntarnos ¿Dónde está el Reino? Leyendo otro número de la “AE”76, se nos dice y habla de “cuántos cristianos dan la vida por amor: ayudan a tanta gente a curarse o a morir en paz en precarios hospitales, o acompañan personas esclavizadas por diversas adicciones en los lugares más pobres de la tierra, o se desgastan en la educación de niños y jóvenes, o cuidan ancianos abandonados por todos, o tratan de comunicar valores en ambientes hostiles, o se entregan de muchas otras maneras que muestran un inmenso amor a la humanidad que nos ha inspirado el Dios hecho hombre”.

Estos sí que son brotes verdes y por ahí se va haciendo camino el Reinado de Dios. Por ahí y otros muchos corazones de personas que tratan de vivir su vida desde los parámetros de las bienaventuranzas y reconocen en el otro al hermano, aunque se les declare enemigo o sea de otra raza, cultura o religión. Muchas personas que trabajan por crear estructuras sociales más humanas, más justas, más igualatorias. Muchas personas que, en definitiva, dan su vida por la causa del Reinado de Dios en el que creen y confían o esperan, porque la palabra definitiva de este Reino o Reinado, se hizo hombre, acampó entre nosotros, murió en una cruz, pero venció la muerte resucitando al tercer día.

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