El Señor llega

Adviento

1º ADVIENTO – A

Iniciamos un nuevo año del calendario litúrgico de la comunidad cristiana. Lo iniciamos con el tiempo de Adviento. Lo podemos empezar como “un Adviento más” o como “un nuevo Adviento”.  Hemos terminado el “año de la misericordia” y se nos dice: Ojo, pero la misericordia no termina. Y es verdad. El “año” ha servido para poner de relieve o revitalizar esta dimensión de la vida cristiana y sobre todo este apellido de Dios, que es Misericordia. Sobre el Adviento podremos decir que iniciar el tiempo de Adviento significa ante todo poner de relieve esta actitud-realidad que es, o debe ser, permanente en nuestra vida cristiana. El Adviento, aunque tenga en el horizonte la fiesta de la Navidad –primera venid del Señor en carne- , apunta sobre todo a la segunda venida del Señor en Gloria. Esta es la venida que ahora es objeto de nuestra esperanza y es a la que miramos y la que condiciona nuestro presente.

Durante los cuatro domingos de Adviento oiremos al profeta Isaías (2, 1-5 en este domingo) que en sus visiones sobre Judá e Israel nos narra la felicidad y alegría de los tiempos mesiánicos contrapuestos a los tiempos de zozobra que vive su pueblo en aquellos días. Oír que en aquel día, de las espadas se forjen arados y de las lanzas podaderas es toda una proeza. Es decirnos que la paz ya no se apoyará en la fuerza bruta de las armas sino que se apoyará el corazón convertido de los pueblos que caminaran a la luz del Señor. La llegada del Mesías amortizará nuclearmente las esperanzas mesiánicas, pero hay realidades que machaconamente perduran hasta nuestros días. La carrera de armamentos sigue adelante. Pero hoy también hay profetas que nos hablan de futuro y esperanza. El Papa Francisco con su nueva carta apostólica “Misericordia et mísera” es uno de ellos.

San Pablo a los Romanos (13, 11-14) les invita a vivir el momento presente señalando a futuro. Un futuro que es esperanzador pero que incide frontalmente con el tiempo presente. Esta nuestra historia no la podemos vivir como si nada hubiera sucedido o como si lo que sucederá o vendrá está tan lejano que no nos importa nada. No es posible vivir el tiempo presente tan solo desde el “carpe diem” de Epicuro que inunda nuestra cultura occidental (y otras). Pablo nos invita a mirar el futuro como el gran día que vencerá definitivamente esta noche de nuestra historia que ya contempla los albores de la luz diáfana del Día del Señor. Ya ahora hemos de vivir como hijos de la luz y pertrecharnos o vestirnos con el vestido de la luz nueva de ese día. Hemos de cambiar de actitud y vestirnos de Cristo. Hemos de vivir este tiempo como hombres nuevos revestidos del Espíritu de Cristo. Este tiempo nuestro está iluminado por Cristo, y ese Cristo nos llama y nos atrae hacia Él. Cristo es el punto omega de nuestra historia y hacia Él caminamos en esperanza y alegría. San Pablo nos invita a DESPERTAR.

El Evangelio de San Mateo (24, 37-44) presenta a Jesús hablando del Hijo del Hombre. Y Jesús describe diversas situaciones y actitudes de cara a esa venida del Hijo del Hombre que él proclama con toda claridad. No es una supuesta venida, sino que es una venida cierta. El Señor vendrá. Ante esa venida, que parece dilatarse en el tiempo, muchos se dedicarán “a sus labores” sin preocuparse de más. Y esa venida les va a pillar con las manos en la masa despreocupados de la mesa de la fraternidad. Les pillará buscando seguridades donde no hay seguridad alguna. Un terremoto, un diluvio, una catástrofe, desnuda al hombre y lo deja a la intemperie.

Hacer cosas, aunque sea hacer las mismas cosas, tampoco indica el estar preparando la venida del Señor. Es importante la intencionalidad con que se hacen las cosas. Pueden estar dos “moliendo” y solo uno será llevado. No podemos olvidar que cada uno lleva consigo el peso de la propia historia que lo distingue de cualquier otra persona. Nuestra vida, con sus alegrías y dolores, es algo único e irrepetible, que se desenvuelve bajo la mirada misericordiosa de Dios.

Jesús, también deja claro que nadie sabe ni el día ni la hora en que vendrá el Hijo del Hombre. Pero vendrá. Por eso es necesario mantener esta “tensión” hacia esa segunda vendida que esperamos no con temor sino con esperanza gozosa. No puede ser que la segunda venida del Señor la esperemos como el que espera que le caiga encima una losa o como una realidad castrante. Esperamos nuestra liberación; esperamos el encuentro definitivo con el Señor; esperamos la culminación de todas nuestras expectativas. Esperamos la segunda venida en “Gloria” y por lo tanto el advenimiento (adviento) de la plenitud de los tiempos y la entrada de toda la creación en la Gloria del Padre, por el Hijo en el Espíritu. Esperamos la Gran Pascua de toda la Creación.

Por eso nos atrevemos a pedir: “Que venga a nosotros tu Reino”.

Por eso Jesús, en el Evangelio, nos invita a VIGILAR, a ESTAR PREPARADOS, a VELAR. Es un vigilar, un velar preparando activamente ese “Día del Señor”.

En la carta apostólica de Francisco “Misericordia et mísera” hay pistas para ver cómo hemos de estar velando y preparando la venida del Señor. Voy a transcribir el nº 20 de la carta a la vez que os invito a leerla y ejercerla.

Estamos llamados a hacer que crezca una cultura de la misericordia, basada en el redescubrimiento del encuentro con los demás: una cultura en la que ninguno mire al otro con indiferencia ni aparte la mirada cuando vea el sufrimiento de los hermanos. Las obras de misericordia son «artesanales»: ninguna de ellas es igual a otra; nuestras manos las pueden modelar de mil modos, y aunque sea único el Dios que las inspira y única la «materia» de la que están hechas, es decir la misericordia misma, cada una adquiere una forma diversa.

Las obras de misericordia tocan todos los aspectos de la vida de una persona. Podemos llevar a cabo una verdadera revolución cultural a partir de la simplicidad de esos gestos que saben tocar el cuerpo y el espíritu, es decir la vida de las personas. Es una tarea que la comunidad cristiana puede hacer suya, consciente de que la Palabra del Señor la llama siempre a salir de la indiferencia y del individualismo, en el que se corre el riesgo de caer para llevar una existencia cómoda y sin problemas. «A los pobres los tenéis siempre con vosotros» (Jn 12,8), dice Jesús a sus discípulos. No hay excusas que puedan justificar una falta de compromiso cuando sabemos que él se ha identificado con cada uno de ellos.

La cultura de la misericordia se va plasmando con la oración asidua, con la dócil apertura a la acción del Espíritu Santo, la familiaridad con la vida de los santos y la cercanía concreta a los pobres. Es una invitación apremiante a tener claro dónde tenemos que comprometernos necesariamente. La tentación de quedarse en la «teoría sobre la misericordia» se supera en la medida que esta se convierte en vida cotidiana de participación y colaboración. Por otra parte, no deberíamos olvidar las palabras con las que el apóstol Pablo, narrando su encuentro con Pedro, Santiago y Juan, después de su conversión, se refiere a un aspecto esencial de su misión y de toda la vida cristiana: «Nos pidieron que nos acordáramos de los pobres, lo cual he procurado cumplir» (Ga 2,10). No podemos olvidarnos de los pobres: es una invitación hoy más que nunca actual, que se impone en razón de su evidencia evangélica.

 

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