El trigo y la cizaña

trigo y cizaña

“Mucho arroz p´al pollo”, es un dicho venezolano para indicar que algo va más allá de las capacidades del sujeto. Algo parecido me pasa a mí, a la hora de enfrentarse a la Palabra que hoy se nos proclama. Demasiada la ración de este día. Tres parábolas que cada una de ellas merece una atención determinada. Trataré de entresacar alguna muestra.

Las tres hablan del Reino de los cielos. Y es que Jesús trata de retratarnos ese Reino de los cielos, que es el Reino o reinado de Dios. Y esto es lo importante y no lo anecdótico. Ese Reino está ya en medio de nosotros y es eficaz a la manera de Dios y no a nuestra manera. Hemos de tener presente aquello de que “los caminos de Dios no son nuestros caminos”. Nuestros caminos suelen pasar por la impaciencia, el juicio, la condena y la violencia. Los caminos de Dios van por otros derroteros.

El Reino de los cielos, aquí en la tierra, no es un reino para puros o cátaros. No es un reino donde todo está claro desde el principio y donde se dan divisiones de clases o de castas inmutables y sin posibilidad de trasferencia alguna.

Jesús constata que hay buena gente y mala gente.  Bondad y maldad no determinada desde el principio sino adquirida por las distintas opciones de las personas. La buena y la mala gente viven juntos.  Pero esa bondad y maldad no está encriptada. Es maleable y puede suceder que se dé un cambio a lo largo del tiempo. El bueno puede dejar de serlo y el malo también. Por eso la decisión del amo  del campo es lo que nos sorprende: “Dejarlos crecer juntos hasta la siega”. Se nos está hablando de la paciencia de Dios en la historia, que nos invita a nosotros también a ser pacientes y esperar los tiempos oportunos que son también los tiempos de Dios.

¿Quién se atreve a discernir dónde está la cizaña y la buena semilla? Los cátaros y talibanes lo tienen claro. Y la forma de erradicar el mal también lo tienen claro. Justamente eso es lo que Dios no quiere. Justamente de eso avisa Jesús. No intervengan por respeto a la vida, no apaguen la caña que humea, no arranquen a nadie su derecho a ser libre. Una vez más, dejen a Dios ser el Dios de la historia, y déjenle a Él el juicio.

Reconozco que esta paciencia nos impacienta muchas veces. Reconozco que tantas veces funcionamos como los “hijos del trueno” que deseamos que baje del cielo fuego para que aplane a nuestros enemigos. ¡Y no! Hay que ser pacientes, a la vez que críticos con nosotros mismos –también con los demás. Cuestionándonos sobre nuestras posturas y sobre la humildad de nuestro corazón. Quizás, dentro de mí, hay una buena maraña de cizaña a la que no renuncio y me impide ver las bondades de los demás.

Jesús contempla el pasar del tiempo como momento favorable a la conversión. El libro de la Sabiduría dice que “diste a tus hijos la dulce esperanza de que, en el pecado, das lugar al arrepentimiento” (Sabiduría 12, 13-19). Es bueno tener esto presente, esperarlo, desearlo, vivirlo y orar por ello. Vivir esperanzadamente en la posibilidad de esta conversión de todos nosotros.

Jesús, pone el juicio en las manos de Dios, al final de la historia. Con esto, está afirmando que la historia tiene un final. Solo al final, llega el Reino a plenitud. Mientras hemos de caminar entre claro-oscuros y a veces entre tinieblas y sombras de muerte.

Ese final, será el momento en que el Bien resplandezca y el mal pierda todo su mordiente o aguijón. Cada uno es responsable para hacer que triunfe el bien en su vida y en los demás.

De esta responsabilidad puede que hablen las otras dos parábolas.

La del grano de mostaza y la de la levadura.

Hablan de la fuerza que tiene lo pequeño.

El Reino de Dios tiene una dinámica propia, una fuerza interior que no desaparece nunca; que está presente siempre en medio de esta nuestra historia y urge nadie lo puede eliminar ni detener. Hay momentos en los que esta pequeñez sobrecoge y pone nerviosos. En esa actitud estamos muchos de nosotros que tenemos la sensación de que se está apagando la presencia de Dios en nuestra historia y de que cada vez se le arrincona más, se le abandona y se le convierte en pieza de museo, a veces vergonzante.  Jesús nos dice que no necesita ningún imperio para imponer o difundir ese Reino. Nos dice que no es cuestión de grandes masas o multitudes, que no es cuestión de cantidad.

Dicho esto, está el imperativo de llevarlo hasta los confines de la tierra, de llevarlo a todos. Quiere decir que cada persona es valiosa para Dios y que quiere que todos se salven y lleguen al conocimiento de la verdad.

Por eso es necesario ejercer de levadura. Es necesario introducirse en medio de la masa y fermentarla. No podemos quedarnos parados y esperar a verlas venir. Hay que hacer “lío”, moverse y salir. A eso debe referirse Francisco cuando nos pide ser iglesia en salida; a algo de eso debe referirse el p. Dehon, cuando nos invita a salir de las sacristías e ir al pueblo.

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