Encuentro de Asís 2016 “Sed de Paz”

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Como sabéis, se ha celebrado el Encuentro de Asís 2016 “Sed de Paz”. La jornada ha dejado palabras, encuentros e imágenes muy significativas que sin duda contribuirán a caminar en la paz a las religiones y también a nuestra humanidad, aunque sea con pasos pequeños pero hondos. Por eso, os ofrecemos esta selección de textos e imágenes de esta jornada. Vale la pena leerlos despacio, pero también echar un vistazo rápido si no tenemos mucho tiempo, porque seguro que valoraremos mejor la importancia de lo que ha ocurrido en Asís en este encuentro y nos esponjará el corazón y la esperanza… que falta nos hace…

  • Antes de salir de Roma hacia Asís:

De rodillas debemos rezarle al Dios de la paz, juntos y “más allá de las divisiones de las religiones” hasta sentir “verguenza de la guerra” y sin cerrar el oído al grito del dolor de quien sufre. Con este espíritu el papa Francisco partió hacia Asís, y lo explicó este martes en la homilía de la misa matutina que celebra diariamente en la residencia Santa Marta.

“No existe un dios de la guerra”. La guerra, lo inhumano de una bomba que explota dejando muertos y heridos, cortando los caminos a la ayuda humanitaria, y que no llega a niños, ancianos, enfermos, es obra del maligno que quiere asesinar a todos”. Por esto es necesario rezar y llorar por la paz, todas las religiones unidas en la convicción de que “Dios es el Dios de la paz”.

“Hoy hombres y mujeres de todas las religiones iremos a Asís. No para hacer espectáculo, sino simplemente para rezar por la paz”. Y recordó que ha invitado “a todo el mundo” a realizar “reuniones de oración”, invitando a “católicos, cristianos, creyentes y a todos los hombres de buena voluntad, de cualquier religión, a rezar por la paz”, ya que “el mundo está en guerra y el mundo sufre”.

Nosotros “a la guerra no la vemos”, ha indicado Francisco, si bien nos asustamos cuando sucede algún acto de terrorismo, “pero esto no tiene nada que ver con lo que sucede en aquellos países, en aquellas tierras donde día y noche caen y caen las bombas”. Y “asesinan a niños, ancianos, hombres y mujeres…”.

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La guerra no está lejos, asegura el Papa, “la guerra nos toca a todos” y porque “la guerra inicia en el corazón”.

“Que el Señor nos de la paz en el corazón, nos quite el deseo de avidez y de lucha. “Más allá de las religiones: todos, todos, todos, porque todos somos hijos de Dios. Y Dios es el Dios de la paz. No existe un dios de la guerra: quien hace la guerra es el maligno, es el diablo, que quiere asesinar a todos”.

Pensemos no sólo en las bombas, los muertos, los heridos; sino también en las personas que no puede obtener ayuda humanitaria para comer. Ellos no pueden obtener los medicamentos. Están hambrientos, ¡enfermos! Porque las bombas lo impiden.

Y hoy mientras rezamos sería bueno que todos se sientan avergonzados. Avergonzados de esto: que los seres humanos, nuestros hermanos, sean capaces de hacer esto. Hoy es un día de oración, de penitencia, de invitación a la paz; día para escuchar el grito de los pobres. Este grito que abre el corazón a la compasión, al amor y que nos salva del egoísmo.

  • Llegada y encuentros con Bartolomé I y otros líderes:

El papa Francisco llegó a Asís proveniente desde Roma poco después de las 11 de la mañana. En una jornada en la que el sol resplandecía, después de tres días de lluvia, el helicóptero aterrizó en el campo deportivo ‘Migaghelli, en Santa María de los Ángeles, donde fue recibido por diversas autoridades religiosas y políticas.

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Desde allí se dirigió en auto hasta Asís y una vez en la ciudad medieval saludó a su santidad Bartolomé I, patriarca ecuménico de Constantinopla, junto a un representante musulmán y uno judío; y en el claustro Sixto IV saludó además a muchas  personas, en particular a refugiados, migrantes y gente que sufrió la guerra, incluso a una de las familias que Francisco trajo desde la isla griega de Lesbos en su viaje realizado en junio pasado. Estaban también algunos periodistas y personas de la Comunidad de San Egidio, en estos saludos que se extendieron por más una hora.

El encuentro ha sido organizado por San Egidio, la diócesis de Asís y la Familia Franciscana, en ocasión de los 30 años de la histórica jornada de oración interreligiosa querida en 1986 por san Juan Pablo II, en la ciudad de san Francisco de Asís.

A continuación fue el almuerzo común en el refectorio del Sacro Convento, en el que participaron también 12 víctimas de la guerra. Entre ellos Rasha con la hija de siete años, quienes llegaron a Italia gracias a los corredores humanitarios logrados por San Egidio, la Federación de las Iglesias evangélicas y a la Mesa valdense.

También estaban cinco cristianos sirios, de los cuales tres armenios. Una de ellos Tamar,  que en la ceremonia de clausura dio testimonio del sufrimiento en la ciudad de Alepo. Otras son nigerianas que huyeron de la violencia de Boko Haram; además de una refugiada de Eritrea, y un joven de Malí que sobrevivió a un terrible viaje en un barco desde Libia a Sicilia.

El menú tuvo como entrada el fiambre bresaola (un crudo hecho de bovino), rúcula y queso mozzarella. Como primer plato se sirvió la especialidad con fideos ‘trofie al pesto’ y fideos con tuco. El segundo plato era pavo con vainitas y hongos asados. Y de postre tarta. Hubo también un buffet kosher para las personas de religión judía.

  • Crónica de la oración interreligiosa:

Después del almuerzo, al inicio de la tarde, los representantes de las diversas religiones reunidos en Asís: judíos, musulmanes y de religiones orientales, rezaron al mismo tiempo pero en lugares diversos.

Los cristianos se reunieron en la basílica inferior de San Francisco, cerca de la tumba del santo para una oración ecuménica, en la cual fueron nombrados todos los países en conflicto y por cada uno de ellos fue encendida una vela. Entre las casi treinta encendidas, figuraron guerras como la de Siria o Irak, pero también lugares en donde hay violencia, como en México debido al narcotráfico, y en Venezuela por la crisis política.

El arzobispo de Westminster, Justin Welby en su meditación indicó que “todos tenemos que beber cada día de la misericordia de Dios, para vencer nuestro pecado nuestra rabia, para expresar la misericordia hacia los otros.El papa Francisco recordó que en el ‘Tengo sed’ de Jesús en la cruz, podemos escuchar la voz de los que sufren, el grito escondido de los pequeños inocentes a quienes se les ha negado la luz de este mundo, la súplica angustiada de los pobres y de los más necesitados de paz. Imploran la paz las víctimas de las guerras, las cuales contaminan los pueblos con el odio y la Tierra con las armas; imploran la paz nuestros hermanos y hermanas que viven bajo la amenaza de los bombardeos o son obligados a dejar su casa y a emigrar hacia lo desconocido, despojados de todo.

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“Somos llamados a ser la voz de Cristo –concluyó– para los que no tienen esperanza, en un mundo de sequía y desesperación, dando con magnífica generosidad lo que hemos recibido en su misericordia llena de gracia”.Ilustró la riqueza como un dinero falso en un juego de los niños, porque en la economía divina el dinero no vale nada y señaló que a pesar del progreso en Europa, existe miedo de los extranjeros y dificultades económicas. Precisó que en cambio Dios nos ofrece riquezas reales, que dan verdadera satisfacción.

El patriarca de Constantinopla, Bartolomé I, señaló en su meditación, la necesidad de “escuchar el grito de Dios hacia la humanidad y escuchar el grito de nuestro prójimo”. “¿Qué palabra de paz podremos ofrecer al otro, al diverso, al lejano, al desconocido si aquella palabra de paz no será una real experiencia de comunión con la Luz Radiosa de la Mañana?”, dijo. Y señaló la necesidad de convertirnos, la capacidad de cambiar ruta, que no puede haber conversión si no se escucha, y de la necesidad de que el testimonio cristiano sea profético, y para ello debe realizarse en comunión.

  • Meditación del Papa en el encuentro:

Después del almuerzo, los representantes de las diversas religiones reunidos en Asís rezaron en lugares diferentes. Los de credo cristiano se reunieron en la basílica inferior de San Francisco, cerca de la tumba de San Francisco para una oración ecuménica. 

El papa Francisco recordó que en el ‘Tengo sed’ de Jesús en la cruz,  podemos escuchar la voz de los que sufren, el grito escondido de los pequeños inocentes a quienes se les ha negado la luz de este mundo, la súplica angustiada de los pobres y de los más necesitados de paz.

Allí el Papa realizó una meditación, cuyo texto proponemos a continuación:

“Ante Jesús crucificado, resuenan también para nosotros sus palabras: «Tengo sed» (Jn 19,28). La sed es, aún más que el hambre, la necesidad extrema del ser humano, pero además representa la miseria extrema. Contemplemos de este modo el misterio del Dios Altísimo, que se hizo, por misericordia, pobre entre los hombres.

¿De qué tiene sed el Señor? Ciertamente de agua, elemento esencial para la vida. Pero sobre todo de amor, elemento no menos esencial para vivir. Tiene sed de darnos el agua viva de su amor, pero también de recibir nuestro amor. El profeta Jeremías habló de la complacencia de Dios por nuestro amor: «Recuerdo tu cariño juvenil, el amor que me tenías de novia» (Jer 2,2).

Pero dio también voz al sufrimiento divino, cuando el hombre, ingrato, abandonó el amor, cuando –parece que nos quiere decir también hoy el Señor– «me abandonaron a mí, fuente de agua viva, y se cavaron aljibes, aljibes agrietados que no retienen agua» (v. 13). Es el drama del «corazón árido», del amor no correspondido, un drama que se renueva en el Evangelio, cuando a la sed de Jesús el hombre responde con el vinagre, que es un vino malogrado. Así, proféticamente, se lamentaba el salmista: «Para mi sed me dieron vinagre» (Sal 69,22).

«El amor no es amado»; según algunos relatos esta era la realidad que turbaba a san Francisco de Asís. Él, por amor del Señor que sufre, no se avergonzaba de llorar y de lamentarse en alta voz (cf. Fuentes Franciscanas, n. 1413). Debemos tomar en serio esta misma realidad cuando contemplamos a Dios crucificado, sediento de amor.

La Madre Teresa de Calcuta quiso que, en todas las capillas de sus comunidades, cerca del crucifijo, estuviese escrita la frase «tengo sed». Su respuesta fue la de saciar la sed de amor de Jesús en la cruz mediante el servicio a los más pobres entre los pobres.

En efecto, la sed del Señor se calma con nuestro amor compasivo, es consolado cuando, en su nombre, nos inclinamos sobre las miserias de los demás. En el juicio llamará «benditos» a cuantos hayan dado de beber al que tenía sed, a cuantos hayan ofrecido amor concreto a quien estaba en la necesidad: «En verdad os digo que cada vez que lo hicisteis con uno de estos, mis hermanos más pequeños, conmigo lo hicisteis» (Mt 25,40).11

Las palabras de Jesús nos interpelan, piden que encuentren lugar en el corazón y sean respondidas con la vida. En su «tengo sed», podemos escuchar la voz de los que sufren, el grito escondido de los pequeños inocentes a quienes se les ha negado la luz de este mundo, la súplica angustiada de los pobres y de los más necesitados de paz. Imploran la paz las víctimas de las guerras, las cuales contaminan los pueblos con el odio y la Tierra con las armas; imploran la paz nuestros hermanos y hermanas que viven bajo la amenaza de los bombardeos o son obligados a dejar su casa y a emigrar hacia lo desconocido, despojados de todo.

Todos estos son hermanos y hermanas del Crucificado, los pequeños de su Reino, miembros heridos y resecos de su carne. Tienen sed. Pero a ellos se les da a menudo, como a Jesús, el amargo vinagre del rechazo. ¿Quién los escucha? ¿Quién se preocupa de responderles? Ellos encuentran demasiadas veces el silencio ensordecedor de la indiferencia, el egoísmo de quien está harto, la frialdad de quien apaga su grito de ayuda con la misma facilidad con la que se cambia de canal en televisión.

Ante Cristo crucificado, «fuerza de Dios y sabiduría de Dios» (1 Co 1,24), nosotros los cristianos estamos llamados a contemplar el misterio del Amor no amado, y a derramar misericordia sobre el mundo. En la Cruz, árbol de vida, el mal ha sido trasformado en bien; también nosotros, discípulos del Crucificado, estamos llamados a ser «árboles de vida», que absorben la contaminación de la indiferencia y restituyen al mundo el oxígeno del amor. Del costado de Cristo en la cruz brotó agua, símbolo del Espíritu que da la vida (cf Jn 19,34); que del mismo modo, de nosotros sus fieles, brote también compasión para todos los sedientos de hoy.

Que el Señor nos conceda, como a María junto a la cruz, estar unidos a él y cerca del que sufre. Acercándonos a cuantos hoy viven como crucificados y recibiendo la fuerza para amar del Señor Crucificado y resucitado, crecerá aún más la armonía y la comunión entre nosotros. «Él es nuestra paz» (Ef 2,14), él que ha venido a anunciar la paz a los de cerca y a los de lejos (Cf. v. 17). Que nos guarde a todos en el amor y nos reúna en la unidad, para que lleguemos a ser lo que él desea: «Que todos sean uno» (Jn 17,21)”.

  • La ceremonia final: 

El encuentro de tres días ‘Sed de Paz’ que se realizó en la ciudad italiana de Asís concluyó este martes con visita del papa Francisco. Después de un día lleno de eventos, la ceremonia final fue en el claustro ubicado al lado de la basílica superior de San Francisco de Asís.

Allí se mantuvo un minuto de silencio por las víctimas de las guerras, del terrorismo y de la violencia; se entregó un mensaje de paz que fue llevado por los niños a los presentes. Se encendió también un candelabro de la paz: el Papa lo hizo con la primera vela, después fue el rabino Brodman, la tercera la encendió el patriarca ecuménico Bartolomé I, a continuación lo hizo el jeque Abbas Shuman de la Universidad Al-Azhar y así sucesivamente los diversos líderes, que después firmaron uno a uno, un llamado de la paz.

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“No tenemos armas –dijo el papa Francisco con tono sereno– creemos en cambio en la fuerza suave y humilde de la oración”. Y precisó: “En esta jornada la sed de paz se volvió invocación a Dios, para que cesen las guerras, el terrorismo y las violencias”. Señaló que si bien “diversas son nuestras tradiciones religiosas, las diferencias no son para nosotros motivo de conflicto, de polémica o de fría separación”.

Y añadió que “hoy no hemos rezado unos contra los otros, como lamentablemente aveces sucedió en la historia. Sin sincretismos y sin relativismos hemos en cambio rezado unos al lado de los otros, unos por los otros”.

El obispo de Asís, Domenico Sorrentino, consideró que este evento “de oración, de concordia y de paz” es “una respuesta a un mundo entristecido por tantas guerras que muchas veces de modo blasfemo y satánico, agitan estandartes religiosos”.Allí las intervenciones fueron varias. El patriarca ecuménico de Constantinopla, Bartolomé I señaló que “debemos ser capaces de interrogarnos dónde quizás nos hemos equivocado” porque “nacieron fundamentalismos que amenazan el diálogo con los otros, pero también el diálogo en el interior de cada uno de nosotros”. Y concluyó: “Tenemos que ser capaces de aislarlos, de purificarlos, a la luz de nuestras creencias, de transformarlos en riqueza para todos”.

El custodio del Sacro Convento, el padre Mauro Gambetti, señaló que “el mundo solamente conocerá una fase de desarrollo si quien está aquí no se considera mejor que los otros y no considera la propia religión, el propio grupo de pertenencia o la propia cultura superior a la de los demás”.

El fundador de la Comunidad San Egidio, Andrea Riccardi, tras recordar las diversas jornadas de oración por la paz, aseguró que “el diálogo revela que la guerra y las incomprensiones no son invencibles. Nada se pierde con el diálogo, todo es posible con la paz”.

Una señora joven, Tamar Mikalli, cristiana de Alepo que llegó a Italia gracias a los corredores humanitarios, narró el drama de la guerra en Siria que parece infinita. “A los hombres de religión, a Su Santidad, en nombre del pueblo sirio pedimos una oración, para que la paz y el amor vuelvan rápidamente a Siria y a cada parte del mundo”.

Conmovedor también el testimonio de un rabino de Isral, David Brodman, preso en Auschwitz cuando tenía 7 años, así como la del líder musulmán Din, que explicó que su religión quiere ser de paz para el mundo, o la del líder budista japonés, Koei Morikawa.

  •  Declaración de Asís 2016:

“Hombres y mujeres de religiones diferentes hemos venido como peregrinos a la ciudad de san Francisco. Aquí, en 1986, hace treinta años, por invitación del papa Juan Pablo II, se reunieron Representantes religiosos de todo el mundo, por vez primera de forma tan participada y solemne, para afirmar el lazo indisoluble entre el gran bien de la paz y una auténtica actitud religiosa. Desde aquel acontecimiento histórico se ha encaminado un largo peregrinaje que, tocando muchas ciudades del mundo, ha implicado a muchos creyentes en el diálogo y en la oración por la paz; ha unido sin confundir, dando vida a sólidas amistades interreligiosas y contribuyendo a apagar no pocos conflictos. Éste es el espíritu que nos anima: realizar el encuentro en el diálogo, oponerse a toda forma de violencia y abuso de la religión para justificar la guerra y el terrorismo. Sin embargo, durante los años transcurridos todavía muchos pueblos han sido dolorosamente heridos por la guerra. No se ha comprendido siempre que la guerra empeora el mundo, dejando una herencia de dolores y odios. Con la guerra todos pierden, incluso los vencedores.

Hemos dirigido nuestra oración a Dios para que conceda la paz al mundo. Reconocemos la necesidad de rezar constantemente por la paz, porque la oración protege el mundo y lo ilumina. La paz es el nombre de Dios. Quien invoca el nombre de Dios para justificar el terrorismo, la violencia y la guerra, no camina por Su sendero: la guerra en nombre de la religión se convierte en una guerra a la religión misma. Con firme convicción, reafirmamos por tanto que la violencia y el terrorismo se oponen al verdadero espíritu religioso.

 Nos hemos puesto a la escucha de la voz de los pobres, de los niños, de las jóvenes generaciones, de las mujeres y de muchos hermanos y hermanas que sufren por la guerra; con ellos decimos con fuerza: ¡No a la guerra! Que no se quede sin escuchar el grito de dolor de tantos inocentes. Imploramos a los Responsables de las naciones para que se desactiven las causas de las guerras: la avidez de poder y de dinero, la avaricia de quien comercia con armas, los intereses partidarios, las venganzas por el pasado. Que aumente el compromiso concreto para remover las causas subyacentes a los conflictos: las situaciones de pobreza, injusticia y desigualdad, la explotación y el desprecio de la vida humana.
 
Que se abra finalmente un tiempo nuevo en el que el mundo globalizado se convierta en una familia de pueblos. Que se ejerza la responsabilidad de construir una paz verdadera, que esté atenta a las necesidades auténticas de las personas y de los pueblos, que prevenga los conflictos con la colaboración, que venza los odios y supere las barreras con el encuentro y el diálogo. Nada se pierde practicando el diálogo. Nada es imposible si nos dirigimos a Dios en la oración. Todos pueden ser artesanos de paz; desde Asís renovamos con convicción nuestro compromiso de serlo, con la ayuda de Dios, junto a todos los hombres y mujeres de buena voluntad”.

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