Entrar por la puerta estrecha

Domingo 21º – C

¿Cuántos se salvarán? ¿Hay “númerus clausus” o es una “rebatiña”? O quizás sea verdad eso de que “ancha es Castilla” y la salvación sea un coladero universal.

La pregunta lanzada a Jesús por uno de entre la gente contiene el prejuicio de que solo se salvan los hijos de Abrahán y entre ellos podían ser “todos” (muchos) los salvados o algunos “justos”.

Jesús en su respuesta, como suele ser habitual en él, da un giro a la pregunta para darnos su punto de vista y su enseñanza.

1º. La salvación es Don y Tarea. Nadie tiene derecho a la salvación como nadie tiene derecho a la vida. Es puro Don de Dios. El pertenecer a una estirpe o raza, el pertenecer a una religión o estar apuntado en los anales de un determinado libro no es “seguro” de salvación. Nadie puede reclamarle a Dios la salvación por “ser hijo de Abrahán”.

La salvación es “tarea”. Supone esfuerzo. Un esfuerzo que no es para conquistar el cielo, sino un esfuerzo que significa conversión del corazón. Un esfuerzo que significa adecuar nuestra vida al don recibido del Reino de Dios o al don recibido del Espíritu de Dios. La puerta estrecha no es otra cosa que el mandamiento del amor. Y amar al estilo de Cristo.

2º. La puerta estrecha es la imagen de ese esfuerzo. No significa ni criba indiscriminada ni exclusivismo o privilegio alguno. Todos tenemos la posibilidad real de entrar por esa puerta. Pero hay que esforzarse para pasar por ella. Al menos hay que ponerse en camino, ponerse a la cola y moverse para entrar.

3º. Jesucristo ha dicho de sí mismo que Él es la Puerta. No hay otra. Y quiero mirar a Jesucristo clavado en la cruz con su costado traspasado por la lanza. Y quiero ver ese costado abierto como la puerta abierta por la que podemos entrar y llegar al Corazón de Jesús; por la que podemos llegar a la fuente del Amor, de la que mana la vida y la salvación.

Esa es la puerta y no hay otra.

Jesús vivió esforzándose por la llegada del Reino. Toda su vida fue un “sin vivir” para que los demás tuviéramos vida y vida abundante. Su vida fue una ofrenda obediencial al Padre y una ofrenda amical para con todos nosotros. Fue una vida de Amor-entregado.

El discípulo no es más que el maestro. A nadie se le priva de la posibilidad de hacer de su vida una vida de amor-entrega ofrenda a Dios y a los hermanos.

4º. La salvación es una oferta universal. Ya Isaías 66, 18-21 nos sorprende con un canto a la universalidad. Todos los pueblos convocados en Jerusalén y de todos los pueblos y razas habrá sacerdotes y profetas que anuncien las maravillas de Dios.

Jesús en el Evangelio rompe los esquemas de raza y religión y supone o afirma que habrá judíos que se salvarán y otros que  a lo mejor no. Pero que habrá gente que venga de oriente y occidente que se salvarán y serán “últimos” que pasarán a ser “primeros”.

Se está afirmando la primacía de la persona sobre la raza o el clan; la primacía de la conciencia sobre las imposiciones de credos.

5º. La salvación es una opción personal y supone un riesgo. Tengo que arriesgar mi vida por Dios que a su vez supone arriesgar mi vida por el hermano, por el prójimo. Y es una opción que no tiene demora. Es para hoy, no la puedo dejar para mañana, porque puede ser tarde. Puede cerrarse la puerta, puedo perder la oportunidad de servicio que se me da para hoy y que no puedo dejarla pasar. Hoy tengo que vivir como “buen samaritano”. Mañana, Dios dirá.

6º. La salvación es plenitud, es fiesta, es banquete, es comunión, es fraternidad en la casa del Padre. Hoy, en la Palabra se nos llama a la responsabilidad personal, pero nunca debemos de olvidar que estamos llamados a salvarnos juntos y en solidaridad unos con todos.

Nadie se salva solo.

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