Epifanía del Señor

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Epifanía significa poner de manifiesto el valor de una cosa que de alguna manera está oculta en esa realidad y que no se ve a primera vista lo que es y significa. Por ejemplo ver a un hombre y decir que es nada menos que el Hijo de Dios o el Dios con nosotros.

La fiesta de la Epifanía pone de manifiesto aquello que está oculto en lo que se ve a primera vista en el portal de Belén o en el Niño Jesús. Lo que se oculta es algo sorprendente y maravilloso pero que no terminamos de creerlo y que nos cuesta asimilarlo. Hubiéramos preferido que sucediera de otra forma. Nos hubiera gustado mucho más que lo que anuncia el profeta Isaías 60, 1-5 fuera tal cual se escribe. Una manifestación clara de que el poder de Dios está con Israel y que Jerusalén se convierte en el centro del mundo al que van a mostrar vasallaje todos los pueblos y reyes de la tierra. Un final feliz precioso para una historia de muchos claroscuros y que en el momento en que escribe el profeta son el más pequeño entre los pueblos, porque no son ni siquiera pueblo. Están en la diáspora y casi desaparecidos. El profeta jalea y trata de animar a su gente que ve peligrar sus esperanzas y promesas; y para ello afirma que Dios es fiel y que seguro que volverá a resplandecer Jerusalén y sus habitantes. Nuestra imaginación monta enseguida una cabalgata de reyes fastuosa que van a Jerusalén al palacio para rendir homenaje al heredero del Rey de Reyes.

Y resulta que lo narrado por Mateo 2, 1-12 es el cumplimiento de esa promesa constatando que no hay nada de magnificencia ni de opulencia ni de caravanas ni de fiestas. Mateo nos narra algo mucho más “anodino” y a la vez más sorprendente y maravilloso.

Unos Magos (que no reyes) de oriente. Personas que no pertenecen a la estirpe de Abraham. Extranjeros de prosapia. Sin embargo estos Magos tienen línea abierta con el Trascendente; están abiertos a Dios. Estos Magos buscan y desean encontrar algo nuevo; desean encontrar al recién nacido “Rey de los judíos”. Han visto su estrella y se ponen en camino para encontrar al recién nacido. Ponerse en camino es dejar seguridades, casas, familia, pueblo, y arriesgar mucho. Pero merece la pena ir hacia lo que buscan. El ver su estrella les llena de inmensa alegría y cuando encuentran esta “estrella” en los brazos de María y de José se postran ante ella (él) y le adoran. Los Magos han descubierto en aquel niño a alguien más que niño. Han descubierto a Dios porque le adoran. Y adorarle no es un gesto de temor o de sumisión de esclavos sino que es un gesto de asombro y de aceptación del gran regalo de Dios a los hombres. Dios se hace frágil para decirnos que está con nosotros en pie de igualdad para hacer camino con nosotros y como nosotros. Los Magos permanecen libres ante el Niño-Dios y se levantan y vuelven hacia sus casas, pero se vuelven por otro camino. No por el camino de Herodes y de los Magnates de Israel, sino por otros caminos que seguro son de humildad y de justicia, porque su corazón vuelve cambiado de raíz. Su vida ya no necesitará más estrellas o seguir buscando, porque han encontrado al que es la Luz verdadera, la verdadera estrella.

Un palacio, una corte, un rey, unos magnates (mangantes leía uno), unos escribas, unos sacerdotes. Toda esta tropa cuando se entera de lo anunciado por los Magos, en vez de alegrarse, entra en zozobra y en temor. A todos se les mueve el asiento y temen perder sus seguridades y comodidades. Estos no esperan nada nuevo. Les sobra vivir como viven. Las profecías no dejan de ser textos muertos que se leen pero que no se escuchan. Saben que el Mesías nacería en Belén, pero ni lo creen ni lo esperan. No les hace falta el Mesías y si llegara debería acomodarse a sus cánones. Debería nacer en Jerusalén hijo del rey legítimo o por la vía del sacerdotal. Los demás caminos están vedados para sus entendederas y Dios debe claudicar a sus parámetros o medidas. La reacción de ellos es, por supuesto no moverse, y después, investigado por otros el asunto, lo mejor será eliminar al mensajero y en paz. La monarquía y el sacerdocio de Jerusalén no podían caer más bajo. Y ahí descubrimos las grandes incoherencias. Nos forjamos unas teologías sobre Dios y sus caminos que no entendemos o no nos interesa entender que Dios es siempre libre y sorprendente; y que sus caminos no son nuestros caminos. Que la vocación de Dios siempre mueve y conmueve; siempre invita a salir y a ponerse en camino; siempre invita a buscar estrellas y encontrarlas en medio de los hombres, en el fragor de la vida y de los acontecimientos históricos.

Jesús, nacido en Belén de Judá, es el centro de atracción de la narración evangélica de Mateo. Él atrae hacia sí las miradas de todos. De los Magos, de José y de María. Él es la estrella que empieza a brillar para no decaer. Lo que encierra este personaje o esta estrella nos viene en parte desvelado también por la lectura de Efesios 3, 2-6. El misterio de la Salvación, revelado en Cristo, incluye también a los gentiles; a los que vienen de oriente y occidente sin que tengan nada que ver con la estirpe de Abraham. Todos los hombres y mujeres que en el mundo son y han sido son miembros del mismo cuerpo y por lo tanto todos son y somos coherederos con Cristo de la gran herencia que es Dios mismo en persona. La Salvación llega a todos. Dios quiere realmente que todos los hombres se salven y lleguen al conocimiento de la verdad.

La fiesta de la Epifanía nos invita sobremanera a fijarnos en esta particularidad de la extensión de la salvación a todos los hombres. Nosotros no pertenecemos al pueblo judío; pero también nosotros hemos sido agraciados con el nacimiento de este Niño, que sí es de la estirpe de Abraham, circuncidado al octavo día y rescatado como todo primogénito israelita. En Jesús, la promesa hecha a Abraham llega a plenitud y en esa promesa cumplida que es Jesucristo, todos hemos sido incorporados de forma gratuita, por el buen querer de Dios – Padre. Es hoy un día de acción de gracias a Dios por los regalos que de Él hemos recibido. El regalo de la vida, el regalo de su Hijo Jesús, y el regalo de su Gracia, su misma vida en el Don o regalo del Espíritu Santo.

De Él aprendemos a “ser regalo o puro don” y también aprendemos a regalarnos en puro don. La gratuidad y el regalo debería ser la pauta de nuestra vida cristiana. Los regalos que hoy se entregan a los niños quieren ser reflejo de esta oblación permanente que es la vida que se entrega cada día al servicio de los demás. Los regalos no deben ser un saludo a la bandera consumista sino que deben ser la manifestación de un querer gratuito y permanente. Los regalos no deben cubrir o justificar desafueros o desatenciones o egoísmos propios. Tampoco deben funcionar como silenciadores de caprichos injustificados por parte de un déspota en ciernes. Deben ser la expresión gozosa de un “te quiero” que se vive en el cada día y no necesita de ninguna otra cosa para significarse. Se vive y en paz.

Felices fiestas en la Epifanía del Señor.

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