Es de bien nacidos ser agradecidos

diez-leprosos

DOMINGO 28º – C

Cuando somos pequeños, nuestros padres nos invitaban a dar las gracias ante cualquier chuche o dádiva que se nos hacía. Se nos invitaba a ser agradecidos. Llegados a mayores quizás hayamos olvidado la lección demasiado pronto.

La Palabra de Dios hoy nos invita a revisar nuestra capacidad de admiración y de dar gracias por los bienes recibidos.

En la lectura de II Reyes 5, 14-17 leemos parte de la historia de Naamán, el sirio, leproso curado en Israel por el profeta Eliseo.  Pero es curado no solo de su lepra “exterior”, sino de la “lepra” o maldición interior del orgullo. Vino a Israel creyéndose el importante y merecedor de los favores del profeta. Esperaba ser recibido con todos los honores y ni salieron a saludarle. Creía que su tierra era mejor que Israel, y sus aguas (los ríos Abamá  y Tigris) más saludables que las del pobre río Jordán. Después cree que el importante es Eliseo al que quiere cubrir con cantidad de riquezas. Finalmente aprende que el importante es Dios, que es el dador de vida y salud y en vez de dejar cosas, se lleva “tierra”; unas carretas de humilde tierra como el gran tesoro, tierra desde donde hará la acción de gracias al Dios de Israel todos los días de su vida. Naamán vuelve regenerado. Tiene una nueva vida y sabe y reconoce que solo Dios es el dador de vida. Es un hombre agradecido y humilde.

El evangelio de Lucas 17, 11-10 nos cuenta la historia de los 10 leprosos curados por Jesús. Leproso es igual a maldito de Dios y por tanto excluido y marginado tanto social como religiosamente. Eran muertos, vivos. Jesús acepta el diálogo con ellos y les envía a presentarse a los sacerdotes. El milagro se hace en el camino (éxodo) que han hecho creyendo en Jesús y su palabra. Milagro que de por sí anuncia la llegada de los tiempos mesiánicos y que podía servir a mucha gente para que abriera los ojos ante la realidad anunciada por Jesús de Nazaret. El Reino de Dios está cerca. Dios nos ama como a hijos y quiere lo mejor para nosotros. Dios nos regala la vida y el alimento. Dios nos ha creado por amor y no porque necesite algo de nosotros. Se entrega gratis, por puro amor.

El agradecimiento no lo necesita Dios, pero es un gran momento de liberación y de crecimiento para el hombre. En este sentido Dios lo espera y quiere porque es lo mejor que puede acontecer en sus hijos. Reconocer que nuestros bienes son dones suyos.

En estos días la iglesia, en la liturgia, celebra las “Témporas de otoño” o Tiempos de acción de gracias y de petición. La primera lectura que se lee es de Deuteronomio 8, 7-18. Dice: “Cuando el Señor, tu Dios, te introduzca en la tierra buena, tierra de torrentes, de fuentes y veneros, tierra de trigo y cebada, de viñas, higueras y granados, tierra de olivares y de miel, tierra en que no comerás tasado el pan, en que no carecerás de nada… donde comerás hasta hartarte,…  Cuidado, no te olvides del Señor, tu Dios. Cuidado no te vuelvas engreído y te olvides del Señor, tu Dios, que te sacó de Egipto. No digas: “Por mi fuerza y el poder de mi brazo me he creado estas riquezas”.

Justo es esto lo que nos ha pasado o está pasando. Hemos sacado a Dios del horizonte de nuestra vida y por lo tanto pasamos de agradecimientos.

Jesús, se queja o sorprende al ver que solo uno vuelve a agradecer. Los demás se han curado y vuelven a sus quehaceres sin apreciar el don de Dios o la oferta de nueva vida que se les ofrece. Una vida que se regule desde leyes nuevas que no discriminan y que hacen iguales a todos los hombres, enfermos o sanos, ortodoxos o heterodoxos, nacionales o extranjeros.

La queja de Jesús es por la falta de capacidad de agradecimiento y de admiración de aquellos nueve y de tantos “nueves” que nos pasa lo mismo. Nos volvemos cada uno referencia de sí mismo y poco dados al agradecimiento. Nos constituimos en sujetos de derechos olvidando tantas veces que también somos sujetos de “deberes”.

Pensemos en nuestra vida cristiana, en nuestra fe vivida. Qué tecla suena más en nuestra relación con Dios: la del agradecimiento o la del deber cumplido.

Por muchos años nuestra relación con Dios ha sido una relación “moral”. Una relación de cumplimiento. Estar a bien con Dios. Se nos ha invitado a ser unos esforzados para conquistar el cielo.

El acto de culto más importante para el cristiano (para la iglesia) es la Eucaristía. Justamente significa acción de gracias. ¿Cuántas veces somos conscientes, cada vez que celebramos eucaristía, de esta actitud y dimensión de acción de gracias?

La eucaristía pasó a ser un acto “moral” de cumplimiento. La celebración de la fe y del agradecimiento a Dios por las maravillas de la creación y de la redención quedaron muy mediatizadas y uno salía de la misa con la sensación del deber cumplido pero con poca experiencia de acción de gracias y de encuentro gratuito con el Señor de la Vida.

Amigos, cuando solo se vive con la obsesión de lo útil y de lo práctico, buscando solo el mayor provecho y rendimiento no se llega a descubrir la vida como regalo. Todo se convierte en utillaje a mi servicio. Y en ese “todo” entran hasta las personas. Cuando la religión o la fe se vive como normas, leyes, ritos y cumplimiento difícilmente podremos descubrir a Dios como Padre de nuestro Señor Jesucristo , como Padre misericordioso que se nos da totalmente, nos regala la vida y Él mismo se hace regalo en el Hijo.

Tengamos la perspicacia de ver el telón de fondo de toda nuestra vida y realidad que es Dios y sepamos ser agradecidos porque hoy y siempre Él es el dador de Vida.

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