Espíritu Santo, Señor y dador de vida

pentecostés

DOMINGO DE PENTECOSTÉS

No resulta fácil hablar del Espíritu Santo y quizás no hablaríamos de Él si no se nos hubiera sido revelado. Pero una vez “revelado” resulta un elemento insustituible y bien precioso.

Resulta difícil porque nos movemos en una dimensión de la personalidad humana que no nos resulta patente como puede ser el orden cognoscitivo (logos) y el operacional en relación al mundo exterior. Es el tercer orden del ser, el emocional volitivo, el del mundo del “yo”, por donde se mueve el Espíritu y se hace remiso a ser detectado porque evidentemente no se identifica con esa realidad del ser aunque actúe en ella.

¿Por qué el Espíritu y para qué sirve el Espíritu?

El acontecimiento “Jesús” tiene unas coordenadas de tiempo y lugar bien precisas. Es un acontecimiento histórico que ocurrió hace 2000 años. ¿Nuestra memoria de Jesús es igual a la que podemos tener sobre Sócrates o sobre Julio Cesar? Nuestra esperanza futura ¿es igual a la de quien espera la llegada del “mesías” judío? Nuestro presente ¿está realmente redimido? La Pascua de Jesús ¿incide algo en nuestra historia?

Si no existiera el Espíritu Santo habría que decir aquello de que “somos los más desgraciados de entre los hombres”. Todo lo que creemos sería pura ideología o nomenclatura.

El Espíritu Santo es el que hace posible que el HOY de Dios sea extenso, actual y permanezca. El Espíritu Santo es el que hace que la obra “pascual” sea consistente, siempre actual y persistente.

El Espíritu ya está presente en la obra de la Salvación antes de la Encarnación. El Espíritu aletea sobre las aguas primordiales dando fuerza, dinamicidad y vida a toda la creación. El Espíritu de Dios (Ruah) es exhalado sobre el hombre cuando es creado y lo constituye en imagen y semejanza de Dios. El Espíritu de Dios puede ser rastreado en la multitud de lugares donde hay fuego (la zarza ardiendo, la columna de nube que protege y guía a los israelitas), agua o viento. El Espíritu Santo es el que unge a los reyes, habla por los profetas, constituye y unifica al Pueblo de Dios como pueblo de la Alianza. El Espíritu Santo llega a la plenitud máxima de su presencia y densidad al preparar a María para la recepción del Verbo y al hacer fecundas sus entrañas virginales para que engendrara al Verbo de Dios, a Jesús el Cristo.

El Espíritu Santo unge a Jesús, le guía y le lleva al desierto y a la cruz. Jesús se deja llevar por el Espíritu obediencialmente y como Hijo predilecto que ha recibido de Dios la plenitud de ese Espíritu. Su entrega en la cruz es también entrega del Espíritu al Padre.

En la resurrección, Jesús plenificado por el Espíritu, nos entrega ese mismo Espíritu a nosotros que llega a ser derramado sobre toda carne.

Ese Espíritu es el que hace saltar las coordenadas espacio-temporales del Jesús histórico y lo convierte en un Jesús trascendente. Queda constituido el HOY de Dios y por eso podemos decir que el pasado queda rescatado de alguna manera y recogido en el hoy de nuestra historia donde también se anticipa el futuro esperado.

Por medio del Espíritu es posible encontrarse con el Viviente, con el Resucitado hoy. Es posible la experiencia de la fe y por lo tanto el encuentro personal con Cristo que no solo fue, sino que es.  Podemos hacernos presentes a Cristo, dialogar con él, comulgar con él y en definitiva injertarnos en él en el Bautismo. El Espíritu hace posible la liturgia y los sacramentos.

Igual que el ayer se hace “hoy”, también el mañana, el futuro –nuestra esperanza- se anticipa. Nuestro futuro está despejado, no alargando nuestra finitud sino integrándonos en la personal y vivificadora realidad del Dios Trinidad, como misterio de perenne novedad e innovación.

Además, y es también importante, el Espíritu nos salva de “nuestra caverna”, de nuestro aislamiento, de nuestra soledad. Hacer saltar los límites de nuestra subjetividad, de nuestro “yo”, es si cabe más difícil que saltar los del espacio y tiempo. Hemos apostado por una antropología que declara al hombre como “ser para los demás”, como ser relacional o abierto al trascendente, al otro y al mundo. Pues bien esta apertura y posibilidad no es tan natural. Parece que nuestra tendencia es esclerotizarnos y cerrarnos; nuestra tentación es  proclamar que se “salve el que pueda”. De esta fuerza “gravitatoria” en torno al yo es de la que nos salva el Espíritu abriéndonos al “nosotros”. El Espíritu es el “nosotros” de la Trinidad; pues el Espíritu es el que hace posible que nosotros seamos “pueblo elegido”, “nación santa”, “pueblo sacerdotal”. Es el Espíritu el que crea la comunión y la comunidad. Es el Espíritu el que crea la Iglesia como comunidad de creyentes. Claro está, esta comunión es perdurable. No es para este momento solo o para esta tierra. Esta comunión apunta al cielo. Se abre el campo a la “comunión de los Santos” y a la “comunión de lo Santo”.

Hemos marcado dos movimientos: Entre Dios y “yo” el primero, y otro entre “nosotros”. El Espíritu es el “lazo” de unión entre nosotros y Dios y es también el “lazo” de unión entre nosotros.

Vemos como el Espíritu es el gran motor de la historia de la Salvación desde el principio hasta nuestros días que la empuja hacia adelante y la lleva hacia su finalización en el encuentro último con Dios Padre por Cristo en el Espíritu.

Decimos siempre “en el Espíritu” justamente porque está siempre metido en la masa sin hacer parte de ella pero cubriéndola y dinamizándola desde lo más íntimo de la realidad creada.

En Pentecostés cerramos los 50 días pascuales. La Pascua que abarca todo el acontecimiento central de nuestra fe: La victoria de Cristo sobre la muerte, su resurrección y ascensión al cielo y el hacernos partícipes de su victoria enviándonos el Don del Espíritu. Espíritu al que hemos llamado también: Señor y dador de Vida. Participamos de la misma vida del resucitado por el Espíritu Santo que se nos ha dado. Gocemos y exultemos en el Señor, por este día que ya no tiene fin, aunque lo clausuremos hoy litúrgicamente.  FELIZ PASCUA DE PENTECOSTÉS o Pascua “granada” (de grano, de frutos, de cosecha abundante).

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