Estad siempre alegres

Comentario del Evangelio del Domingo III de Adviento-B realizado por el sacerdote dehoniano Gonzalo Arnáiz scj.

Hemos llegado a la mitad del recorrido del tiempo de Adviento. Parece que a la mitad de la carrera viene bien que se nos grite: ¡Ánimo! ¡No desfallezcáis! ¡La meta está ya más próxima! Eso es lo que hace la Palabra de Dios elegida para este día. Llama la atención que las dos primeras lecturas y el salmo rezumen y derrochen alegría, gozo, esperanza y la anuncien sin tapujos. Fíjense en los textos:

-Isaías 61, 1-11: El Espíritu de Dios sobre mí, me ha ungido y enviado a anunciar la BUENA NOTICIA.

-De “salmo” va el Magnificat: “Se ALEGRA mi espíritu en Dios mi salvador”.

-1 Tesalonicenses 5, 16-24: Estad siempre ALEGRES. 

Es una fuerte invitación a la alegría. Tan fuerte que casi marca una condición indispensable para el cristiano. Por naturaleza el cristiano debería ser un hombre profundamente alegre. Siempre alegre. Básicamente alegre. ¿Por qué esta alegría? ¿Será una alegría de bullicio y risotadas, de jarana y borracheras o será una alegría que nace de lo alto o del interior del corazón?

San Pablo ya nos dice que nos debemos de alegrar “en el Señor”. Está ahí indicándonos la fuente de nuestra alegría. Y bastaría con esa motivación para responder al por qué de nuestra alegría. Pero como estoy escribiendo esto todavía a los sones litúrgicos de la celebración de la Inmaculada, se me ha ocurrido unir esta invitación a la alegría, a la que recibió María con el saludo del Ángel: “Alégrate, María”. Veamos las razones que el Ángel le da a María para que se alegre e intentemos trasladarlas a cada uno de nosotros, porque tenemos las mismas razones que María para alegrarnos. Lo anunciado en ella es bendición para todos nosotros y cumplido “en el Señor”.

Primera razón: El Señor se ha fijado en ti. Te ha mirado y elegido para una misión.

Dios-Padre se ha fijado en mí. Me ha elegido y llamado a la existencia. Soy alguien porque Él ha querido que yo sea. Me ha amado con amor de Padre desde siempre y ha conducido esta historia para que yo nazca, tenga un nombre, haya sido objeto de amor de mis padres, (y de tantos otros), y me ha hecho testigo de su amor dándome la vocación y la fe cristiana. Me ha enviado a llevar la buena noticia de la Salvación. Este saberme amado de Dios por siempre es fuente de alegría y gozo profundo y estable para los días de los días.

Segunda razón: El Señor te ha colmado de Gracia. Llena de Gracia.

Dios no solo me ha creado, sino que me ha hecho hijo suyo. Hijo porque me ha llenado de su Gracia, de su Vida, de su Espíritu. Somos (soy) estirpe de Dios. El Espíritu me ha sellado, me ha formateado con la naturaleza divina (dirá San Pedro). Pertenezco a la familia de Dios. Soy ciudadano del mundo y ciudadano del cielo. Soy “de Dios”. Obra de sus manos. Hechura suya. Esto también es fuente de una profunda alegría y de un gozo permanente.

Tercera razón: Dios está contigo. No temas.

Tantas veces he dicho que Dios también se llama “Pascual”. Dios pasa permanentemente a nuestro lado. Pasa para abajarse, recogerme y llevarme o de la mano o al cuello, dependiendo de mi situación. ¿A quién puedo temer? Aunque vaya por cañadas oscuras nada temo porque el Señor va conmigo. Saber que Dios está siempre a mi lado, a nuestro lado, aunque me encuentre clavado en la cruz, es también una fuente de profunda alegría y gozo porque estoy seguro que nada ni nadie me puede separar de este Amor de Dios.

Cuarta razón: El Espíritu te cubrirá con su sombra.

El modo de realizar todas estas cosas es la actuación del Espíritu. El Espíritu es el que me penetra y me transforma; me recrea y sana; me anima y vivifica; me hace hijo y coheredero con Cristo. El Espíritu es el que me enardece y consuela. Es el que me conduce y lleva hasta la casa del Padre, hasta el encuentro con el Señor. El Espíritu me abre a la Esperanza, confirma mi Fe y me realiza en el Amor-Caridad. Este es el gran motivo de nuestra alegría y nuestro gozo. Gozarnos en el Señor.

La razón definitiva para María y para nosotros es que todo se ha cumplido en Jesucristo. Él es nuestra última y única razón. El Verbo de Dios se hizo carne y habitó entre nosotros.

Esta ALEGRIA no es una conquista; no se compra o se vende. Es la alegría que nos viene de lo Alto. Es la alegría que nos viene del encuentro con aquel que nos ha amado desde siempre y que se empeña en hacerse el encontradizo con nosotros para que le demos paso a nuestra vida.

El Evangelio de Juan nos habla algo de este proceso de abrirse a la Luz y dejarse penetrar (iluminar) por ella. El protagonista en el día de hoy –y figura del adviento- es Juan el Bautista. Un hombre de una pieza. No tiene doblez. Ya nos lo presentaron el domingo anterior en boca del evangelista Marcos. Ahora casi con palabras idénticas nos viene presentado por el evangelista Juan. Pero hoy es mucho más incisivo y directo: ¿Quién eres tú? Le preguntan a Juan. Pregunta que le harán en otro momento a Jesús. Pregunta que se me hace en este momento a mí. ¿Quién soy?

Juan Bautista responde sin reservas: No soy ni el Mesías, ni Elías ni el Profeta. Juan es él. No sustituye a nadie, tiene valor en sí mismo reconociendo que le viene dado el ser de lo Alto. Juan se sabe de la mano de Dios que es fiel y en todo momento cumple. A él se le ha encomendado ser la VOZ que clama en el desierto: Preparad el camino al Señor. El Señor que ya está en medio de vosotros y que no conocéis. El Señor que es también mi Señor. El evangelista añade que Juan es el TESTIGO DE LA LUZ.

Juan Bautista habla desde una experiencia previa de encuentro profundo con el Dios de Israel al que descubre como fiel a las promesas y como gestor de una historia de salvación que está a punto de culminar porque aquel que es la Luz acampará en medio de nosotros. Es bueno prepararse para recibirle desde la conversión y la humildad.

¿Qué respondo yo a la pregunta de ¿quién soy yo? No estaría mal que fuera nuestra respuesta el “Magnificat”; que nos atreviéramos a decir que somos “testigos” de la LUZ y lo somos testificando la Alegría del Evangelio.

San Pablo nos invita para estar alegres a ser constantes en la oración y en la acción de gracias (eucaristía). Solo desde el encuentro con el Señor (oración) y desde la eucaristía vivida y celebrada en la comunidad justamente en el día en que celebramos “el día del Señor” (Domingo) podremos vivir un adviento permanente; podremos vivir el perdón y la reconciliación; podremos vivir la alegría del evangelio; podremos ser en nuestra vida TESTIGOS DE LA VERDAD, esa verdad que nos hace libres

Gonzalo Arnáiz Alvarez, scj.  

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