Este es mi hijo amado, escuchadle

Basílica en el monte Tabor.
Basílica en el monte Tabor.

 

 

Los textos de la Palabra proclamada este domingo insisten fuertemente en la actitud de FE. Fe de Abraham (Ab-ran), fe de Pablo y la fe que Pablo nos pide a los cristianos.

Las lecturas de este domingo son:

Gen 15, 5-18: Abraham (Abrán) creyó al Señor.

Fil 3, 17 – 4, 1. Nuestra patria es el cielo. El Señor nos transfigurará.

Lc 9, 28-35 : La transfiguración del Señor.

Sal 26: El Señor es la defensa de mi vida. Es mi luz y mi salvación.

 

La primera lectura nos sitúa en memorial pascual. Aprovechando que se encuentra enclavado en el camino cuaresmal cada domingo de cuaresma, en la primera lectura, hace referencia a una “pascua” del Antiguo Testamento. En esta ocasión hace referencia a la primera alianza que se realiza entre Dios y el hombre. Es Abraham el convocado para realizar esta alianza con el Señor. Una alianza atípica por ser primera. Una alianza que se fundamenta en la pura promesa por parte de Dios. “Te daré” o “Así será”. Promesa de una gran descendencia o de una tierra que mana leche y miel. En las alianzas venideras, Dios garantizará el futuro por un pasado ya realizado; presentará primero sus hazañas para después proponer alianza y pedir confianza. Aquí no hay preámbulos porque no puede haberlos. Tan solo es el “que te saqué de Ur”.

La fe de Abraham (Abrán) es paradigmática. Es de la calidad máxima. “Se fía contra toda esperanza” o se fía a fondo perdido. Abraham pone toda su confianza en el Señor y arriesga todo su ser en favor de Dios y su promesa. Esta fe le fue computada en su haber. Abraham se deja invadir por Dios, se pone “a la orden” de Dios y desde ese día será Dios quien dirija sus pasos. Dios y él, él y Dios empiezan a ser un tándem indestructible perdurable por los siglos. La realidad de Dios contagia a Abraham. Dios es Padre (Abba) – lo sabemos por Jesús-. Abran (Ab-ran) es Padre excelso o grande que pasará a ser Ab-raham, padre de muchos pueblos, padre entrañable y misericordioso. Abraham será nuestro referente en la fe, nuestro padre en la fe. No podemos dejar de preguntarnos sobre la calidad de nuestra fe. ¿Somos dignos “hijos de Abraham”?

 

En la segunda lectura se nos habla del “credo” o de la fe de Pablo. Una fe inquebrantable fundada en el acontecimiento de la Resurrección del Señor. La resurrección reverbera sobre todos nosotros la Vida nueva acontecida en Cristo y nos hace ciudadanos del cielo, que pisando tierra, vivimos en la esperanza de la venida del Señor. Pablo tiene clavado su corazón en esa patria futura que es el cielo y vive ya ahora respirando ese aire. No se escapa de la tierra, de esta nuestra historia, pero la vive adelantando o trayendo al presente esa realidad futura. Su gran deseo para todos nosotros es que nos mantengamos fieles en esa fe y por lo tanto en esa tarea de hacer o construir “cielo” en la tierra: Trabajar por el advenimiento del reino.

 

El Evangelio de hoy nos narra un acontecimiento trascendental en la vida de Jesús y también para sus discípulos (y para nosotros). La Transfiguración, Lucas la coloca al final de la actividad de Jesús en Galilea y en el momento inmediato anterior al inicio de su camino hacia Jerusalén donde le esperaba el monte calvario. Vamos a intentar acercarnos con temor y temblor al acontecimiento.

 

  1. Oración y Transfiguración.

En el versículo inmediatamente anterior al evangelio de hoy se dice:

“En verdad os digo que hay algunos, de los aquí presentes, que no gustarán la muerte hasta que vean el Reino de Dios”.

Esa promesa o indicación de futuro, se está haciendo realidad en el evangelio de la transfiguración; se está cumpliendo ya ahora en este momento y en lo sucesivo:

“Vieron su gloria” “Oyeron la voz de Dios: Este es mi hijo amado, ESCUCHADLO”

 

Entremos en el “Icono de la transfiguración”

 

-Una primera mirada nos indica que la transfiguración está unida a la oración.

Mientras reza se ilumina. Es ciertamente el contacto con Dios, la comunión con el Padre, la vida íntima de Jesús de la que nace la iluminación o transfiguración. La fuente de la luz es Dios-luz que habita en él y con el que dialoga en el Espíritu. Si de Abraham decíamos que el tándem con Dios funcionaba hasta transformarlo, aquí estamos ante un “tándem” sublime donde la identidad llega a consustancialidad. Jesús es Dios de Dios y Luz de Luz. Da la impresión que Jesús “ya no se puede aguantar” y que el Espíritu irradia de Él de tal forma que casi toca cielo.

-A la vez nos revela que nosotros estamos llamados a ser transparencia de Dios desde la aceptación del Dios de la luz pero como de Alguien que habita dentro de nosotros y con el que se puede entrar en comunión filial, en dialogo amoroso que nos hará también a nosotros iluminar hasta que lleguemos a la gran transfiguración final. Estamos hablando de la importancia de la oración como comunión de vida y encuentro entre amigos donde hay intercambio de lo más valioso y donde se aviva la fe, la esperanza y el amor.

 

  1. Cruz y Gloria.

Lucas une claramente el camino de la cruz como el camino que lleva a la Gloria.

Moisés y Elías hablan del “éxodo” de Jesús hacia Jerusalén; hablan de la pasión, muerte y resurrección de Jesús.

Jesús recoge el testigo de todos los profetas del A. T. que ha sido refrendado por sus vidas. El testigo empuñado primero por Abraham y después por Moisés y los Profetas.

El “éxodo” de Moisés, o del A.T., en Jesucristo llegará a su plenitud. Pasa por la muerte y en la muerte, encontrará la muerte su muerte. Por la muerte, Jesús pasará a la Vida y a la resurrección. Dios no abandona en la muerte a los perseguidos por la potencia del mal. Ese es el camino que lleva a la vida y no hay otro camino. Gloria y cruz se reclaman mutuamente.

 

  1. Escuchadle; escúchenle.

En el Bautismo de Jesús, oíamos la voz de Dios que nos presentaba a su Hijo amado. Ahora, esa misma voz de Dios lo presenta añadiéndole un imperativo: Escúchenle. Dios nos está presentando el camino que lleva a la vida. No hay otro. Ese camino pasa por escuchar (obedecer) a Jesús; identificarnos con Él. Dejarnos invadir por su Espíritu.

Podríamos decir que esta es la “gran tarea” que Dios nos propone para esta Cuaresma. Abrir nuestros ojos, nuestro oído, nuestro corazón y contemplar al Hijo que va a iniciar su camino (éxodo) hacia Jerusalén. Penetrando en ese camino beberemos de la fuente de agua viva y nos iremos transformando, vivificando, transfigurando en otros cristos que irradien luz y esperanza en medio de este mundo nuestro necesitado de luz y esperanza.

Gonzalo Arnaiz Álvarez, scj.

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