Experiencia del Cottolengo

César y Alí durante su experiencia en Cottolengo de las Hurdes, Cáceres
César y Alí durante su experiencia en Cottolengo de las Hurdes, Cáceres

Durante una semana estuve viviendo una de las experiencias más hermosas que tenido en este Tiempo de Pascua. Estar en el Cottolengo de Las Hurdes (Cáceres) ha sido muy positivo, ya que me ha permitido apreciar tantas cosas que lo expreso desde la alegría y un agradecimiento muy grande a Dios porque se ha hecho presente en cada uno de estos días.

Compartir con esta comunidad de “Hermanas Siervas de Jesús” y con personas (jóvenes, adultos, ancianos, etc.), que tienen dificultades físicas y mentales, pero que a pesar de esto se puede ver la alegría y la presencia de Dios en cada uno de ellos.

Como decía anteriormente allí estaba Dios, en medio de ellos; al vestirlos, ducharles, darles de comer, también, al cantar, hablar y orar con ellos. Es imposible ver sus rostros la cara y no venirme el recuerdo de la madre Teresa de Calcuta que dice: “En cada rostro humano veo el rostro de Dios”. Y considero que es cierto: ver el rostro de Dios que me pide cercanía, me pide una sonrisa,… He sentido un Dios que se hace presente y, que por medio de ellos, te enseña tantas cosas. Un Padre que me invita a confiar en él y abandonarme a sus manos. “Dejar que Dios sea Dios”.

Una de las cosas que me fascinó mas a vivir esta aventura, es el abandono y el colocarse en las manos de Dios como dije anteriormente. Esta comunidad o, mejor dicho, esta Congregación religiosa se caracteriza por vivir de la “Providencia”: sin pedir nada a nadie, sólo ofrecen su vida y su obra al Padre. Esto me marcó mucho, porque es la primera vez que vivo esto. Fue muy profundo escuchar los testimonios de varias hermanas: cómo viven esto que Dios le ha concedido desde la alegría de cada mañana, tarde, noche. Ellas viven disponibles las 24 horas al servicio de los demás, de los más necesitados.

Me gustaría contar una anécdota que viví el primer día al llegar allí. Una hermana me ve por la noche y me dijo contenta que hoy nos visitaba la Providencia. Yo no comprendí, pero vi un coche llenos de “yogurts” de todas las clases. Que alegría tenía la hermana. Su rostro era muy espontaneo y de esperanza; pero más alegría tenían los chicos al día siguiente. Comprendí que eso era la Providencia (Dios): en cada aportación desinteresada estaba Él.

Cada uno de estos jóvenes y adultos han pasado por mil y una historias. Situaciones difíciles y dolorosas pero en este Cottolengo todos han encontrado cariño, respeto, amor y, sobre todo, un hogar y una familia. Están contentos, llenos de vida y alegría; son como niños pequeños: rebosando sonrisas y una gran esperanza. Todos ellos demuestran que quieren vivir y, a partir de su sencillez, dan a entender que ellos también son hijos de Dios, que Él les ama. El Padre habita en cada persona de este hogar, y también, se desvive en cada persona que los cuida, los acompaña y los mima con mucho cariño.

Ha sido una experiencia profunda, a partir de lo que he podido vivir, orar y observar. Tuvimos tiempo para todo; pero en especial para la oración; las hermanas nos hacían mucho hincapié en ello. Nos decían que debe ser el mismo Dios quien guíe nuestra vida y nuestra obra. Esto lo vivimos en profundidad todos los días en comunidad y en nuestro tiempo personal.

¡Qué bonito y espiritual cuando uno le ofrece todo a Dios!

Vivir así durante toda una semana hace pensar mucho a uno porque aprecia como uno vive su experiencia de fe y su opción por los necesitados, porque es allí donde Dios está presente.

Uno de los sacerdotes que nos celebraba la misa diariamente nos dijo que Dios estaba loco de amor por nosotros y que nos invitaba a ser testigos. Nos invitaba a dar testimonio y a tener a Cristo como centro de nuestra vida y de nuestra comunidad. Estas hermanas han respondido a ese loco amor por el Señor; ellas han hecho experiencia de Fe (testimonio) y les arde tanto el corazón de ese amor de Dios que desde este servicio y abandono a la Providencia dan testimonio con su vida y con su consagración.

Sólo me queda dar gracias a Dios por permitirme vivir esta experiencia tan enriquecedora y llena del amor y presencia de Cristo en los hermanos. Doy gracias por todas las Eucaristía, allí vividas, y por la guía de María, que nos protege con su manto y con el rezo del Rosario. También doy gracias a mi formador por animarnos a Alí y a mí, a vivir esta gran aventura, que nos ayudaó a orar, profundizar,a servir a los hermoanos más necesitados y a aumentar más la confianza en Dios.

“Servicio, amor, disponibilidad, rostro de Dios presente en cada hermano y en cada persona que sufre, llora. Ellos te piden a ti y a mí un abrazo. Allí está el rostro de Dios esperando por cada uno de nosotros”.

¡Gracias Señor gracias!

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