Familia y educación en valores

Educación en valores en la familia.
Educación en valores en la familia.

Hace solo unas décadas se confiaba ingenuamente, en el poder configurador del sistema educativo formal, capaz de ofrecer experiencias suficientemente ricas para hacer posible en los niños-adolescentes la apropiación de valores y el desarrollo de una personalidad integrada. Todavía hoy se sigue confiando en que la escuela resuelva los problemas que la sociedad actual está generando (drogadicción, violencia, consumismo, contaminación ambiental, etc., programando nuevos contenidos curriculares que deben incorporarse a los programas escolares en el convencimiento de que la institución escolar es el marco idóneo para la solución de ciertos problemas y conflictos sociales.

Tal pretensión es desmentida por los hechos, pues cada vez más se comprueba que las conductas dependen más del clima social y familiar, que del propio medio escolar, pues éste actúa como refuerzo o elemento corrector de las influencias permanentes que el educando recibe en el medio socio-familiar, pero en ningún caso lo sustituye.

Si entendemos los valores como patrones de conducta, no se puede olvidar que los niños-adolescentes que vienen a nuestros centros educativos, vienen ya equipados con unos determinados valores y contravalores, a través de los cuales filtran los inevitables propuestas valorativas que la escuela a diario realiza, y ninguna de ellas dejará de estar interpretada por el modo de pensar y vivir de la propia familia. Los valores del niño conectan directamente con el medio socio-familiar.

De la familia depende la fijación de aspiraciones, valores y motivaciones de los individuos, pues resulta responsable en gran medida de su estabilidad emocional, tanto en la infancia como en la vida adulta. Si se tiene en cuenta que la parte del entorno que es más significativa para el niño durante los primeros años de su vida, es la familia, y especialmente los padres, podemos pensar que las conductas de convivencia se han generado en un ambiente familiar, y por tanto no se duda ya que los modelos de conducta que ofrecen los padres, los refuerzos que proporcionan a sus hijos pueden facilitar el aprendizaje de conductas violentas o respetuosas con los demás.

Estudios recientes vinculan la actitud violenta de los hijos con la ausencia de las figuras paterno/materna en la educación dentro de la familia; hay cierta evidencia acerca de la relación que existe entre el estilo de “dejar hacer” (laissez faire), con el hecho de que ambos padres trabajan, derivando en ciertos comportamientos violentos en la etapa adolescente, así como trastornos de apego, aislamiento social, tristeza, y ansiedades crónicas. La institución familiar deja una huella impresa que acompaña al ser humano durante toda la vida; las primeras experiencias son como surcos que se abren en la mente de quien las recibe, después la vida se hará compleja, armónica, integrada o desorganizada, placentera o traumática, pero en el fondo quedarán las vivencias iniciales como patrimonio de la propia personalidad.

Reconociendo que la familia es el hábitat natural para la apropiación de los valores, dándole una función acogedora en tanto que es centro de alivio de las tensiones, ofreciendo un clima sereno, hecho de sosiego, tranquilidad y seguridad, que sirve de contrapunto a las tensiones propias de la vida y de la sociedad, se puede concluir que la familia, incluso no siendo la única agencia educativa en el campo de los valores, tiene un papel fundamental como modelo de convivencia y vida moral.

La familia refleja los aspectos positivos y también los negativos y contradicciones de la sociedad en la que vivimos, y como la sociedad, aparece inmersa en un mar de cambios profundos que afectan de modo desigual a los padres y a los hijos. Actualmente se está produciendo un vigoroso y prometedor discurso sobre la “urban education”, que rompe los moldes de una educación encerrada en los muros de los centros escolares, donde la influencia cada vez mayor de los medios de comunicación ejerce un poder omnímodo en la configuración de los modos de pensar y vivir. No es por tanto la familia la única plataforma de la educación en valores, aunque si es la más importante como fuente de identificación emocional; si en los años sesenta la familia “sobraba”, ahora se echa en falta, siendo la institución más influyente en el aprendizaje de los valores, de patrones valiosos de conducta y, también su marco más adecuado.

La abundante bibliografía producida a partir de las reformas educativas ha insistido en el papel de la escuela en la enseñanza de los valores como marco adecuado, y ha puesto más de relieve la profunda disociación existente entre la familia y la escuela. Es decir, los valores se aprenden si están unidos a la experiencia, y más exactamente, si son fruto del encuentro personal. No se puede aprender el valor de la tolerancia o la solidaridad, si no se tienen experiencias vitales de esos valores; sólo cuando el valor es puesto en práctica, cuando se ha tenido experiencia, por ejemplo: una marcha solidaria para llevar a cabo un proyecto de desarrollo (construcción de una escuela, apadrinamiento de niños…), es entonces cuando puede decirse que se da un aprendizaje y apropiación de un valor.

Por todo lo dicho se puede concluir que el origen y cultivo de la educación en valores debe darse en el entorno socio-familiar en conexión con los procesos educativos en los que viven los niños-adolescentes, haciendo del medio familiar el marco habitual, “natural”, no único, de la enseñanza del valor, asumiendo el riesgo de acercarse a una realidad en la que conviven valores y contravalores desde modelos de carne y hueso, con un gran componente de pasión y de amor donde el educando se sienta atraído por un modelo y estilo de vida de la persona (padres, profesores,…) con la que se siente afectivamente más cercana y quiera imitar.

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