Gonzalo Arnaiz Alvarez, scj. 2º domingo de Cuaresma

DOMINGO SEGUNDO DE CUARESMA
Definimos la cuaresma como camino hacia la Pascua. Utilizamos la parábola del camino para indicar un proceso, un crecimiento, una superación de pruebas, un ir hacia alguna parte…. El camino es parábola de la vida y lo es en grado mayor parábola de la vida de fe. No otra cosa que camino de fe significa la palabra “éxodo”: “salir de un sitio, moverse e ir a otro lugar”. La primera lectura (Génesis 12, 1-4) de hoy nos habla del primer “éxodo” que inaugura propiamente la Historia de la Salvación del género humano. Los 11 primeros capítulos del Génesis son pre-historia de Salvación. Con Abraham empieza la historia de la Salvación y en él se enraízan las bendiciones de Dios para Israel y para la humanidad toda.
La lectura es de una sencillez pasmosa y de una profundidad sin igual. En cuatro líneas se condensa la historia de un creyente y de todo creyente. Abraham es el prototipo del creyente. La figura central de esta historia es Dios que llama. Él es el protagonista. La acción de Dios secundada por el hombre, constituirá a este (Abraham) en Padre de creyentes. Dios llama. Y la invitación de Dios es “ponte en camino; sal de tu tierra; vete a donde te indique; éxodo”. A la invitación que significa dejar todo (tierra, nación, parentela, riquezas, seguridades…) sigue un “te daré”, una promesa futura. Y esta promesa es a la vez “Bendición”. Una palabra que resuena en la lectura de hoy 5 veces, por lo que podemos llamar a esta lectura la Gran Bendición de Dios sobre la humanidad. La promesa/bendición está condicionada a la aceptación por la fe de este Don de Dios y de Dios mismo. Y es aquí donde Abraham se hace prototipo de creyente. La narración dice solo que “se puso en camino”. Este gesto de ponerse en camino significa que Abraham obedece totalmente a la propuesta de Dios. Deja todo lo que tiene y sale a la búsqueda de una tierra fecunda fiándose de la Palabra/Promesa de Dios. El camino/éxodo de Abraham no será un camino de rosas, sino que estará lleno de dificultades, pero hace su camino fiándose permanentemente de Dios incluso en los momentos que le llevan a esperar/creer contra toda esperanza. Y así Abraham se hace BENDICION de Dios para su pueblo y para todas las generaciones de hombres en la tierra. Abraham es nuestro padre en la fe y el prototipo de todo creyente. Nuestra vida es también un éxodo. ¿Hemos nacido desde la llamada de Dios o por puro azar químico vital? ¿Vamos hacia algún sitio, hacia la Bendición que es Dios o nos dirigimos hacia ningún sitio? ¿Respondemos a Dios con la fe y obediencia incondicional o nos fiamos de otros dioses y promesas aparentemente más consistentes? Tratemos de responder hoy a estas preguntas; no las dejemos para mañana.

 

El Evangelio (Mateo 17, 1-9) narra un acontecimiento clave en el proceso de fe de los apóstoles. Jesús sube al monte (Tabor) e invita a tres de sus discípulos a ir con Él. Pocos días antes de esta “subida”, Jesús había hablado claro a los suyos sobre su futuro. Subía a Jerusalén a “padecer mucho”, a ser entregado y clavado en una cruz. Pero, siempre lo había dicho, al tercer día resucitaría. Si el futuro era pasar por la muerte y lo que les ofrecía a los suyos es que “cargaran con su cruz y le siguieran”, hay que decir que no era muy atrayente. Los discípulos de Jesús aspiraban a “cosas mayores”; al menos “una insula”. Dado el desánimo que constata en ellos, Jesús les invita a rezar con Él en el monte. No se le ocurre otra idea mejor que sea Dios quien ilumine la situación y conforte a los suyos. La oración de Jesús debió de ser de tal calibre que literalmente no cabía en sí. El amor entrañable entre el Padre y el Hijo; la fuerza del Espíritu (Amor) que moraba en Él parece no resistir más los límites corporales-creaturales y como que explota y se expande y acontece en Jesús el fenómeno de la transfiguración. Un momento crucial en el camino del discipulado. Un momento que anticipa de alguna manera el futuro y que revela y confirma la misión de Jesús. Observemos brevemente la lección de la catequesis de Mateo. El monte Tabor, nos recuerda y sobrepasa con creces el Sinaí. Estamos hablando de nueva ley, de nueva alianza en Jesucristo. Si Moisés se contagió del resplandor de la Gloria de Dios, Jesús es él mismo la misma Gloria. Él es la luz, el fuego, el calor. Él es el que irradia el don de su Amor. Jesús entre Moisés y Elías: estamos viendo cómo la Ley y los Profetas señalan a Cristo como el verdadero mesías prometido y como la plenitud de esa misma Ley y cumplimiento de las promesas. La nube es garantía de la presencia de Dios que envuelve y penetra todo el misterio de Jesús. Jesús es el Hijo de Dios que se muestra en esa nube. Es Jesús el que protege en el camino e indica ese camino. Es Jesús el que es el camino. Y por fin la voz de Dios que dice y condensa toda la enseñanza del momento: “Este es mi Hijo amado; escuchadle”. La voz de Dios garantiza totalmente el camino emprendido por Jesús. Entregar la vida por amor es camino válido para Dios. Es el único camino que garantiza la Vida y la Resurrección. Jesús es el Hijo de Dios y nos conviene escucharle, seguirle, hacer lo que él hace. No hay otro camino. Coger la cruz o lo que es lo mismo entregar la vida desde el amor-servicio a los hermanos es la garantía de tener la vida en abundancia aunque haya que pasar necesariamente por la muerte.
El Tabor es un momento especial y necesario en nuestro caminar en la vida. Hace falta que de vez en cuando tengamos experiencia de futuro anticipado; de que veamos más o menos claro que la meta no es una banalidad y que ya ahora la podemos saborear y vivir. Los creyentes en Jesús tenemos nuestro momento particular de “tabor” una vez a la semana en la celebración de la eucaristía dominical. Momento de oración, de encuentro, de comunión, de renovación. Y hemos de intentar vivirlo intensamente y festivamente o con gozo.
Pero no hemos de olvidar que hay que descender del “Tabor” a la vida de cada día, a hacer el camino hacia la pascua, sin caer en la tentación de acampar en el “monte”. La carta de Pablo a Timoteo (2 Tim 1, 8-10) nos habla claramente de la necesidad de “sufrir por el Evangelio apoyados en la fuerza de Dios”. Pablo tiene claro el designio (destino) que Dios tiene para cada uno de nosotros: LA SALVACION EN JESUCRISTO por pura GRACIA. Ese destino se fragua cada día con el don de la vida entregada por amor. Cada uno de nosotros estamos llamados a ser testigos de esto. Escuchemos hoy la Voz de Dios y no endurezcamos el corazón. Salgamos de nuestras mezquindades y mini-proyectos de éxito y pongámonos en camino hacia la Pascua sin miedos, sin dilación y sin desalientos.
Gonzalo Arnaiz Alvarez, scj.
 

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