Gonzalo Arnaiz Alvarez, scj. Domingo IV de Pascua

“YO SOY LA PUERTA”

Los discípulos de Emaús reconocieron a Jesús “al partir el pan”. Pero ¿quién es este Jesús? Una pregunta siempre subyacente en nuestra vida de fe y que debe darse una respuesta vital cada día. En este tiempo pascual sobremanera hemos de buscar respuesta satisfactoria a esa pregunta. La Palabra de Dios de hoy nos sale al encuentro dándonos las respuestas que fue encontrando la primera comunidad creyente después del acontecimiento de la resurrección.
El evangelista San Juan, a lo largo de su evangelio, pone en boca de Jesús diversas afirmaciones sobre su persona, cada una precedida por un enfático “Yo soy” que en ocasiones va solo y que siempre hace referencia al “Yo soy” (YHWH) que es el nombre de Dos en el Antiguo Testamento. El evangelista en siete ocasiones distintas hace decir a Jesús: “Yo soy el pan de vida”; “Yo soy la luz del mundo”; “Yo soy la puerta”; Yo soy el buen pastor”; “Yo soy la resurrección y la vida”; Yo soy la vid verdadera”; “Yo soy el camino, la verdad y la vida”.
El evangelio de hoy, (Juan 10, 1-10) es el inicio de la parábola sobre el “buen pastor”. Para entenderla bien habría que leerla completa. Además insertarla en el contexto en que está escrita (cuando cura al ciego de nacimiento, que es echado de la sinagoga). Por lo tanto es un contexto polémico y aclaratorio. Si por otra parte hacemos resonar en nosotros lo sucedido en la expulsión del templo de los cambistas y comerciantes, donde se nos habla de que sacó fuera a las ovejas y a los bueyes, podemos redondear las enseñanzas de esta parábola del buen pastor.
En el corazón de Juan, a la hora de escribir resuena lo que Ezequiel 34, 2-10 escribe: “Profetiza contra los pastores de Israel, profetiza diciéndoles: ¡Pastores!, esto dice el Señor: ¡Ay de los pastores de Israel que se apacientan a sí mismos! ¿No son las ovejas lo que tienen que apacentar los pastores? Os coméis su enjundia, os vestís con su lana, matáis las más gordas, y las ovejas no las apacentáis. No fortalecéis a las débiles ni curáis a las enfermas ni vendáis a las heridas; no recogéis las descarriadas ni buscáis a las perdidas y maltratáis brutalmente a las fuertes. Al no tener pastor, se desperdigaron y fueron pasto de las fieras salvajes… Esto dice el Señor: Me voy a enfrentar con los pastores: les reclamaré mis ovejas, los quitaré de pastores de mis ovejas, para que dejen de apacentarse a sí mismos; libraré a mis ovejas de sus fauces, para que sean su manjar”.

 

Jesús está palpando esta realidad. Aquellas gentes están como ovejas sin pastor. Y presenta “ad hominem” al buen pastor. No es ladrón (no se aprovecha de nadie), ni bandido (no usa la fuerza de las armas para imponerse). Entra por la puerta, y llama por su nombre a las ovejas y estas escuchan su voz y salen fuera (éxodo). Jesús es el iniciador de un nuevo éxodo. Saca “a sus ovejas” de una situación de sometimiento (todo el entramado socio-religioso de Israel) hacia una nueva tierra o una nueva alianza desde unos nuevos vínculos creados por el don del Espíritu.
Sorprendentemente, es aquí donde Jesús, en vez de decir “soy el pastor” dice: “SOY LA PUERTA”. ¿Qué está diciendo?
Pensemos en las puertas de las ciudades fortificadas de la época. Casi las ciudades giraban en torno a las puertas de la ciudad. Se cuidaban mucho y repensaba su ubicación y su defensa. De ellas pendía la ciudad y regulaban las entradas y salidas.
Jesús es la “puerta”. Parece que está aludiendo a la construcción de una nueva ciudad (nueva Jerusalén); un nuevo templo. A esta ciudad y a este templo solo se tiene acceso por la “puerta” que es el mismo Cristo.
Es una puerta “viva” que discierne y separa. Una puerta que deja “entrar y salir”; es decir , una puerta de la que pende toda la vida de los ciudadanos.
Jesús es “la puerta”, el paso obligado para llegar a la nueva realidad, para llegar al Reino de Dios, para llegar a la plenitud de la vida.
No podemos olvidar que esa puerta es estrecha y tiene forma de cruz. Esa puerta es el crucificado. Esa puerta es su corazón traspasado por la lanza. Entrar por Jesús es aceptar su mandamiento nuevo. Es identificarnos con sus sentimientos y su vida; en definitiva es seguir sus pasos; los pasos del pastor que aunque vaya por cañadas oscuras, nada hemos de temer porque nos llevan a verdes praderas con buenos pastizales. En hebreo pasto y ley suenan casi igual (nome y nomos) por lo que con ese juego de palabras Jesús está hablando de la nueva ley que es el pasto o la comida de la nueva ciudad, de la nueva comunidad, de la nueva iglesia. Tenemos pues al pastor que se hace pasto de sus ovejas. Tenemos resonancias eucarísticas.

En la lectura de Hechos de los Apóstoles (2, 14-41), San Pedro dice de Jesús: “Todo Israel esté cierto de que al mismo Jesús, a quien vosotros crucificasteis, Dios lo ha constituido Señor y Mesías”. Es el primer resumen del kerigma (anuncio) evangélico. Jesús es Señor y Mesías. Mesías, para los judíos. Les está diciendo que en él se han cumplido todas las promesas. Ya ha empezado la nueva realidad. Señor (kirios, Cesar) para los griegos. En Jesúcristo se inaugura un nuevo Reino y señorío donde el servir es reinar. Invitación de Pedro: bautizaros. Es decir, entrar de lleno por la puerta, dejarse inundar por el amor de Dios, morir al hombre viejo y resucitar a la vida nueva de hijos de Dios. Un buen proyecto y un buen programa de vida.
Y de esto precisamente habla la carta de Pedro (2, 20-25) que escribe a su comunidad que padece persecución y sufrimientos duros. Nos invita a mirar y a seguir las huellas del que nos dio ejemplo entregando su vida por nosotros.
Un deseo: Ojala hayamos vuelto al pastor y guardián de nuestras vidas.

Gonzalo Arnaiz Alvarez, scj.
 

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