Gonzalo Arnaiz Alvarez, scj, Domingo VI Tiempo Ordinario

FELICIDAD Y LIBERTAD

Las bienaventuranzas son un grito de ánimo por parte de Jesús para que seamos felices. ¿Quién no quiere ser feliz?
Las lecturas de hoy vienen a confirmarnos que la felicidad no depende del azar o del destino sino que está en nuestras manos el conseguirla. La felicidad es el resultado del ejercicio de la libertad. Y la infelicidad o la desgracia también es el resultado del ejercicio de la libertad.
Libertad no es igual a hacer lo que me apetece. Eso será capricho u otra cosa. Libertad es la capacidad que tenemos para tomar opciones que van determinando nuestra vida y la van construyendo (o destruyendo) según el ideal que nos hayamos marcado.

El libro del Eclesiástico (15, 15-20) es un canto a la libertad del hombre. Dios ni condiciona ni se opone al hombre. Dios respeta absolutamente las decisiones del hombre que puede optar por diversos caminos en su vida. Eso sí; Dios ofrece al hombre el camino que lleva a la vida. Y Dios debe saber bastante de eso porque Él mismo es la VIDA. Además es nuestro hacedor, conoce nuestra pasta y sabe perfectamente por qué nos ha creado y para qué nos ha creado.
La Ley de Dios (o los 10 mandamientos) no son otra cosa que una especie de libro de instrucciones de uso que nos indican la mejor forma de ser hombre o dicho de otro modo nos indican el camino a seguir para llegar a ser plenamente felices.

 

En nuestras manos está el fiarnos de Dios, elegir ponernos a su sombra (a sus órdenes) y seguir sus indicaciones. Es reconocer que Él es nuestro creador y además fiarnos de Él porque nos quiere mucho. Conociendo de quien vienen las indicaciones, nuestra voluntad elige libremente el apuntarse al lado de Dios, que es igual que apuntarse del lado de la VIDA.
Elegir el otro camino; es decir, desconocer a Dios o negarle, es igual a autoafirmarse uno mismo como razón de sí mismo y organizar mi vida según mi criterio personal sin referencia a ningún ser fuera de mi. Es un camino de auto-suficiencia que tiene los días contados. No llega muy allá. Es más, lleva a la muerte. Muerte física sin duda, pero también a la construcción de una sociedad donde suelen imponerse los intereses personales sobre los comunes o sociales. De esa actitud, suele nacer una sociedad amasada entre intereses personales y egoísmos particulares que construyen una civilización de “muerte” en vez de una civilización de “vida”.

 

PABLO: LA SABIDURIA DE DIOS SE REALIZA EN JESUCRISTO

San Pablo, en su carta a los Corintios 2, 6-10, igual que el autor del Eclesiástico, se las tiene que ver con la cultura griega que es la que se ha impuesto prácticamente por todo el mundo mediterráneo. La ciencia y la filosofía (la sabiduría del momento) era “la verdad” y todo lo demás subproductos a desechar. El hombre resultaba ser la medida de todas las cosas y para Dios había muy poco lugar; como mucho una vida distinta y distante de los hombres que no interesaba a nadie y que nada tenía que decir a los hombres de “pro” o “super-hombres”.
Pablo conoce bastante bien la ciencia y la filosofía griega y sus corolarios. Por eso se atreve a ofrecer alternativas y a colocar en su sitio la sabiduría humana. Para Pablo la fe cristiana no es una propuesta filosófica más que deba ser recorrida bajo la batuta de un maestro humano; sino que la fe cristiana es el camino que lleva a la sabiduría porque viene de la Sabiduría divina. Es Dios el que ha desplegado un proyecto de salvación desde la creación del mundo. Dios crea no por autobombo o por deporte, sino que lo hace porque quiere amar y hacer partícipes de su misma Vida a las creaturas, de forma muy particular su creatura favorita que es el hombre. Para cumplir ese plan no tiene más remedio que echar mano de su único Hijo y nos lo entrega para que haciéndose uno como nosotros, nos haga a nosotros iguales a Él. Y nos hace “hijos” y “herederos” de su Padre. De esta forma nos garantiza una vida definitiva y una realización plena: la plena felicidad sin limitación alguna. Este plan de Dios es para aquellos que aceptan en su vida el AMOR que es DIOS. No hay otro camino. Todo lo demás será “sembrar viento”.

 

 

 

 

JESUS LLEVA LA LEY HASTA LAS ÚLTIMAS CONSECUENCIAS

El Evangelio de Mateo afirma claramente que los 10 mandamientos siguen siendo indicativos imprescindibles en el camino que lleva a la vida. Son las balizas del camino. Si te sales de ellas caes en el abismo. Los mandamientos no son caprichos de Dios que pone a su antojo fruto de una voluntad despótica. Los mandamientos son las señales de pista que llevan a la libertad y a la salvación. Lo que sucede es que muchas veces los consideramos como fardos que se nos ponen encima y que son insoportables y que, como no hay más remedio, los cumplimos. Nada más lejos de las intenciones de Dios, y es ahí donde ahora viene el Hijo y nos facilita la cosa “complicándola”. Jesús nos dice que la ley si se intenta cumplirla “desde fuera” por pura obligación es imposible cumplirla. Y mejor no cumplirla. Si la ley viene descubierta como fruto de un amor que nos precede y que por lo tanto nos está indicando lo mejor para nosotros, entonces la Ley se convierte en camino de vida. Si llegamos a entender las motivaciones de Dios, vamos a ver que la Ley, es una ley “de mínimos”, y que es mucho mejor cumplirla hasta el máximo. No matar es lo mínimo para reconocer al otro como alguien que merece un respeto absoluto. Pero el mandamiento esconde muchas más cosas. Hay muchas maneras de destruir al hermano, de eliminarlo, de robarle la vida: las palabras que ofenden, las calumnias que destrozan, los gestos de desprecio que excluyen, los enfrentamientos que ponen fin a la relación. Los discípulos de Jesús no pueden limitarse a cumplir la letra de la ley; tienen que asumir una nueva actitud que les lleve a un respeto absoluto por la vida y por la dignidad del hermano. Desde esta nueva actitud, que va a la raíz y nace en el corazón, es desde donde hemos de contemplar todos los mandamientos. Incluso el sexto, donde Jesús se atreve a hablar de la fidelidad extrema que deben guardarse aquellos que han decidido vivir como esposos. La fidelidad para siempre no es o no debe ser una losa y yugo impuesto desde fuera, sino que debe ser fruto del ejercicio del amor mutuo que debe realizarse durante todos los días de la vida. La fidelidad es fruto del amor y por lo tanto una “bendición”.

Gonzalo Arnaiz Alvarez, scj
 

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