Gonzalo Arnaiz Alvarez, scj, Domingo VII Tiempo Ordinario

SED SANTOS
Impresiona a la vez que sobrecoge el mandato que resuena en el Levítico 19, 1-18 de la primera lectura de este domingo. “Sed santos, porque yo vuestro Dios y Señor, soy santo”. A primera vista hoy en día este es un mandamiento que no vende. Suena a música celestial; a algo etéreo, irrealizable cuando no irrelevante. Hoy se lleva el ser guapos, altos, sanos, fuertes, inteligentes, jóvenes, ricos, bien-mirados, y un largo etcétera. Pero en ese etcétera no entra ni por asomo la santidad. Incluso para los que nos decimos creyentes la santidad la vemos como algo que pertenece a muy pocas personas, que tienen un talante excepcional y que han hecho una opción fuerte por el Reino de Dios. La santidad es cosa de unos pocos privilegiados.
Y resulta que el mandato de Dios es para todo el pueblo sin excepción. La llamada a la santidad es para todos como camino ordinario de salvación.
El que esto sea así, debe deberse a algún malentendido. Cuando Dios habla de santidad debe querer decir algo distinto a lo que nosotros entendemos por santidad.
Y es que hemos hecho de la santidad una conquista; algo que depende exclusivamente de nuestro esfuerzo en el cumplimiento de la ley. Y para ello nos hemos inventado multitud de leyes, de costumbres, de sacrificios, de renuncias, de ritualismos y comportamientos que han hecho de “la santidad” algo raro, difícil, inalcanzable, esotérico; algo para “bichos raros” que lo más son gente a admirar pero nunca a imitar.
Y resulta que cuando Dios habla de santidad, lo primero que piensa es en su propio Ser- Vida en cuanto que se difunde, transmite, contagia, anima y atrae. Dios es el Santo por antonomasia. Es el único Santo. Pero tiene la virtud, cual rey Midas (y perdón por la comparación), que todo lo que toca lo hace santo porque le transmite su ser, su intimidad; le hace partícipe de su misma vida; lo incorpora a su misma realidad sin diluir la alteridad de nadie. Esa es la primera santidad. Somos santos, porque Él es santo y nos hace partícipes de su santidad (realidad). Somos santos en la raíz; lo somos constitutivamente, por Gracia.
La santidad segunda, será dejar que en nuestra vida se desarrolle o crezca aquello que somos. Vivir guiados por el don del Espíritu que es el que realmente lleva en nosotros la santificación. De esta santidad segunda es de lo que habla Pablo (1 Cor. 3, 16-21) en la que afirma nada menos que somos templo del Espíritu Santo.

 

¿Y eso de ser santo, cómo se hace? Ahí es donde la Palabra de Dios de hoy nos da pistas de acción. En definitiva se trata de “tirar del hilo” de ese “ovillo” que es nuestro ser santos: El AMOR participado.
El “Levítico” ya es un fuerte indicativo: No odiarás en lo íntimo de tu corazón. No te vengarás. Amarás a tu prójimo como a ti mismo. En negativo y en positivo nos está poniendo la “ley aurea” presente en todos los códigos religiosos.
En estos mandatos vamos viendo como la santidad es ir pareciéndose poco a poco al corazón de Dios, tener sus mismos sentimientos. Por eso la santidad no se queda en la esfera de lo “íntimo”, sino que sale a la superficie y se exterioriza en mis actitudes hacia el hermano. Empezamos a intuir que lo que le suceda a mi hermano no es indiferente a mi camino de santidad. Se empieza a vislumbrar el ejercicio de una no violencia, que nace en el corazón, pero que a la vez debe ser activa. No solo de renuncias y de silencios, sino que también debe ser denuncia acompañada de acciones que tiendan a equilibrar la justicia.
El evangelio (Mateo, 5, 38-48) sigue comentando la “ley de santidad” desde la perspectiva de las Bienaventuranzas, explicándola desde unos supuestos bien concretos. El primer supuesto es la “ley del talión” que parece ser el culmen de la justicia humana que pone límite a la injusticia con otra semejante, pero no mayor. Refrena el instinto de venganza. Ley del talión que manejamos frecuentemente en nuestros criterios y que nos parece de lo más razonable. Sin embargo, Jesús la corrige proponiendo una lógica totalmente nueva (“Pero yo os digo”). Es necesario acabar con la espiral de violencia de una vez por todas. Y esto solo es posible si se arranca del corazón todo indicio de venganza o de desamor. Es necesario vencer al mal a fuerza de bien y no con otro mal. Jesús opta claramente por la no violencia que nace del reconocimiento del otro como valor absoluto y por lo tanto digno de respeto en todo momento, incluso cuando nos están quitando la vida, de la forma que sea. Jesús en la cruz no despotrica contra los que le están matando, sino que salen de su boca palabras de perdón y de disculpa. Los comentarios de Jesús son muy concretos y claros. Nos “inquietan” porque nos sacan de nuestro “buen juicio”. ¿cómo voy a poner la mejilla, dar la túnica, prestar al que me pida… sin más?. Quizás Jesús pretende desenmascarar nuestras raíces de odio y venganza, pero a la vez nos dice que los miembros de su comunidad deben manifestar a todos un amor sin medida y así se inaugura “El Reino” donde las relaciones humanas se rigen por otros criterios.
Todavía más. Jesús aprieta las clavijas al máximo llevando a plenitud aquello de: “Amarás a tu prójimo; odiarás a tu enemigo” y se atreve a decir “Amar a vuestros enemigos”. Es de una osadía increíble. ¿Cómo es posible este mandamiento? Lo normal es lo primero. Y así nos ha lucido el pelo. Desde ese presupuesto hemos hilvanado una historia que chorrea sangre por los cuatro costados. ¡Cuántas guerras por odiar al enemigo! Incluso las guerras de religión, tantas veces llamadas “santas”, han nacido de este principio. ¡Al enemigo, ni agua! Solemos decir. Jesús nos dice que todos los hombres son objetivos a amar y no a odiar. Está derribando todas las fronteras que los hombres hemos hecho o levantado por cuestiones de sangre (familia, raza), cuestiones políticas (naciones y nacionalidades); cuestiones culturales y cuestiones religiosas. El mundo no tiene fronteras. Todos los hombres son iguales ante Dios y todos son amados de Dios, sea cual sea su condición (aunque sean malos). La motivación de este mandato no es otra que la misma realidad de Dios. El imperativo nace de la “ley de santidad” que no es otra que “Sed Santos como Dios es Santo”. Porque Dios es así, también nosotros hemos de ser así, puesto que somos “Templos del Espíritu Santo”: “El Espíritu de Dios sobre mí. Me ha ungido y me ha enviado a anunciar la Buena Noticia”.
Gonzalo Arnaiz Alvarez, scj.

 

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