Gonzalo Arnaiz Alvarez, scj. Domingo VIII Tiempo Ordinario

DIOS ES TAMBIEN MADRE
La primera lectura de hoy (Isaías 49, 14-15) es muy breve. Dura un suspiro. Pero es preciosa. Las palabras de Isaías van dirigidas a un pueblo que había oído las maravillas que YHWH (Dios) había hecho con su pueblo en los tiempos de Moisés y de la Alianza que había sellado con su pueblo. Pero ahora, la realidad era bien cruel. Jerusalén derruida y el pueblo en el exilio, sometido como esclavo y sin un mendrugo de pan para llevarse a la boca. Y eso durante más de 40 años. ¿Habrá roto el Señor con su pueblo? ¿Se habrá olvidado de ellos? Isaías quiere consolar a ese pueblo y proclama que Dios no se puede olvidar de su pueblo, porque Dios es como una madre, o mucho mejor que una madre. Dios tiene para con nosotros un amor de “madre”. Un amor connatural que nace de las mismas entrañas o redaños de Dios. Es por tanto un amor primero o anterior a todo, gratuito, entrañable (nunca mejor dicho), misericordioso, tierno, inquebrantable, fiel, eterno. Aunque estemos pasando por cañadas oscuras, Él nos guía y va con nosotros. Es sin duda una buena noticia también para hoy en este mundo convulso que nos toca vivir. También a nosotros, que nadamos en la abundancia, parece que se nos nubla el futuro, o no lo tenemos seguro. Pero mucho más dramática es la situación de los pueblos del norte de África, (pienso particularmente en Libia), de Etiopía, del Congo; en los pueblos donde los cristianos viven acosados por su fe; y en tantos otros donde el olivo ya no da fruto ni la tierra produce frutos. Estas palabras de Isaías deben traernos consuelo y fuerza para seguir adelante, pero a la vez invitarnos a imitar a ese Dios – Madre y hacer que nuestro corazón responda fraternalmente ante todas estas situaciones. Somos las manos de Dios para hacer que vaya llegando el Reino de Dios y su Justicia.

 

DIOS ES PADRE
Y es de esto último de lo que el evangelio de hoy (Mt 6, 24-34) nos viene a hablar. Lo que se dice en el evangelio de Mateo chirría tanto a nuestros oídos que casi preferiríamos que no se hubiera escrito o lo colocamos entre las palabras idílicas que suelen pronunciar los buenos hombres pero que no son realizables en sí mismas. Hablan de un mundo bucólico utópico e irreal. Y sin embargo son “buena noticia” y “palabra de Dios” que no pueden archivarse sin más. Son ciertamente de hondo calado.
Hay tres afirmaciones básicas. Una al inicio: “o Dios o el Dinero (Mamona)”. Dos al final: “Buscad primero el Reino de Dios y su Justicia y todo lo demás seos dará por añadidura” y “Cada día tiene su propio afán”.
Es la palabra “afán” (agobio) la que más se repite. 7 veces. Hoy podríamos traducirla por “estrés”. Esta insistencia sin duda que quiere decir algo. Y es que donde tenemos puesto nuestro “afán”; aquello por lo que nos estresamos es justamente allí donde podemos encontrar nuestro corazón, porque allí tenemos puesto nuestro tesoro. ¿Nuestros afanes optan por Dios y su Reino o por Manmona (don dinero) y su reino? Siendo un poco sinceros, hemos de decir que es la economía y no Dios, la que mueve el mundo, o mejor dicho los corazones de los hombres que mueven el mundo. Hoy, como siempre, ponemos el valor supremo de nuestras vidas en el dinero. Y la economía del mundo, la capitalista, gira en torno a ese “valor” al que se somete todo. No me cansaré de decir que “don dinero” es un “dios” que somete al hombre hasta helarle el corazón. Si él pasa a ser único valor o valor supremo nos convierte en anti-fraternos, insolidarios, agresivos. Destrozamos la tierra y su ambiente (anti-ecológicos); la sociedad misma en la que vivimos que se desvive por una carrera consumista y de acumulación de bienes (dinero) y la persona que se hace avara, prepotente, corrupta, explotadora, auto-suficiente.
Jesús conoce el corazón del hombre y nos avisa y orienta. Nos invita y exhorta a que pongamos nuestro afán en Dios y su Reino. Eso es con mucho lo mejor; eso nos hará libres. Nos exhorta a vivir el primer mandamiento de la Ley de Dios a tope. Si ponemos nuestro corazón en Dios, se invertirán los valores del mundo y veremos que estas cosas en las que ponemos nuestro afán, pasan a ser secundarias, y además, se nos darán por añadidura.
¿Será esto una tomadura de pelo? ¿Será que Jesús nos invita a una vida hippy, irresponsable y bullanguera? Lejos de la mente de Jesús eso. Jesús no va contra el trabajo, porque entre otras cosas es una ley genesíaca. No va contra la técnica ni contra las programaciones económicas. Jesús solo pondrá estas cosas en su sitio. Todo esto debe servir al hombre y no al revés. Se debe trabajar para vivir y no des-vivirse por trabajar. Si ejercitamos la fraternidad, veremos que entraremos en una onda donde no será tan necesario el acumular y será mucho más fácil el compartir. Será mucho más fácil entender que la madre tierra no es una “vaca lechera” inagotable sino que es realmente “madre” que debe ser respetada y no maltratada. Será mucho más fácil construir una sociedad más justa donde los valores del Reino empiecen a palparse ya ahora.
El evangelio termina diciéndonos: “Cada día tiene su propio afán”. Ser un poco más presentistas. Queremos asegurar tanto el futuro que olvidamos el presente. Nos desvivimos para llegar a vivir lo que en realidad ya podríamos empezar a disfrutar ahora. Mirad los lirios del campo, mirad las aves del cielo…. Fiaros de Dios que es Padre providente. No queráis ser más papistas que el papa. Vivamos el tiempo presente en la confianza de ir guiados de la mano de Dios. Digamos desde lo hondo eso de “mañana, Dios dirá”.
Gonzalo Arnaiz Alvarez, scj.

 

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos necesarios están marcados *