Gonzalo Arnaiz Alvarez, scj. I Domingo de Cuaresma

Volvemos a iniciar el camino cuaresmal. ¡Una cuaresma más! De nuevo volvemos a oír las mismas historias de siempre; que si las tentaciones, que si la transfiguración…. Podemos empezar con la actitud de volver a oír un “disco rayado” y entonces sí que no merece la pena ni intentarlo. Pero si realmente asumimos el tiempo de cuaresma como algo nuevo que se me oferta a mí, aquí y ahora, en la circunstancia concreta de mi vida de hoy, seguro que no será repetir ninguna cosa. La Palabra de Dios viene a resonar en el hondón de mi presencia en este momento que estoy viviendo que es necesariamente distinto al de hace un año. Mismas palabras no siempre dicen lo mismo o no siempre las percibo desde la misma sensibilidad. Además las palabras dichas mil veces si son dichas desde el amor siempre son sorprendentes, agradables de oír, constructivas y sobre todo necesarias. No se puede mantener por mucho tiempo el “amor” si no se oye frecuentemente el “te quiero”. Así es que vamos a prepararnos con ánimo e intensidad creciente a la Pascua de este año 2011. Una Pascua siempre antigua y siempre nueva; una Pascua memorial permanente del amor misericordioso de Dios para con todos nosotros, sus hijos predilectos.
La Palabra de Dios de este domingo pretende orientar bien desde el inicio este camino hacia la Pascua. Es una llamada a la conversión –colocar a Dios en el centro de nuestra existencia- para que lleguemos renovados al final del camino.
La primera lectura (Génesis 2, 7-9; 3, 1-7) narra las primeras hazañas de Dios en relación al hombre y las primeras “hazañas” del hombre como respuesta a Dios. Dios crea al hombre como colofón de su obra creadora. Es su obra preferida y por eso, desde el mismo acto creador la privilegia y mima añadiendo al barro un soplo de vida que es el mismo Soplo de Vida de Dios. Dios hace al hombre a su imagen y semejanza y le destina a la vida y Vida eterna. Por eso le coloca en el jardín del Edén, en una tierra fértil y feraz donde solo tiene que disfrutar de lo que le ofrece la naturaleza. En medio del jardín está el árbol de la Vida y el árbol de la ciencia. El hombre tiene la posibilidad de elección. Es libre y Dios le ofrece el camino que lleva a la vida que es comer del árbol de la Vida, que es lo mismo que decir la Palabra de Dios o la Ley de Moisés o Pentateuco. El hombre debe aceptar su situación de creatura y su referencia a Dios. Solo así encontrará la Verdad y la Vida, porque esa es la verdad. Elegir el árbol del conocimiento, o de la ciencia no es otra cosa que optar por la autonomía e independencia absoluta de Dios. Será referirme yo a mí mismo o a las cosas, animales o personas, pero no a Dios. Apoyarse en uno mismo es igual a suicidio o muerte porque no lleva a ningún sitio. Y el hombre-mujer desde el inicio se dejan seducir por lo atractivo del árbol del conocimiento; se dejan seducir por otros “dioses” que no divinizan sino que esclavizan. El hombre rompe con el proyecto de Dios sobre él y traza unos caminos de pecado y de muerte. El hombre sin Dios es un “don nadie”. Si reniegas de tu origen y destino naufragas; eres “necio”.

 

Este “primer pecado” de la humanidad es el paradigma de todo pecado personal, tuyo y mío. En esas andamos casi permanentemente. Hijos pródigos somos. La cuaresma será un “grito” a la conversión para que sepamos cobijarnos en el “árbol de la Vida” que será Jesucristo izado en la cruz.
La segunda lectura (Romanos 5, 12-19) describe a grandes rasgos la historia cruda y dura del hombre desde la creación del mundo. Una historia pintada bajo la égida de Adam (anti-tipo de Cristo), el hombre que ha elegido el “árbol del conocimiento” y ha conseguido un verdadero desastre, muy lejos de los proyectos de Dios. Pero Pablo no es catastrofista. Es realista. Y en este cuadro oscuro o negro de la humanidad pinta ahora la gran novedad inaugurada con el nuevo-Adam que es Jesucristo. Una novedad luminosa que es ciertamente un Evangelio de la Gracia. Pablo insiste en decirnos que “no hay proporción” entre el delito y el don; no hay proporción entre la Gracia y el pecado. Jesucristo es el hombre obediente, que se hace “Árbol de la Vida” por el que nos llega a nosotros a raudales la Vida, su Espíritu, por el que todos seremos justificados, salvados, deificados. Es la gran noticia que ya desde ahora escuchamos y celebramos anticipadamente. Es la noticia que se verifica en la Pascua de Jesucristo que siempre es “nuestra Pascua”. Ayer, hoy y siempre. La invitación es obvia. Entremos en el camino que lleva a la vida; entremos en la obediencia al Padre como hizo Jesús.
El evangelio (Mateo 4, 1 -11) nos presenta a un Jesús que una vez confirmado por el Espíritu en su vocación “mesiánica” va al desierto y va a ser tentado por el diablo. Jesús va a sufrir, como verdadero hombre que es, las tentaciones “tipo” de todo hombre, iguales a las tentaciones sufridas por Israel en el desierto. Solo que Jesús va a salir airoso de ellas agarrándose fuertemente a la Palabra de Dios que es su permanente alimento. Las tentaciones son tres: La del pan (poseer), la del prestigio, la del poder. Tres “pes” a tener siempre presentes. Son parábola de la única tentación que tiene el hombre que no es otra que la del primer pecado: arreglármelas sin Dios para ser yo “dios”. ¿Quién no tiene la tentación de tener mucho oro, o mucho prestigio o mucho poder? Jesús vence las tentaciones afirmando: a) “No solo de pan vive el hombre”. Es importante el pan, pero mucho más es cumplir en todo momento la Voluntad del Padre. b) “No tentarás al Señor tu Dios”. Hay que hacer las “obras de Dios” pero nunca se pueden utilizar en servicio propio. No se puede utilizar a Dios para ningún fin. Dios es siempre gratuito y no está atado a nada. c) “Al Señor tu Dios adorarás, y a Él solo servirás”. Nadie es “señor” del hombre y el hombre no es “señor” de nadie. El hombre es valor absoluto y totalmente libre. Poniéndose del lado de Dios se libra del servicio a cualquier creatura y de convertirse en tirano y explotador.
Jesús no se adapta a las exigencias mesiánicas marcadas en las expectativas de su gente. Le esperaban mesías glorioso o nacionalista, rey, sumo sacerdote, juez, caudillo, doctor de la Ley. Jesús optó por ser “Mesías Siervo” al estilo de lo profetizado por Isaías. Un mesías no de relumbrón sino de servicio, de corazón misericordioso, pobre, cercano al marginado y él mismo puesto al “margen” muriendo en una cruz ignominiosa.
Jesús inicia su camino atravesando el desierto de la vida llegando a la cruz, pero siempre viviendo en la voluntad del Padre. Nosotros iniciamos ahora nuestro camino particular por el desierto de la cuaresma para llegar a la Pascua siguiendo las huellas de Jesús. Invitados a vencer toda tentación que nos saque del camino señalado por la Voluntad del Padre.
Acerquémonos al Árbol de la Vida y seremos vivificados. Seremos otros “cristos”.
Gonzalo Arnaiz Alvarez, scj.
 

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