Gonzalo Arnaiz Alvarez, scj. IX Tiempo Ordinario

Es un domingo de “cierre temporal” del ciclo ordinario, que coincide también con un “cierre” catequético en la Palabra de Dios que hoy contemplamos.
La primera lectura (Deuteronomio 11, 18-32) pertenece a uno de los discursos de Moisés que recoge lo más importante de la Ley sinaítica. El deuteronomísta cierra una parte de este discurso con las advertencias y exhortaciones que hoy se proclaman. Tienen un tono solemne dada la gravedad de lo que se afirma. Los preceptos de la Ley deben ser el motor de las motivaciones de la vida del israelita. Estos mandamientos deben ser grabados en la mente, en el corazón, en los brazos… incluso manifestándolo externamente con las filacterias. La mente es la sede de la razón y del pensamiento. De la mente se debe pasar al corazón, que rige la interioridad, el sentimiento y la voluntariedad de la persona. Mente y corazón unidos obrarán por las acciones de las manos. Es toda la persona la que está involucrada en el cumplimiento de la Ley. Obedecer los mandatos del Señor será elegir la bendición y por tanto la vida. Apartarse de los mandatos del Señor será igual a elegir maldición y muerte. Ya está todo claro y es necesario empezar a hacerlo. La Palabra de Dios debe ser acogida por la mente y el corazón y desde ahí ejecutar las acciones que conducen al Reino de Dios. Termina la lectura con una exhortación clara: Procurad poner en práctica estas propuestas.
La “regla del nueve” o “la prueba del algodón” está puesta en la práctica. Puede valer aquello de “obras son amores y no buenas razones”.
El Evangelio (Mateo 7, 21-27) es también el “cierre” del “Sermón del Monte” que se abría con las Bienaventuranzas. Los capítulos 5, 6 y 7 han ido desgranando el sentido profundo de la Ley Nueva proclamada por Jesús “sentado” en el Monte, al estilo de Moisés en el Sinaí. Mateo, con este sermón, ha querido iluminar nuestra mente y nuestro corazón para que entendamos y amemos los preceptos de la nueva Ley. Hemos visto que ha hecho toda una labor para llevar a plenitud los 10 mandamientos o la primera Ley.

 

Descubrimos dos partes en la narración. La primera, con tono escatológico, es una fuerte exhortación al “hacer” la voluntad del Padre. No basta “decir”. El mundo está lleno de “buenas palabras”; incluso de “buenas intenciones”; pero no se concretizan nunca. Quedan en el puro “dicho” y nunca llegan al “hecho”. Y esto que pasa en los órdenes políticos y sociales, también pasa en el orden de la religión o de los hombres religiosos. Y Jesús es durísimo a la hora de desenmascarar ciertos “tics” de nuestra religiosidad. Decimos mucho “Señor”, “Señor”. ¡Cuántas oraciones con éste título! Usamos mucho su “Nombre”. En “su Nombre” pedimos casi todo. Incluso algunos llegan a hacer milagros “en su Nombre”. Se pueden tener éxitos sociales ; éxitos catequéticos y pastorales; mucha gente en las celebraciones litúrgicas; etc. Todo eso, en principio, no es indicativo de nada. Podemos hacerlo sin haber conocido al Señor, sin haberlo acogido. Hacer la voluntad del Padre es entrar en el “espíritu” de las bienaventuranzas. Hacer la voluntad del Padre será desvivirse por el hermano, teniendo presente eso de “Tuve hambre y me disteis de comer,….”.
En la segunda parte tenemos una parábola que utiliza el ejemplo de la fundamentación a la hora de construir una casa. Podemos construir casas aparentemente iguales. Pero será la fundamentación la que de “valor” a la casa. Si es de arena, poco vale. Si está sobre roca, entonces dura y dura. El hombre prudente será el que elige como fundamento de su vida “oír las palabras de Jesús (o de Dios) y ponerlas por práctica”. Y ya sabemos cuál es el camino para ponerlas por práctica. No es otro que el recorrido por el mismo Jesús. Él es el camino. El hombre insensato será aquél que aún oyendo las palabras de Jesús (o de Dios) no las pone en práctica. Prefiere elegir otros caminos; esos caminos le llevarán a la ruina. Hemos de elegir. No nos queda otra. Seamos sensatos.
Esta invitación a “elegir” que cierra esta secuencia de catequesis evangélicas será la misma invitación que abrirá el tiempo cuaresmal, que iniciaremos con el próximo Miércoles de ceniza.
La segunda lectura (Romanos 3, 21-28) en el contexto de las lecturas de hoy podemos entenderla como un “aviso a navegantes”. El peligro de las obras a la hora de nuestra relación con Dios. Todos conocemos un “Pablo” anterior a la conversión y otro “Pablo” después de su conversión. Pablo era fariseo de los de rompe y rasga. Fariseo de convicción y por lo tanto cumplidor estricto de todos los mandatos de la ley. Este cumplir la ley le hacía meritorio de la recompensa ofrecida por Dios. Cumplir la ley le hacía creerse bueno ante Dios y ante los hombres. Al primero le podía pasar factura por sus obras y a los segundos mirarlos por encima del hombro, porque eran “publicanos” o “pecadores” y por lo tanto fuera de la “bendición de Dios”. Cuando Pablo conoce a Jesús, lo que descubre es el “amor primero” de Dios que es gratuito e incondicional. Dios se regala antes de que el hombre merezca algo. ES Dios el que hace bueno al hombre comunicándose con él. Esto lo hace por Jesucristo. Dios es LA GRACIA en cuanto que se da. Jesucristo es LA GRACIA en cuanto que sacramento del Padre. El hombre es agraciado (Gracia) en cuanto que se deja hacer o invadir por esa GRACIA. Esto se hace por la FE y no es fruto de ninguna obra. No es mérito de nadie. Ante Dios todos (judíos, griegos y romanos) somos iguales. Nadie es más que nadie, o nadie merece más que nadie, porque nadie “merece”. Dios sale al encuentro. Una vez que la GRACIA es aceptada, entonces obrarás como hombre justificado (agraciado). Obrarás las acciones de Dios. Entrarás en obediencia a Dios y realizaras sus “obras” en “su nombre”. No buscarás tu gloria particular ni buscarás el cumplir para merecer. Simplemente obrarás en gracia (gratuitamente) porque Dios es así (gratuito) y te ha hecho a ti igual a Él.
Gonzalo Arnaiz Alvarez, scj.
 

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