Hombres de poca Fe

Homilía

En el evangelio de hoy, Mt 14, 22-30, Jesús parece tener prisa para quedarse solo. Mucha gente se había saciado con la multiplicación de los panes y el ambiente era proclive a salirse de madre. El mesianismo de Jesús podía entenderse como el de un mesías rey bien interesante; un mesías facilitador y dispensador de bienes materiales. Jesús, pone sordina, acalla a la gente y les invita a irse a sus quehaceres diarios. Jesús les despide y se despide de ellos y también indica a sus discípulos que se embarquen y le esperen al otro lado. Él necesita estar a solas con el Padre; necesita hablar, comunicar sensaciones, sentir la comunión con el Padre y oír su voz y experimentar su cercanía. Necesita, en el fondo, clarificar cada vez más su identidad mesiánica.

Pero la oración no le separa del mundanal ruido. El viento sopla y el mar de Tiberíades se ha agitado más de la cuenta y sus discípulos están en medio de ese mar. Y esas circunstancias ofrecen la ocasión para que se dé una manifestación de quién es Jesús y de su mesianismo.

Jesús se acerca caminando sobre las aguas. El movimiento de “acercarse” es típico del Dios de la Alianza. Dios siempre se abaja y se acerca a su pueblo. Nunca está “sordo y ausente”. Oye permanentemente el clamor de su pueblo. Yahvé es siempre un Dios cercano. Jesús también “oye y ve” y se acerca a los suyos que están en peligro. Además, camina sobre las aguas tormentosas, y vamos a ver cómo después las calma. Solo Dios tiene poder sobre el viento y el mar. Este gesto de Jesús está dando señales de pista para decir que en su persona hay alguien más que “un profeta”.

Jesús les grita a los suyos: “Animo, SOY YO, no tengáis miedo”. Son palabras reveladoras. Son el eco de palabras que sonaron para Moisés cuando fue enviado al Faraón y Dios le reveló su nombre: SOY YO quién te envía. Soy yo que estoy a tu lado y que estaré contigo siempre. No tengas miedo de asumir la responsabilidad de liberar a mi Pueblo. Ahora es Jesús quien utiliza el nombre de Dios: SOY YO. No tengáis miedo. Estoy con vosotros siempre. Jesús está mostrando que en su persona hay alguien más que un profeta. Jesús se pone en el ámbito de la divinidad y manifiesta una intimidad pasmosa con el Padre-Dios.

Pedro, no se puede aguantar. Y reacciona, siempre precavido o guardando un as en la manga, pero reacciona. “Si eres tú”… Pedro duda o no lo tiene claro. “mándame ir a ti”. Jesús le responde: “VEN”. Ese “ven”, a Pedro le suena mucho. Es la llamada-vocación que un día no muy lejano oyó de la boca de Jesús: “Ven y sígueme”. Y esa palabra le hace saltar de la barca e ir hacia Jesús andando sobre las aguas. Toda una lección de concomitancia entre el maestro y el discípulo, entre Dios y el hombre que se vehicula por la fe. Jesús y Pedro igualados por la fe de uno en el otro y por la trasmisión de la vida desde la fe, del otro a Pedro. Es algo para pensar y admirar. Cómo se nos transmite la vida de Dios por medio de la fe. Como por la fe se llega a la comunión y a la identidad en las vidas entre el que cree y aquel a quién se cree.

Pero… vienen las dudas. Y Pedro duda.  Y es que caminar sobre las aguas, con el viento en el rostro y las olas salpicándote y amenazándote no es demasiado seguro. Al dudar, se hunde. Ese caminar de Pedro sobre las aguas es la imagen fiel del caminar del creyente por la vida. El paso que hoy doy, lo he dado porque ayer me fie y avancé arriesgando mis seguridades; puse mi seguridad solo en Él. Mañana he de dar otro paso cuya seguridad me la da esta seguridad que hoy tengo de que no me hundo solo por la fe en Jesucristo. Y volveré a dar el paso. Pero si dudo, ese paso será falso y notaré que me hundo. La vida de fe es un confiar continuo en Dios que salva. A pesar del viento y del mar, de las tormentas, de los fracasos, de los sinsabores y de las contrariedades de la vida.

Pedro, al hundirse, tiene la valentía de acudir de nuevo al Señor y decirle ¡sálvame, que perezco! Y ahí está la mano de Jesús que le vuelve a reflotar. Pedro reconoce sus bravatas y sus debilidades y recurre a Aquel que le puede salvar. Y es salvado y restituido a la barca que pronto tocará tierra.

Jesús le recrimina llamándole: ¡Hombre de poca fe! ¿Por qué has dudado? Ese reproche a Pedro, nos viene muy bien escucharlo cada uno de nosotros. Soy hombre de poca fe. Digo que creo en Jesús, pero miro hacia adelante o en mi derredor y contemplo un mar revuelto y un horizonte oscuro. La presencia de Dios se oscurece. Es más, Dios es arrinconado y excluido; es negado y condenado por los males que acechan a la humanidad. Fallan el amor y la amistad entre los hombres. Los valores de un tiempo, parece que pasan a ser antivalores. La verdad es múltiple y acomodaticia. Hablamos incluso de posverdad o verdad a mi medida y gusto. Males y catástrofes las encontramos a la vuelta de la esquina. Y nos surge la duda: ¿dónde está Dios?

Y Jesús sigue diciéndome: Yo soy, estoy a tu lado, sigue adelante, se testigo de la verdad, se profeta del amor, no tengas miedo, fíate de mí. Y tengo que reconocer que me cuesta; pero ¿a dónde voy a ir, si solo Él tiene palabras de vida eterna? Jesús hoy vuele va decirme VEN. Y yo quiero ir; quiero seguir. Pero todavía siento miedo y me resisto a arriesgarme. Tengo que decir y gritar, ¡Sálvame, que perezco! Y Él vuelve a tender su mano y a agarrarme para sostenerme y darme ánimo. El viento y el mar no pueden con Jesús. Él es Señor del viento y del mar. Hay playa, costa, tierra firme más allá de las olas. Con Él en la barca vamos seguros y a buen término. Sus palabras no pasarán. Jesús es realmente el Hijo de Dios. Sus manos son las manos visibles del Dios que es Padre. Agarrémonos con fuerza a esas manos.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos necesarios están marcados *