“Lo que has acumulado, de quién será”

HOMILIA

QOHELET, el sabio que escribe el libro del Eclesiastés es un perfecto escéptico nihilista. Es ya anciano. Ha probado de todo. Y ahora se pone a dar lecciones sobre el sentido de la vida. “Todo es vanidad, todo es humo, todo es necedad”. Nada nuevo bajo el sol. A Qohelet no le basta el “que me quiten lo bailao”. Porque nadie le puede devolver lo bailado y para nada sirve ahora lo bailado. La vida se enfrenta a un “pozo sin fondo”. La vida se enfrenta a la nada. Hemos de decir que al sabio aún le quedan resabios de confianza en el Señor y por eso, él espera la realidad de un “Dios” distinto al que le habían enseñado a él: un “Dios tapagujeros”.

Si el destino del hombre es “el hoyo” y más nada, habremos de concluir que Qohelet tiene razón y entonces podemos recurrir a las diversas filosofías que nos invitan a vivir el momento con la intensidad mayor, sin preocuparnos de “efectos colaterales”. Lo malo es que los efectos colaterales se pueden presentar cuando menos lo esperamos. Una noche de fiesta puede traer una mañana de luto que después todos lamentamos.

El Evangelio de Lucas, nos habla de Jesús que denuncia toda clase de codicia. Una codicia que va más allá del deseo de todos los bienes materiales y ataca toda egolatría que se puede camuflar incluso en valores que decimos espirituales.

El rico de la parábola, refleja un deseo que anida en la mayoría de nuestros corazones. “Ser ricos, para dedicarnos al “dulce hacer nada” a lo largo de nuestra vida. El verano es propicio para incitarnos a todos a emular la vida de muchos modelos que derrochan salud, dinero y “amor”. Mucha playa, mucho mar, mucho yate, mucho hotel paradisíaco, mucho glamur. Y en estas ofertas de felicidad nunca aparecen los “esfuerzos colaterales” de la multitud de trabajadores que hacen posible esos escenarios de comodidad y belleza.

Jesús invita a prescindir de toda clase de codicia. Todas esas cosas no aseguran nada fundamental en la vida, porque pueden desaparecer en un minuto. No hay que ponerse trágico, pero nadie puede asegurar un minuto de su vida, por muy “chequeado” que esté por su médico o porque esté monitoreado permanentemente. No hay garantía de vida, desde nuestros parámetros biológicos-científicos. Es mejor buscar el “seguro de vida” por otro camino porque el de la codicia es frustrante ahora y siempre.

¿Es posible librarnos de toda codicia?

Hay un dicho popular que dice: “La avaricia, rompe el saco”. La codicia rompe el saco. Y esto es cierto. No hay sociedad humana que se pueda montar sobre este “no valor”. Y sin embargo, nuestra sociedad está montada sobre este “no valor”. El criterio que evalúa positivamente cualquier empresa es que produzca “mucha renta”. Cuanto más mejor. Nuestro sistema económico está montado sobre este criterio. El capital no está al servicio de la vida y del hombre. Está al servicio de la productividad, caiga quien caiga. Y a todos nos preocupan poco los efectos colaterales de este sistema. Efectos en el planeta, en el clima, en el hambre, en el desempleo, etc.

Jesús no da criterios de economía, ni monta un sistema económico. Pero sí que introduce criterios éticos que sirven para orientar la economía, y otras cosas, tanto ayer como hoy.

Es la carta de San Pablo a los Colosenses, la que nos invita hoy a poner la mira en aquella persona que puede dar luz tanto al Qohelet  como al avaro.

“Ya que habéis resucitado con Cristo, buscad los bienes de allá arriba, donde está Cristo, y no a los de la tierra”.

No es montar una dicotomía de realidades. Vivimos aquí, pero si  nuestra esperanza está en el cielo, tratamos de vivir el cielo o como en el cielo en la tierra .Y para ello aconseja dar muerte a todo lo terreno que hay en nosotros; es decir: la fornicación, la impureza, la pasión, la codicia y la avaricia que es una idolatría”.

Ahí, Pablo da de lleno en los antivalores de nuestro mundo. Mejor dicho, Pablo desviste o desenmascara aquellos valores que este mundo tiene como tales. Y los llama “ídolos”. Ante ellos sucumbimos y a ellos ofrecemos nuestras vidas. Corremos tras ellos y conducen a lo que decía el Qohelet: “Vanidad de vanidades, todo es vanidad. Todo es cazar viento”.

Solo destronando a estos ídolos de nuestro corazón, de nuestro sistema de vida, lograremos el camino que lleva a la felicidad o que lleva a la Vida. Muchas guerras, muchas corrupciones, muchos desencuentros, muchas “manadas”, muchas agresiones, desaparecerían del mapa si pusiéramos a valer las recomendaciones de San Pablo.

Y bastaría con querer cambiar los paradigmas que nos mueven y que nos convencen de ser el camino que lleva a la vida.

Y no, el camino que lleva a la vida que es verdadera Vida es Jesucristo, resucitado de entre los muertos. La muerte y los “ídolos” han sido vencidos por aquel que ha vivido a tope el amor a Dios y al prójimo; aquel que ha hecho de su vida un servicio de entrega por amor, que nace del saberse amado de Dios y en consecuencia saber que solo el Amor de Dios es el que salva y nos da la vida para que la tengamos por siempre.

No hay otro camino que lleve a la felicidad.

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