Paz & División

HOMILIA

Hay veces que uno tiene la tentación de pasar hoja y no enfrentarse a lo que se proclama en el evangelio. Hoy es una de esas veces porque lo que suena no es “agradable al oído” y además estamos en “verano” donde a uno le apetece no entrar en vericuetos de exégesis.

Vamos a intentar “hincarle el diente” al evangelio de hoy. Para entenderlo bien hemos de situarlo dentro de la idea central del mensaje de Jesús que es anunciar la proximidad del Reino de Dios. Un “Reino” que se nos ha dado por decisión del Padre. (Leído el domingo pasado).

Por otra parte hemos de tener en cuenta que cuando se utiliza el lenguaje “paradójico” (como es en este caso), se utiliza como pedagogía para remarcar determinadas ideas.  Se utilizan palabras que chocan para despertar la imaginación y la idea, pero que no quieren ser de contenido absoluto o de contraposición insalvable. Además una palabra aquí significa una cosa distinta a la misma palabra utilizada en otro contexto. Por ejemplo la palabra “paz” o “fuego”.

Tenemos la suerte de encontrarnos hoy con un Jesús apasionado y enardecido; animoso en la tarea de evangelización del Reino, pero que está descubriendo oposiciones, retrasos y grandes dificultades. Hoy deja entrever el estado de su ánimo en ese momento concreto y pretende ser revulsivo con los suyos: despertarlos o no dejarlos caer en la modorra de un tiempo cansino y repetitivo.

“He venido a prender fuego en el mundo”. Dicho esto en el momento en que los telediarios nos traen cada día el incendio provocado de turno, sea en Canarias, Galicia, Portugal o Siberia, no deja de ser chocante y nada apetecible. Pero habrá que preguntarse: ¿Qué nos querrá decir con esta aparente macabra imagen? Está claro que Jesús habla no del fuego que quema los bosques sino del fuego que arde y abrasa en el corazón. Lo de fuera es imagen de lo que pasa en el interior de su persona. Su corazón arde apasionadamente por la venida y actualización del Reino. Y la imagen del fuego sirve para hablar sobre todo del Espíritu santo y de lo que consigo trae ese Espíritu al alma de la persona.

El Espíritu acrisola, purifica y separa o aquilata. El Espíritu separa el bien del mal; la verdad de la mentira; la escoria de lo fuerte o valioso (la ganga de la mena); etc. Además, el Espíritu dinamiza y da fuerza a todo lo positivo que hay en la persona: lo crea, lo sana, lo potencia, lo vivifica.

Este es el fuego-Espíritu que mueve a Jesús y este es el fuego-Espíritu que Él desea que arda en el mundo.

Este deseo choca con la bruta realidad y Jesús es consciente de que Él va a pasar por una secuencia de muerte (bautismo de inmersión en la muere) que le crea angustia y temor, pero que no le arredra en su misión. Desea ardientemente que llegue ya, cuanto antes, para que el mundo “arda” con los dones del Espíritu y su efusión como fruto de la Pascua.

La otra palabra o paradoja que nos sorprende es la palabra Paz y división. En Navidad a Jesús lo aclamamos como el Príncipe de la Paz. Y ahora nos dice que no ha venido a traer la “paz”. ¿En qué quedamos? Está claro que en los cementerios reina mucha “paz”. No hay conflictos, porque no los puede haber (entre los muertos). Esa no es la “paz” que trae Jesús. Hay otras paces acomodaticias. Se pretende pasar por encima de las diferencias o de conflictos que se producen a la hora de sincerarse o de buscar diversos medios para un mismo fin. Jesús viene a decirnos que con la radicalidad de su programa de “fraternidad” no pueden evitarse determinados conflictos.

Primero al nivel de mi persona o conciencia. Debo decantarme por optar por “El Reino de Dios” o seguir mis apetencias personales de diversa índole. Pero el “Reino” no se queda en la esfera de lo privado o personal. Lleva consigo determinadas actitudes y opciones que se decantan por determinadas obras y en contra de otras. A Jesús, lo que Él predica, le trae conflictos primero con su familia (le tenían por loco) y después con su entorno social, pueblo, costumbres religiosas, poderes políticos-religiosos, etc. Jesús no se queda en el foro interno ni en la “sacristía”. Hace opción por los pobres y desheredados, justamente porque sufren la tremenda injusticia de la antifraternidad. Su vida y su mensaje le llevan a él a sufrir el conflicto en su vida y a cargar con la condena a muerte realizada por los poderes injustos que Él desenmascaraba. Digamos que la Paz que Jesús busca es la que nace de la Justicia y nace del Amor a Dios Padre y a los demás como a hermanos. Esa “paz” es a la vez “Don” y tarea”. Es Don que viene de lo alto, justamente en el Don del Espíritu que es el que nos convoca a la tarea de construir el Reino de Dios, que es Reino de justicia, de amor y de paz.

Hemos de saber asumir el conflicto y superarlo desde la radicalidad del Amor

Jesús vive apasionadamente. Pero no dejemos de echar un ojo a la lectura de la carta a los Hebreos y veamos como otro apasionado de Cristo, san Pablo, nos invita a vivir nuestra misión de vida cristiana. Hemos de tener fijos nuestros ojos en el que inició y completa nuestra fe. Corremos la carrera de nuestra vida con la mirada puesta en Jesús. Él es nuestro norte y nuestro guía. Él no dudó en enfrascarse en nuestra historia y la vivió a tope en medio de conflictos. No dudemos en seguir sus pasos y no tengamos miedo a que tengamos que pasar por “un bautismo”.

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