El silencio de Dios

homilia

El profeta Habacuc pasa por momentos difíciles. No entiende nada. Todo se viene abajo y el sinsentido vaga por el país. ¿Dónde está Dios? ¿Dónde sus promesas? ¿Por qué calla? El profeta se queja. Ciertamente es una queja creyente y sigue siendo esperanzada. La respuesta “del cielo” no es nada aclaratoria para lo que él reclama, pero es una fuerte invitación a que siga poniendo su confianza en Dios. “El justo vive de la fe”. Y la fe no es otra cosa que poner su confianza en Dios, y algunas veces supone creer “contra toda esperanza”. Dios se ha manifestado con su fuerza y Dios volverá a manifestar su fuerza y salvación. El horizonte puede estar muy turbio o el túnel puede ser muy largo, pero la claridad y la luz persisten y Dios es garantía de esa claridad y luz porque Él es la Luz.

El Evangelio refleja también las primeras turbulencias que se dan en la evangelización. Evangelizar no es “coser y cantar”. Surgen dificultades serias porque creer en el Reino de Dios o creer en Jesús no es “jauja”. Supone una fuerte dosis de conversión personal. Supone deshacerse de toda tentación farisaica consistente en conquistar el Reino a fuerza de mis fuerzas o empleando la fuerza de la ley o lo que es peor la imposición por la fuerza. Realmente el Reino de Dios sufre violencia y no encuentra fácil hueco en el mundanal ruido que nos toca vivir.

Los Apóstoles verifican estas dificultades y tienen momentos de zozobra y desánimo. La tentación de la desconfianza ronda sus mentes y a fuer de sinceros se atreven a decírselo a Jesús con un deseo o invocación: “Auméntanos la fe”. Auméntanos la confianza. Danos fuerza para seguir creyendo en tu proyecto, en tu Evangelio.

Jesús, les había llamado en otras ocasiones “hombres de poca fe”. Ahora vuelve a decírselo con el símil del grano de mostaza. El grano de mostaza que en su pequeñez tiene el dinamismo de convertirse en árbol. El Reino de Dios es así de pequeño, pero con el dinamismo cierto de crecer y extenderse por el ancho mundo. El Reino de Dios se sostiene desde Dios y no desde nuestras fuerzas, empresas o proyectos. El fundamento hay que ponerlo donde está y no en sucedáneos. Y la fe debe estar afianzada y abierta a Dios.

El evangelio, a continuación propone una parábola donde entra en relación un siervo y su señor. Es una parábola que despista. Si se lee de forma lineal parece que pone de modelo al siervo en su relación al amo. Y Jesús no nos llama “siervos” sino “amigos”. Ese siervo funciona en la casa del Padre, en el Reino de Dios, como el hijo mayor de la parábola del “pródigo”. El siervo hace pero no hay ninguna relación de amor con el amo. Hace lo que tiene que hacer porque no tiene más remedio. Y así no se debe obrar en la evangelización. Eso sería fariseísmo. Lo primero es la apertura al amor primero del Padre y la confianza de vivir en la casa como hijo y no como siervo. Y como hijo trabajar denodadamente  para llevar a término la voluntad del Padre.

Sin Dios, somos siervos inútiles y hasta contraproducentes. Con Dios, hemos de saber referir siempre nuestras obras al Dios que obra obras grandes en mí y por mí.

La evangelización, en nuestros días, también pasa por momentos oscuros. Uno tiene la sensación de estar en “caída libre” el  momento eclesial por el que pasamos. Avanza el mundo de la increencia y del ateísmo. El relativismo es creciente y en muchos se da la indiferencia absoluta ante toda posibilidad de trascendencia. ¿Por qué el evangelio no es buena noticia para la mayoría de la humanidad? Y flaquea la fe y surge la pregunta: ¿dónde está Dios? ¿Por qué no se manifiesta de forma más contundente, clara y definitiva?

La respuesta no es volver al intimismo y tratar de no ver la realidad. Pero sí es necesario volver a analizar cuál es el tamaño de nuestra fe. Es como el grano de mostaza o es pura apariencia; palabra sin contenido alguno. Cierto que la fe es “gracia” pero no es “capricho” de Dios. La fe es apertura total de Dios hacia su creatura el hombre. Y esa apertura total se da siempre y de forma particular en el envío de su Hijo Jesucristo. Dios “llama” permanentemente a nuestra puerta y lo hace amorosamente y desinteresadamente.

Abrir la puerta y dejarse invadir es “tarea” nuestra. Responder a su amor con nuestro amor es primordial u obra primera. Y desde ahí, el resto, será añadidura. Necesitamos pedirle al Señor que aumente nuestra fe, que enardezca nuestro amor, que sintamos la fuerza de su brazo que está siempre a nuestro lado.

Empezamos el curso pastoral en nuestras parroquias con nuevos o viejos planes de evangelización. Esos planes deben ser y estar bien fundamentados. No funcionarán si la comunidad parroquial que convoca y los lleva a término es una comunidad laboriosa y emprendedora pero que no está centrada en Aquel que es la luz y la vida de la comunidad.

Por eso la importancia de la celebración de la fe en la asamblea dominical pero además el testimonio de la fe en una vivencia de comunión fraternal entre los que habitualmente celebramos eucaristía.

Dios está siempre a nuestro lado y es garantía absoluta de la instauración de su Reino.

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