Gracias

homilia

Es de bien nacidos, el ser agradecidos. La fe es Don y vida y el agradecimiento debe ser uno de sus primeros pasos.

Naamán, el sirio, se ve agraciado por el gran milagro de la curación de su lepra, después de haber entrado en humildad y entender que Siria no era la primera en todo y que la acción de Dios no tenía fronteras. Reconoce a Yahvé como el único Dios y a él adorará de ahora en adelante. Eliseo no acepta para él ningún agradecimiento y le reenvía a Aquel del que procede todo don. El despertar de la fe en Naamán conlleva a la acción de gracias. La curación acontece no por ser poderoso y rico sino por pura gracia. No se merece sino que se recibe como regalo y más nada.

Esta norma de la GRATUIDAD de la GRACIA es algo que no deberíamos perder de vista nunca en nuestra vida de creyentes.

El evangelio cuenta una historia correlativa del gran milagro de Jesús de curar a 10 leprosos de una vez. Y solo por una palabra que es una invitación o mandato de que vayan al sacerdote para verificar su curación. Los 10 leprosos pueden haber quedado sorprendidos por la insignificancia del signo para su curación. Tan solo una palabra que incluye una promesa cuya percepción no es evidente. Los 10 creen o se fían de la palabra de Jesús y, todavía leprosos, se ponen en camino hacia la ciudad para cumplir la orden de Jesús. Mal que bien se fían de Jesús y quedan curados durante el camino. Exultantes de gozo correrían a buscar al sacerdote para que certificase su curación. Y recibieron la señal de curación e incorporación a la vida social normal. Solo a uno de ellos, que era samaritano, se le ocurrió volver al encuentro de Jesús para agradecer el milagro. Vuelve gozoso, dando voces, alabando a Dios y agradeciendo a Jesús. Este samaritano había conseguido ver más allá del milagro, la realidad del Dios que salva y la mediación de Jesús en esta acción salvífica. El samaritano se abre a la fe y la fe es la que le salva.

Descubrimos en la narración dos planos distintos: el de la curación corporal y el de la salvación total de la persona. La curación reenvía a la fuente de la curación y además reenvía a la profundidad de la persona. La curación abre el camino de la fe teologal, puesto que se percibe como llamada o gesto de Dios que quiere entrar en relación vital de amistad con el curado. El samaritano percibe esta llamada y responde a ella en agradecimiento y gloria. Se da inicio a un camino interminable de crecimiento amoroso entre Dios y su creatura. Es el camino de la fe.

Jesús, al samaritano le dice de nuevo, con un imperativo: Levántate y vete. Parece una llamada y una invitación o misión. Levántate. Eres hijo y no siervo. Camina libre de toda atadura por los caminos de tu pueblo y vete y anuncia entre ellos lo que has visto y oído: lo que has vivido en tu persona.

Tanto la narración de Naamán como la del leproso samaritano hay  un clima universalista o de ruptura de fronteras. Ciertamente Dios no está atado a las fronteras que los hombres construimos. Fronteras nacionales, económicas, religiosas…. Dios o el Espíritu de Dios sopla donde quiere y cuando quiere. Sopla “siempre” desde el amor que nos tiene a todos los hombres.

Los hombres somos propicios a levantar muros y fronteras. También dentro de nuestra propia “casa” o de nuestra propia “iglesia”.

Está en pleno desarrollo el Sínodo sobre la Amazonía. Un Sínodo llamado a desalambrar, a derribar fronteras y evitar imposiciones. A la Iglesia no le resulta fácil perder algo de su romanidad e inculturarse pertinentemente en las diversas culturas de la región amazónica. Allí sí que se puede hablar de multiculturalidad porque son muchas las culturas y variopintas. El evangelio o la buena noticia de Jesús debe derramarse sobre “continentes” (vasijas) moldeados de diversas maneras. Conseguir respetar esos continentes o vasijas y llenarlos con la Gracia del evangelio es la tarea de la misión. Es necesario acercarse a ellos sin prejuicios y que sea la Buena noticia de Jesús la que ilumine su realidad y convierta, cambie o reafirme las estructuras que emerjan de su cultura.

Hemos de rezar por los reunidos en el Sínodo para que sepan interpretar los signos de los tiempos; no tengan miedo a romper lo que haya que romper, reforzar lo que haya que reforzar y que acontezca en medio de aquellos pueblos el Reino de Dios.

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