Bajó a su casa justificado

homilia

La palabra “justicia” suena en las lecturas de este domingo 7 veces. El evangelio habla de “justificado”. Tratemos un poco de penetrar en el significado de esta palabra.

La primera lectura habla del Dios justo que no puede ser parcial. Y a continuación observamos como Dios se pone del lado del pobre, del oprimido, del huérfano y la viuda. Sus gritos alcanzan a Dios que les atiende y hace justicia siempre. Tenemos una imparcialidad de Dios muy singular, porque de hecho Dios opta por los pobres y se pone al lado de ellos, justamente para nivelar la balanza de la injusticia humana que hace pesar sus penas sobre todos ellos. Dios abaja a los soberbios y enaltece a los humildes. Es la hoja de ruta permanente del Dios de Israel. ¿Cuál es la justicia de Dios? Es el Dios que se abaja y escucha el clamor de su pueblo. Y lo escucha para liberarlo de la esclavitud. Entre Dios y su Pueblo se establece una relación vital. Dios habla y el pueblo escucha; el pueblo habla y Dios escucha. Entre Dios y los hombres se da un círculo virtuoso por el que discurre la Vida de Dios que va transformando la vida del hombre. Este círculo se puede romper cuando el hombre tranca la relación. Se abre cuando el hombre se fía de Dios y cree en Él. ¿Qué es la justificación? Justamente este trasvase de la Vida de Dios al hombre, que lo va transformando y le hace hijo y heredero.

Este diálogo y relación llegan a plenitud con la encarnación del Verbo de Dios que se hace hombre. Ahí se hace el círculo tan estrecho que el hombre se hace Hijo de Dios en Jesucristo.  Y esta relación ya no se puede romper. Es alianza eterna.

En todo esto nos movemos en una dimensión de gratuidad por parte de Dios que es el primero en la oferta, en el abajarse, en el hablar y en el oír. Él tiene la iniciativa y el cumplimiento. Y es así, porque Dios es Amor misericordioso que quiere la salvación de todo lo creado, y en particular de la humanidad toda.

¿Cuál será el problema? Que Israel olvida la gratuidad y empieza a creerse que ha sido elegido por que se lo merecía. Olvidan que Dios les pone a valer porque está con ellos y piensan que Dios está con ellos porque lo valen por sí mismos.

Este es el problema que aparece candente en la parábola de Jesús que se narra en el evangelio. El fariseo y el recaudador.

El fariseo lo es a carta cabal. Es un hombre de orden. Un hombre bueno. Cumple toda la ley y más allá de la ley. Ayuna más de lo debido; paga más impuestos de lo debido; reza más de lo debido. Es un santo varón a los ojos de todos. Sin embargo, se muestra arrogante y orgulloso. Es mejor que los demás, o que los otros, sobre todo que ese publicano que es “una rata” social. El fariseo no se besa a sí mismo porque no puede, pero tiene un ego que no le cabe en el corazón. En ese “ego” no cabe el otro ni “el Otro”. Parece pasar factura a Dios y viene a reclamar lo suyo, el aplauso de Dios. Pero la vía hacia Dios está obturada. No hay pase. No puede llegar la vida de Dios entre otras cosas porque parece no necesitarla. Lo lleva todo de calle. Y ahí está el problema. Si al menos reconociese que todo le viene de Dios y es el Señor el que hace obras grandes en él… cambaría la situación. Empezaría a tener ojos de misericordia y hasta llegaría a reconocer que no es oro todo lo que reluce y que también en él hay muchos agujeros oscuros y que sus seguridades no son tantas.

El recaudador no presenta ninguna lista de buenas obras para recibir la paga de Dios. Pero desde el principio hay una apertura y encuentro de corazón a corazón con Dios. Reza a Dios con confianza y encomendándose a su compasión y misericordia. Y ahí está la diferencia. Se abre a Dios o deja que Dios le invada. Y Dios no deja pasar su oportunidad porque la estaba esperando desde siempre. Dios entra en la vida del recaudador y queda “justificado”. Se da el trasvase de la vida de Dios, de la Gracia de Dios, del Espíritu de Dios que toca y transforma desde dentro la realidad del publicano haciéndole una creatura nueva. La justificación llega por la fe, por el abrirse a Dios con toda confianza y dejar que Él se acomode en nuestra interioridad.

Jesús utiliza la parábola por contrastes para que despertemos de nuestro letargo espiritual los muchos que a lo largo de los siglos hemos escuchado su palabra pero que hemos entretejido una religiosidad donde las “pesas y medidas” cuentan más que la gratuidad y la misericordia. En nuestro deambular por nuestra vida de la fe podemos caer en la cuenta de que usamos criterios del fariseo. Excomulgamos demasiado. Qué hacemos o pensamos ante realidades como la marginación, la mendicidad, los drogatas o alcohólicos, divorciados, abortistas, prostitutas, gays, inmigrantes,… Probablemente muchas veces nos sentimos distintos y mejores y trazamos fronteras. En esto y en otras muchas cosas de la vida diaria: en casa con nuestra actitud despótica y justiciera, entre los amigos donde tengo que llevar la voz cantante y la razón, en la sociedad donde pensamos que es “o yo o el diluvio”.

Hemos de saber apartar nuestras caretas y reconocer que también yo soy pecador, que no tengo seguridad en tantas cosas, reconocer que el otro es importante para mí, aunque sea un drogadicto.

Me hace falta, nos hace falta una cierta dosis de humildad. Abajarnos y tocar el polvo porque eso somos. Y ahí todos iguales. Abrir el corazón a Dios para que nos penetre e inunde con su Espíritu y nos haga fraternos, pero sin olvidar que Él es la fuente y pedirle que no nos deje de su mano, que no nos deje caer en la tentación.

Y esto tratar de llevarlo a efecto o término en nuestra realidad cotidiana y en nuestra sociedad donde nos toca vivir.

En la eucaristía nos reconocemos pecadores; al principio, pedimos perdón, y antes de comulgar nos reconocemos indignos. Que no sean solo palabras huecas, sino que sean reflejo de una actitud serena y permanente en nuestras vidas.

Saldremos de la eucaristía JUSTIFICADOS.

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