Domingo I de Adviento: Vigilad y orad

homilía

Inauguramos el Adviento de este año 2019. “Esperamos el ADVENIMIENTO” del Señor.

Durante el tiempo de Adviento se contempla la Historia de la Salvación desde el PRESENTE, apoyándose en el PASADO y mirando al FUTURO.

+ AYER: Recordamos el acontecimiento y misterio de la ENCARNACIÓN

+ HOY: El Señor se hace presente cada día: ESTOY CON VOSOTROS HASTA EL FIN DEL MUNDO

+ MAÑANA: El Señor vendrá a juzgar a vivos y muertos: PARUSÍA o ADVENIMIENTO.

El “ayer” no es un pasado, sino que es un acontecimiento que continúa siendo realidad. Dios se encarna de una vez para siempre y ya no vuelve a “des-encarnarse”. Es hombre para siempre. Así es que hemos de pensar en un “continuo” que permanece. Empezó un día pero continúa por siempre. Los regalos de Dios son permanentes en su acción salvadora. Dios no retira nunca su Gracia.

Por eso, porque esto es así, el HOY es tan cierto como el ayer. Jesús viene cada día. Hoy viene a nuestro encuentro y se hace presente de múltiples formas: desde su Palabra, pasando por nuestros “próximos” y siendo su realidad mayor en la Eucaristía.

Porque esta nuestra realidad todavía está en camino, vendrá un día en que todos llegaremos a la plenitud. La PARUSÍA será el acontecimiento último que llevará a la historia a su maduración total.

Toda esta realidad (pasado, presente y futuro) es lo que celebramos en el MEMORIAL de la EUCARISTÍA. Cada domingo nos reunimos para “proclamar su muerte (toda su historia vital), anunciar su Resurrección (entrada en el HOY de DIOS) que es el acontecimiento siempre presente; y pedir que VENGA. En el Adviento presionamos esta última “tecla” del ¡VEN SEÑOR JESÚS!

Podríamos decir que en este tiempo de Adviento nos proponemos como comunidad este OBJETIVO: Despertar en cada uno de nosotros una actitud personal:

+de FE y de ESPERANZA-VIGILANCIA

+de HAMBRE o POBREZA ESPIRITUAL (Las Bienaventuranzas y su correlato en el Juicio final)

+de MISIÓN o PRESENCIA EN EL MUNDO.

Centrándonos ya de forma particular en el Primer Domingo de Adviento está clarísimo que apunta decididamente al FUTURO y por lo tanto es un aldabonazo para urgir nuestra esperanza y ponernos vigilantes.

El profeta Isaías señala con palabras vibrantes y enardecedoras un futuro FELIZ para toda la humanidad. Pinta el paraíso perdido por nuestros primeros padres como horizonte de futuro al que llegaremos todos. Un futuro donde reinará la PAZ, donde las espadas y las lanzas se convertirán en arados y podaderas o instrumentos para la concordia entre los pueblos. Final feliz que no llega; se dilata el tiempo de espera enormemente. Debe ser porque no dejamos que el árbitro de las naciones, el Dios de Israel, ejerza de lo que es.

San Pablo insiste en la necesidad del cambio de actitud. El hombre viejo sigue imperando en nosotros y nos podemos dedicar a las actividades de las tinieblas: comilonas, borracheras, lujuria, desenfreno, riñas, pendencias. Es necesario vestirse del hombre nuevo que es Cristo.

Estos días, oyendo al Papa Francisco hablar en Hiroshima, me parecía oír al profeta Isaías trasladado a nuestros tiempos. Hace un discurso sobre la Paz siempre deseada y siempre retrasada por nuestras actitudes violentas. Creo que es bueno en este momento leer lo que él dijo como preámbulo de Adviento. Entresaco algunas de sus afirmaciones, invitando a leerlo todo entero porque no tiene desperdicio y no es muy largo.

Dijo en Hiroshima, el domingo pasado, en el lugar donde explosionó la primera bomba atómica donde está el monumento “Memorial de la Paz”:

Aquí, de tantos hombres y mujeres, de sus sueños y esperanzas, en medio de un resplandor de relámpago y fuego, no ha quedado más que sombra y silencio. En apenas un instante, todo fue devorado por un agujero negro de destrucción y muerte. Desde ese abismo de silencio, todavía hoy se sigue escuchando fuerte el grito de los que ya no están. Venían de diferentes lugares, tenían nombres distintos, algunos de ellos hablaban lenguas diversas. Todos quedaron unidos por un mismo destino, en una hora tremenda que marcó para siempre, no sólo la historia de este país sino el rostro de la humanidad.

Quisiera humildemente ser la voz de aquellos cuya voz no es escuchada, y que miran con inquietud y angustia las crecientes tensiones que atraviesan nuestro tiempo, las inaceptables desigualdades e injusticias que amenazan la convivencia humana, la grave incapacidad de cuidar nuestra casa común, el recurso continuo y espasmódico de las armas, como si estas pudieran garantizar un futuro de paz.

Con convicción, deseo reiterar que el uso de la energía atómica con fines de guerra es hoy más que nunca un crimen, no sólo contra el hombre y su dignidad sino contra toda posibilidad de futuro en nuestra casa común. El uso de energía atómica con fines de guerra es inmoral, como asimismo es inmoral la posesión de las armas atómicas,  como ya lo dije hace dos años. Seremos juzgados por esto. Las nuevas generaciones se levantarán como jueces de nuestra derrota si hemos hablado de la paz, pero no la hemos realizado con nuestras acciones entre los pueblos de la tierra. ¿Cómo podemos hablar de paz mientras construimos nuevas y formidables armas de guerra? ¿Cómo podemos hablar de paz mientras justificamos determinadas acciones espurias con discursos de discriminación y de odio?

En una sola súplica abierta a Dios y a todos los hombres y mujeres de buena voluntad, en nombre de todas las víctimas de los bombardeos y experimentos atómicos, y de todos los conflictos, desde el corazón elevemos conjuntamente un grito: ¡Nunca más la guerra, nunca más el rugido de las armas, nunca más tanto sufrimiento! Que venga la paz en nuestros días, en este mundo nuestro. Dios, tú nos lo has prometido: «La misericordia y la fidelidad se encuentran, la justicia y la paz se besan; la fidelidad brota de la tierra, y la justicia mira desde el cielo» (Sal 84,11-12).

Ven, Señor, que es tarde y donde sobreabundó la destrucción que hoy  también pueda  sobreabundar la esperanza de que es posible escribir y realizar una historia diferente. ¡Ven, Señor, Príncipe de la paz, haznos instrumentos y ecos de tu paz!

Hasta aquí el Papa Francisco. Nos dice que seremos juzgados por esto: por no ofrecer resistencia a esta nuestra cultura de muerte. Es necesario revestirse de Jesucristo. Serenamente pero en verdad y decididamente. Si todos los creyentes en Jesús fuéramos pacificadores, el mundo sería mucho más fraterno y parecido al Edén de Isaías.

El Adviento es un tiempo propicio para el cambio. Tiempo propicio para Vigilar y eliminar los obstáculos que impiden el avance de la Paz. Es también tiempo para ORAR. La oración es clave en la esperanza. Por eso que no deje de sonar el “Padre nuestro” ni el “Ven Señor Jesús”.

Os invito a no dormirnos, a no cansarnos, a no desesperar. APROVECHA CADA DÍA EN EL SEÑOR.  EL SEÑOR VENDRÁ.

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