Hosanna al hijo de David

Homilía_domingo_ramos

La monición oficial que abre la celebración de este domingo dice: “Queridos hermanos: Ya desde el principio de la cuaresma nos venimos preparando con obras de penitencia y caridad. Hoy, cercana ya la Noche Santa de Pascua, nos disponemos a inaugurar, en comunión con toda la Iglesia, la celebración anual de los misterios de la pasión, muerte y resurrección de Jesucristo, misterios que empezaron con la solemne entrada del Señor en Jerusalén”.

Se afirma en primer lugar la centralidad de la NOCHE DE PASCUA. Este domingo de “Ramos” es la inauguración oficial de la Semana Santa que culmina con la fiesta de la Resurrección del Señor el próximo domingo. No podemos olvidar esto. No podemos confundir el atrio o ingreso a una casa o templo con la misma casa o templo. Nunca el atrio es más importante que aquello a lo que introduce. Este domingo es importante, por aquello a lo que nos introduce, pero no lo es por sí mismo. Lo importante lo celebramos el domingo que viene del que este domingo es reverberación o reflejo, como todos los demás domingos del año.

La liturgia de este domingo se divide en dos “partes” para introducirnos en la Semana Santa.

Una primera parte en la que se hace memoria de la entrada triunfal de Jesucristo en Jerusalén.

Una segunda parte en la que nos presenta de lleno el primer acto de la Pascua: La pasión y muerte del Señor.

Es la primera parte la que más pesa en la memoria colectiva de la gente y en realidad es aquella que más se celebra, por mucho que la liturgia quiera dar más realce a la segunda parte.

En la primera parte, se bendicen los ramos y las palmas y se proclama el Evangelio de la entrada de Jesús en Jerusalén. Este año se lee lo escrito por Lucas 19, 28-40.

Como toda celebración litúrgica, lo que hacemos no es un recuerdo teatralizado de lo que pasó hace dos mil años, sino que es un memorial de algo que acontece también hoy. Lo que hoy acontece es que nosotros celebramos misterios cumplidos en la Pascua. Cristo resucitado ya no muere más. Él está vivo hoy.

Al recordar su entrada triunfal en Jerusalén, nosotros estamos reconociendo que Él es el Mesías, el que viene en nombre del Señor; que Él es el Señor de la historia. Evidentemente reconocemos que su señorío no es el de un “caballero poderoso” sino el que va montado en una burra, el animal de carga popular utilizado para los servicios más humildes. Jesús es el Mesías “Rey” que reina desde una cruz.

Lo acompañamos con ramos y palmas. Ramos y palmas que hablan de victoria y de resurrección. Nos hablan de testimonio y de martirio. Cada uno de nosotros hemos sido bautizados en Cristo, en su pasión, muerte y resurrección. Ya somos creatura nueva y hemos sido llamados a ser testigos de esta resurrección.

Las palmas y ramos que llevamos en nuestras manos son indicativo de esta nueva vida a la vez que son indicativos de nuestra misión: la de ser testigos de la resurrección del Señor. Si salimos procesionalmente por las calles, no es para hacer bonita una procesión, sino para proclamar abiertamente nuestra fe y decir que cada uno de nosotros queremos vivir al estilo de aquel que un día entro sobre un borriquillo en Jerusalén.

Porque ese es el significado de las palmas, no está mal que a la hora de proclamar el credo, lo hagamos con los ramos y palmas en las manos para refrendar nuestra fe y nuestro compromiso de vivir testimoniando en nuestra vida la fe proclamada.

La segunda parte de la liturgia de este día nos introduce de lleno en el misterio pascual propiamente dicho. Es como si se tratara de un adelanto del “Viernes Santo”. En realidad es un adelanto porque son muchos los cristianos que no celebran o tienen posibilidad de celebrar litúrgicamente el Viernes Santo. Es día laboral en muchos lugares del mundo.

La primera lectura de Isaías 50, 4-7  nos presenta la figura del siervo de Yahvé que acepta el paso amargo que debe pasar, ofreciendo su espalda para que la golpeen y la mejilla para que mesen su barba. Toma esta postura porque con decisión decidida (rostro como pedernal) apuesta por el Dios que salva y que no le dejará confundido. Jesús de Nazaret se identifica con este siervo de Yahvé que Isaías pinta  a lo largo de cuatro cánticos. Estos cuatro cánticos se leerán sucesivamente el lunes, martes,  miércoles y  viernes santos.

La segunda lectura es de Pablo a los Filipenses 2, 6-11. Es el himno a la “kenosis” o abajamiento del Hijo de Dios que por nosotros se sometió incluso a la muerte, y una muerte de cruz. Cristo pudo salvar a la humanidad desde la plataforma de su Gloria. Es un decir. Pero prefirió compartir nuestra historia y hacerse uno de tantos, uno de nosotros. Fue en todo semejante a nosotros, menos en el pecado. Es una historia de anonadamiento que hace brotar en nuestros corazones admiración y acción de gracias. ¡Cómo nos ha amado! Hasta el límite. No se puede hacer más por el ser amado. Al abajamiento de Jesús, le sigue la exaltación por parte del Padre que lo resucita y lo pone a su derecha. Jesucristo es Señor.

El Evangelio de hoy es la narración de la Pasión de nuestro Señor Jesucristo según san Lucas: 22 -23. Es momento de escuchar con obsequioso silencio los momentos últimos de la vida de nuestro Salvador Jesucristo. Hay que dejar que resuene toda la sinfonía de la pasión en el hondón del corazón. No es fácil entresacar acordes porque se rompe el todo. Si hubiera que comentar algo, se pueden elegir las palabras de Jesús, que por ser “últimas” dicen mucho de su vida, de su actitud ante la muerte, de su fe, de su confianza ante Dios Padre y que a la vez demuestra su amor infinito hacia todos y cada uno de nosotros.

Yo hoy no haría más glosas ni aplicaciones. Contemplar el misterio y celebrarlo en la eucaristía que hoy más que nunca es memorial donde “ANUNCIAMOS TU MUERTE, PROCLAMAMOS TU RESURRECCIÓN. ¡VEN SEÑOR JESÚS!

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