¡Es el Señor!

homilía

Conviene recordar que estamos en el “Tiempo Pascual” que llega hasta el día de Pentecostés. Son 50 días en los que celebramos el acontecimiento de la Pascua del Señor Jesús: Su Resurrección, su Ascensión al cielo y el Don del Espíritu Santo. Es la “pentecostés o los 50 días pascuales.

Los domingos son siempre “pascua” y con más razón en este tiempo. Y resulta lógico que en estos domingos se nos recuerde machaconamente el acontecimiento de la resurrección del Señor, que es el fundamento de nuestra fe.

Hoy, el evangelio de Juan nos narra la tercera vez que Jesús se aparece a sus discípulos, según este evangelista. Si es tercera vez, está claro que ha habido una primera y una segunda aparición, también narradas por el evangelista. Pero da la impresión de que parte de “cero”. Los discípulos parecen estar tan despistados y desorientados como el primer día. Pero  quizás sea una impresión que no se detiene a percibir diferencias y contempla la narración como una aparición más. Y no lo es; es la tercera vez.

La presencia del resucitado en medio de los suyos, no es la que era antes de su muerte. Antes era una presencia continua de la persona amiga que está haciendo camino con el grupo. Su cercanía era palpable y su presencia continua. La muerte ha quebrado esta presencia. El resucitado aparece inesperadamente y desaparece pronto. Las más de las horas y de los días se percibe su “ausencia” y se impone esta ausencia sobre esperanzas y expectativas que se han despertado en las apariciones. El peso del tiempo y de las circunstancias ordinarias se hacen notar y pueden hacer entrar al discípulo en la tentación de asumir una vida anodina sin muchas expectativas venideras.

El evangelio habla de Pedro y otros seis discípulos que “estaban juntos” y se van a pescar en la noche.

Tenemos, por una parte, una preeminencia de Pedro sobre los demás discípulos. Ciertamente es el que dinamiza el grupo. Su fe incipiente en el resucitado, le ha cambiado y es de los que “echa pa’lante” para hacer algo; y pescar era algo que hacían de oficio y a ese oficio vuelven. El hecho de que estén juntos, ya es un indicio de comunión y comunidad. Solo el Espíritu del resucitado es el que les mantiene en unidad. La muerte les había llevado a la dispersión. Ahora ya se encuentran juntos y a la expectativa.

Eran 7. A Juan evangelista, le gusta jugar con los números. 7 es totalidad. Habla de discípulos y no de apóstoles. Es toda la comunidad reunida por el resucitado. Nombra a cinco y deja en la penumbra a dos. Esos dos “sin nombre” pueden ser todos y cada uno de los discípulos de Jesús y por lo tanto queda la posibilidad real de que puedas poner ahí tu nombre… y el mío.

Es noche cerrada. Puede ser el momento de salir a pescar en la madrugada, pero también es una connotación anímica existencial. Sin Jesús, es de noche; no hay horizonte; se camina a tientas y con grave peligro de caerse en el precipicio o de naufragar. En la noche, en la ausencia de Jesús no es posible hacer nada positivo; es imposible evangelizar y ni tan siquiera vivir la vida esperanzadamente.

La aparición del hombre en la playa, viene a clarificar el horizonte y la realidad existencial de aquellos discípulos.

El desconocido toma la palabra y entra en diálogo con ellos. Parte de su realidad. Les encuentra sin nada. No tienen pescado. Sin Jesús al lado, nada de nada.

Aquel hombre les manda o invita a echar las redes al lago. Esta vez obedecen sin más y pescan muchos peces y grandes.

Alguien, Juan, por la voz, el estilo, el tono y el porte del que estaba en la orilla, descubre que “Es el Señor”. Juan agudiza su visión de fe y descubre bajo las apariencias del expectante en la orilla al Señor. Título reservado a solo Dios. Juan ayuda a descubrir y comparte su experiencia y su visión. Pedro esta vez no duda y los demás empiezan a saber que realmente aquel visitante es el Señor.

Pedro vuelve a la barca y tira de la red, que no se rompe, que está llena de peces grandes (153) y la arrastra a tierra. Pedro está fuerte. Pero debe ser la fuerza del Espíritu que le ha cambiado totalmente por dentro y que le convertirá en pescador de hombres. Barca, red, peces, Pedro… imagen sugestiva para pensar en la Iglesia de todos los tiempos cuya misión es la de atraer a la orilla segura de la vida a todos los hombres y mujeres que en el mundo han sido. Jesús está en la orilla segura de la Vida ya resucitada y hacia Él podemos converger todos. Creer en el  resucitado es la invitación que nos harán todos los evangelistas, para que tengamos Vida y Vida abundante. Y este resucitado está siempre al borde del camino, está siempre a nuestro lado. Hemos de tener ojo y oído atento para saberlo encontrar en tantas circunstancias de la vida por las que pasamos, creyendo que son anodinas, y realmente no lo son. Cada instante de la vida es momento de encuentro con el Dios de la Vida.

El evangelio de hoy, da importancia también a las comidas; da importancia a la eucaristía. El resucitado espera a los suyos con pan y peces sobre brasas encendidas. Calor de hogar, formas de eucaristía. Es él el que la prepara e invita; pero también él invita a poner de aquello que se ha pescado; de aquello que se ha trabajado. Podemos decir poner para compartir toda nuestra vida.

Y comen juntos después de la acción de gracias y de partir y repartir el pan y el pescado. Es la pascua del Señor. La eucaristía es el encuentro con el resucitado. Es el momento de la reunión de la comunidad en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu. Es el momento de compartir la escucha de la Palabra y la experiencia de vida que esa Palabra o el Resucitado ha provocado en mi vida. Es el momento del memorial pascual y de la comida del cuerpo y bebida de la sangre del Señor muerto y resucitado al tercer día.

La primera lectura narra la fuerza y el cambio que la experiencia del resucitado ha provocado en los apóstoles. De miedosos se han convertido en valientes testigos del Resucitado y llevan a gala el poder sufrir por su causa.

El Apocalipsis cuenta la exaltación del Cordero degollado en el cielo y nos adentra en una celebración “litúrgica” celeste. La eucaristía es justamente entrar en esta onda o esfera del mundo futuro, que ya es realidad para muchos de los que nos han precedido en la fe y que sacramentalmente se anticipa o viene a la Eucaristía.

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