El mandamiento nuevo

homilía

Seguimos celebrando la Pascua del Señor. Pascua, en la dimensión del resucitado o de la victoria de la vida sobre la muerte. Pero no podemos seccionar la Pascua y olvidar su dimensión de oblación, sacrificio y entrega hasta la muerte y muerte de cruz. La Pascua no se puede “romper” y por eso, el Evangelio de hoy nos quiere introducir o señalar las raíces de la pascua, que están justamente en el corazón de Jesús: Su amor-ágape.

En los últimos momentos de su vida terrenal, Jesús condensa su mensaje en el mandamiento nuevo: “Que os améis unos a otros como yo os he amado”.

La palabra “amor” en castellano es polisémica y a la vez muy trillada en canciones y frases que la reducen a una sola dimensión sensiblera y sentimental; tantas veces muy acaramelada y alicorta. El evangelio griego utiliza la palabra “amor-ágape” que al traducirla hay que focalizar el término del amor en el otro y sin esperan nada a cambio de mi acción. Se habla de un amor desinteresado, altruista, que busca el bien del otro y no espera nada a cambio.

Es un amor gratuito que se entrega porque se quiere dar en libertad absoluta. Esta capacidad es real en todo hombre o mujer, pero que es una capacidad que se atrofia si no es de alguna manera urgida o desatascada. Y eso solo lo puede hacer una experiencia de un amor semejante que haya envuelto su persona en algún momento. Está claro que el elemento activador de esta posibilidad lo hace en primer lugar el amor materno-paterno en cada uno de nosotros, que nos envuelve en un ámbito de gratuidad amorosa impresionante.

Este amor materno-paterno es reflejo del amor mayor que es Dios. Dios es Amor justamente en cuanto que es difusivo y quiere compartir su realidad entera y total con las creaturas –por eso crea- y les da la capacidad de poder amar en esa misma dimensión entre ellas y también en relación con su Creador.

Jesús es la revelación del Padre y en Él se nos revela este amor ágape dirigido en primer lugar a la fuente de ese amor, que es el Padre; y en segundo lugar hacia sus congéneres, en cuanto hijos amados también por el Padre.

Desde esta experiencia vital de Jesús, es de dónde nace el mandamiento nuevo. Un mandamiento que es un regalo. Pero a la vez, parece un mandamiento casi inédito, porque no llega a ser el indicativo de los que nos decimos creyentes. Nos siguen atando muchos “asimientillos” y no rompemos las cadenas de nuestro corazón que busca atajos para el amor y prefiere mantener seguridades y no dejar que se rompa nuestro mundo.

¿No será por esto que las cosas de este mundo no funcionan?

El Apocalipsis hace una profecía de la realidad de un mundo nuevo. Un mundo en el que desaparecerá la muerte, el dolor y todo aquello que nos hace penar. La ciudad santa bajará del cielo y Dios estará con ellos.

Hace ya muchos años, mi profesor de Juan-Apocalipsis, nos decía que el Apocalipsis era una profecía ya cumplida. Que se había cumplido ya en Jesucristo muerto-RESUCITADO. Que esa realidad nueva estaba ya en ciernes y rompiendo a brotar. ¿No lo veis? Y no lo vemos. Seguimos como antes de la Pascua. Algo pasa.

La lectura de hoy termina diciendo: Todo lo hago nuevo. Mira que hago un mundo nuevo; mira que ahora hago el universo nuevo. Es un presente histórico. AHORA Dios hace nuevas todas las cosas. HOY acontece esta realidad.

No terminamos de creerlo. Dejamos todo “ad calendas graecas” y hoy seguimos como pertenecientes al “mundo viejo”. No calamos en el mandamiento nuevo del AMOR AGAPE y nos esforzamos en no ponerlo en práctica. Enterramos el Espíritu y todo posible brote de vida nueva.

Como creyentes y cristianos seguimos proclamando que Cristo ha resucitado. Nuestra vida debería ser de “resucitados” viviendo la vida desde la dimensión del amor fraterno, in poner límites. Pasar por el mundo haciendo el bien. Ir regando vida, entregando la nuestra en servicio a los demás. Y quizás esto haya que hacerlo no desde grandes objetivos, sino empezando por nuestra casa y por los afines y aquellos que se nos acerquen. Hacer vivencialmente cierto el “mirad como se aman”, que es lo que podrá mover montañas.

Entiendo que hay momentos en la historia de nuestras vidas que no se sabe por dónde empezar o cómo actuar. Mi mente va hacia Venezuela, donde compartí vida y esperanzas con aquel pueblo que hoy pasa por penurias sin cuento. Desde este mundo aquietado (no sosegado) de Europa no se pueden hacer análisis y tomar opciones. Sin duda que habrá multitud de ocasiones de practicar el mandamiento nuevo y es necesario saber esperar.

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