Homilía de la primera celebración de la Memoria del Beato Juan Mª de la Cruz

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Mañana los Dehonianos celebramos la Memoria del Beato Juan María de la Cruz. Queremos recordar la Homilía de la primera celebración de esta festividad que tuvo lugar el 22 de septiembre de 2001.

Esta Homilía la pronunció el Superior General, el p. Virginio Bressanelli, en Puente la Reina, donde está el Sepulcro del Beato. El p. Bressanelli, dehoniano argentino, es obispo desde el año 2005, y en la actualidad rige la diócesis de Neuquén en la Patagonia argentina.

 

PRIMERA CELEBRACIÓN
DEL BEATO JUAN MARÍA DE LA CRUZ GARCÍA MÉNDEZ

Puente la Reina, 22 de setiembre de 2001

Homilía del p. General Virginio D. Bressanelli

Textos litúrgicos:

Ap 12,10-12a
Rm 5,1-5
Mt 10,17-22

Esta primera celebración del día litúrgico de nuestro Beato, no es una fiesta como otras. Hoy estamos implicados en una forma especial: entre nosotros están algunos de sus familiares de sangre (sobrinos); estamos sus cohermanos de Congregación y miembros de su Provincia; hay también personas que lo conocieron personalmente y que fueron testigos y beneficiarios de su apostolado. Hay personas de Puente la Reina y de sus alrededores que recogieron y conservaron su memoria en la espera de este día. Hay devotos y bienhechores de la Congregación que acuden a su intercesión. Están los jóvenes de este Seminario que nos recuerdan aquellos adolescentes por los cuales el P. Juan trabajaba y soñaba, cumpliendo la ardua labor que la Congregación le confiara.

En este contexto, con un profundo sentimiento de gozo y de agradecimiento al Señor, nos abrimos a la Palabra de Dios que acabamos de escuchar, y nos disponemos a profundizar el mensaje que nos viene de nuestro Beato.

1. La primera sensación que se tiene, al oír las lecturas de hoy, es que aquí se proclama la Victoria de alguien. Alguien humanamente débil, perseguido, sometido a tribulaciones y muerte, alguien aparentemente vencido.

Es una Victoria que revela el poder de Dios, su gracia transformante y su acción liberadora. Es la victoria de Cristo, y con Él la victoria de la humanidad, sobre el maligno (el “acusador”), y sobre todas las formas históricas de dolor, de mal y de muerte.

Es la victoria que se obtiene en virtud de la sangre del Cordero y de la efusión del Espíritu. Victoria también de quienes fueran sus testigos fieles, que no amaron tanto su vida que temieran la muerte; se gloriaron (creyeron) en su condición de hijos de Dios; se apoyaron en la esperanza que no defrauda; probados y constantes en la tribulación, perseveraron hasta el final; porque el amor de Dios había sido derramado en su corazón y el Espíritu Santo hablaba por ellos.

Es una victoria que suscita alegría, infunde paz y esperanza, y estimula nuestro agradecimiento al Señor.

2. Esta es una de las paradojas del Evangelio. Se presenta como una “Buena Noticia”, un “Mensaje de Felicidad”; pero anuncia a su vez un tiempo de luchas y de persecuciones. Sus mensajeros serán discutidos y perseguidos: les espera la misma suerte del Maestro. Su vida será provocadora y estará sujeta a malas interpretaciones y tendrá que sufrir por el Reino.

Será, sin embargo, precisamente esta extraña situación la que permitirá que la Palabra del Señor llegue a todos, y sea testimoniada hasta ante los mismos persecutores, gobernadores y reyes. En tales circunstancias es el Espíritu Santo el que obra hablando en su nombre, y garantizando, en los peores momentos, la paz y el gozo de los perseguidos.

3. Todo esto lo vemos realizado en nuestro Beato, el p. Juan María de la Cruz. Su testimonio simple y valiente, que no ocultó nunca su identidad cristiana y su condición de religioso y sacerdote, hasta el último momento; su constancia en la oración, su preocupación por una vida espiritual sólida y profunda, su intimidad con Cristo, su búsqueda de la Voluntad de Dios, su celo apostólico, su dedicación al prójimo, su obediencia religiosa a toda prueba, su anhelo de dar la vida por Cristo, tuvieron como coronación el martirio, que es don de Dios y respuesta generosa a la acción de la gracia. Cuanto más penetramos en la vida del Beato Juan María de la Cruz, tanto más fuerte es la convicción que fue un ejemplo heroico de vida religiosa y espiritual, fraterna y apostólica, culminando con la gracia del martirio.

4. Nuestro Beato es también un ejemplo de dehonianidad y es un don de Dios para la Congregación. Llegó a nuestro Instituto ya formado, y con fama de santidad. Nuestro carisma y espiritualidad, y la forma concreta como se vivían en ese momento fundacional en España, fueron para el p. Juan María de la Cruz una respuesta a la búsqueda y discernimiento intensos de contemplación y de entrega apostólica que caracterizaron su vida.

No es casual, sino de Dios, que haya conocido nuestra Congregación en la Capilla de las religiosas Reparadoras, donde acudía a hacer su adoración. Los ideales de oblación, amor y reparación; la centralidad del amor de Dios expresado en el misterio del Corazón abierto de Jesús; la fuerte acentuación eucarística (Misa y Adoración); la tierna devoción a María; la obediencia y la disponibilidad total al Señor y a los hermanos; la sensibilidad social y la atención de los pobres; eran valores que el Beato Juan María de la Cruz ya trajo consigo y que hallaron, en la Congregación de los Sacerdotes del Sagrado Corazón de Jesús, el espacio para crecer y desarrollarse hasta los grados del heroísmo.

Los apuntes espirituales que nos ha dejado, frutos de sus reflexiones y propósitos sobre todo en ocasión de sus retiros y ejercicios espirituales, denotan su fuerte arraigo en el espíritu de la Congregación. Llama la atención la claridad y la practicidad como tradujo concretamente el sentido de la reparación en relación con Dios, y en relación a la realidad humana de pecado personal y social. Fue su experiencia profunda del amor de Dios la que le permitió coger y vivir lo esencial de nuestro carisma de amor y de reparación.

5. Justamente por estos motivos, el Beato Juan María de la Cruz es para toda la Congregación un verdadero “don” del Corazón de Jesús. Es nuestro primer Beato, precediendo en esto al mismo Fundador; además de ser nuestro primer mártir. Primero, en una página gloriosa de la historia de la Congregación durante el siglo pasado, en una larga lista de dehonianos mártires. Pero es un don sobre todo para la Provincia HI que lo tiene en los cimientos mismos de su fundación. Lo es para esta casa de Puente la Reina donde en gozosa obediencia sirvió como “Ángel Tutelar”, al que se le encomendaron la promoción vocacional y la postulación entre los bienhechores.

6. El “don de santidad” es un llamado que Dios hace a todos los cristianos desde el momento de su incorporación a Cristo y al Pueblo de Dios, por el bautismo. De aquí que la Iglesia nos hable del llamado universal a la santidad (cf. LG 40), que se plasma en un compromiso de vida cristiana que ha de orientar la existencia de todo creyente. Esta es la voluntad de Dios, vuestra santificación (cf. 1 Tes. 4,3).

“Todos los cristianos, de cualquier clase o condición, están llamados a la plenitud de la vida cristiana y a la perfección del amor” (Juan Pablo II, Novo Millennio Ineunte, 30).

En este sentido nuestro Beato es un don para toda la Iglesia. Y la Iglesia lo ha reconocido como tal al declararlo “bienaventurado”, poniéndolo como ejemplo e intercesor para sus familiares de sangre, para la Congregación religiosa (SCJ), para toda la Familia Dehoniana y para las Iglesias Particulares donde él vivió y actuó, y donde hoy son notorios su conocimiento y su fama de santidad; en modo especial para la Parroquia de Puente la Reina y los pueblos vecinos y aldeas que visitaba y en las que ejercía algún apostolado.

Este don es un doble compromiso para nosotros. Ante todo es una señal segura de que nuestra vocación dehoniana, con su particular carisma y espiritualidad, es un camino de santidad reconocido por la Iglesia. El Beato Juan María de la Cruz se ha vuelto para nosotros un ejemplo histórico a imitar, detrás del p. Dehon, en el seguimiento religioso de Cristo. Bajo este punto de vista es una señal para toda la Familia Dehoniana, sobre todo para nosotros los religiosos que hemos hecho profesión de seguir radicalmente a Cristo, realizando la perfección de la caridad a través de los consejos evangélicos, y a través nuestra “unión explícita… a la oblación reparadora de Cristo al Padre por los hombres” (Cst 6) en el amor.

Nuestro primer compromiso es un compromiso de adhesión a nuestra vocación a la santidad, como dehonianos. El hecho mismo que, en el reconocimiento oficial de la Iglesia, el Beato Juan María de la Cruz haya precedido al p. Dehon es una prueba más que nuestra Congregación, en su carisma y espiritualidad, es ante todo una “Obra de Dios”.

7. Nuestro segundo compromiso es hacer que nuestro Beato sea cada vez más un don y patrimonio de la Iglesia Universal.

En ese sentido estamos llamados a hacerlo conocer, a promover su causa, a presentarlo como modelo de vida cristiana e intercesor de todo el Pueblo de Dios. A través de la oración, en el misterio de la comunión de los santos, debemos mantener viva su memoria y solicitar su intercesión, para que nuestra vida y nuestras cosas estén siempre orientadas por la voluntad de Dios, y por la pura intención de servir al Reino.

Un hecho que me hizo pensar fue que la noche del 11 de marzo p.p., y los días siguientes de su beatificación, de distintos partes de la Congregación (Italia, España, EEUU, Brasil, Inglaterra, India) algunos cohermanos me dijeran que la imagen del Beato Juan María de la Cruz, fue la única que recorrió por todas las redes de TV como símbolo de aquella masiva beatificación celebrada en la Plaza San Pedro. Era algo que nadie se propuso ni se esperaba. Entonces comencé a preguntarme: ¿No será un signo que a este humilde religioso reparador Dios lo quiere, hoy, como ejemplo y estímulo de vida cristiana en todo el mundo?

Muchas veces las cosas de Dios acontecen solo donde hay hombres y mujeres disponibles para colaborar con Él, y para que esas cosas acontezcan.

8. Aquí quiero agradecer a la Provincia HI que creyó en esta causa, y que la condujo con fe y paciencia a pesar de los vientos en contra. Quiero agradecer a quienes más se dedicaron directamente a esta obra, al p. Antonio Aguilera Alamo, al P. Oliviero Girardi y a los muchos devotos y bienhechores que la sostuvieron. ¡Gracias a quienes hoy prosiguen ese mismo servicio! Desearía animarlos que continúen con un renovado entusiasmo y con la certeza de que, si es de Dios, su canonización será pronta.

Puente la Reina, que fue beneficiada durante la vida del Beato y que fue y es depositaria y custodia de sus reliquias, se convierta ahora en un Santuario, meta de peregrinación y de encuentro con Dios por la intercesión del beato.

9. Y que Él sea, para la Provincia y para toda la Congregación, el Patrono de las Vocaciones Dehonianas y de todo nuestro trabajo de promoción vocacional, y que sea también un particular Patrono de todos nuestros bienhechores. De este modo continuará ejerciendo desde la mansión que le ha dado el Señor en la gloria, la misma misión que tuvo en la Congregación durante su vida.

Él aceptó esta misión con la disponibilidad característica de un hijo fiel del p. Dehon, pues estaba convencido que “Obedecer es amar”.

No tengamos la menor duda de que ahora hará mucho más aún, y que suscitará en la Provincia hombres creativos, entusiastas y perseverantes como él para que trabajen a fin de que no falten obreros en la mies del Señor, ni falten hijos fieles del P. Dehon en la construcción de la Civilización del Amor.

 

 

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