Bendito el que viene en nombre del Señor

Iglesia de Sucina (Murcia)
Iglesia de Sucina (Murcia)

Con el Domingo de Ramos abrimos nuestro tiempo de celebración pascual, un tiempo que irá in crescendo hasta la Vigilia Pascual en la madrugada del Domingo de Pascua

El Domingo de Ramos es un domingo “mesiánico” por excelencia. ¿Quién es el Mesías? ¿Cuál es su misión y función en medio de nosotros? ¿Jesús, es el Mesías de Dios?

Está claro que “Israel”, el pueblo coetáneo de Jesús esperaba un mesías “rey”, nuevo David que restaurase esta dinastía y su esplendor haciendo de Israel una nación con supremacía sobre todas las naciones de la tierra.

La narración de Marcos 11, 1-10 mantiene esta expectativa por parte de los discípulos de Jesús y de otros muchos que le acompañan. Ante las palabras de Jesús al aproximarse a Jerusalén y ejecutar su entrada montado sobre un asno, vemos que hay aclamaciones que detectan esta expectativa. Los discípulos habrían exclamado un ¡por fin! ¡finalmente ha llegado la hora de instaurar el reino de Dios en este mundo! El mesías hará de nuevo los prodigios antiguos y será consagrado rey. ¡Que poco habían entendido lo tantas veces dicho por Jesús! Todavía habrían de aprender mucho en lo que acontecerá en Jerusalén.

Jesús camina en “otra onda”. Sube a Jerusalén para entregar su vida. Sube a Jerusalén para subir al “leño”. Sube a Jerusalén para cumplir la voluntad del Padre, que no es precisamente la de machacar al que se oponga sino la dejarse machacar desde la pobreza, la humildad y la mansedumbre; desde el respeto y del amor incluso al enemigo.

En el evangelio de Marcos hay una revelación de la realidad de Jesús, puesta en la misma boca de Jesús. Cuando manda a sus discípulos ir a Jerusalén a buscar al pollino dice el texto lo siguiente: “Desatadle (al pollino) y traedle. Y si alguien os dice: ¿Por qué hacéis esto? Contestad: “El Señor lo necesita y enseguida os lo devolverá”. Es la primera vez que en el evangelio de Marcos, Jesús se denomina a sí mismo con este nombre: “El Señor”. Adonay. Es el nombre de Dios. Jesús se está revelando como Alguien más que profeta, alguien más que David, alguien más que Moisés. Pero ya podemos empezar a ver que el “señorío” de Jesús, será del todo diferente al de los “señores” de la tierra.

Jesús inaugura su Reino y reinado en Jerusalén con la entrada triunfal del “domingo de ramos”.Fue iniciativa suya hacer ese signo profético haciendo notar a todas luces que su “reino” era de corte distinto al de Herodes o al de cualquier poder civil o militar de la tierra. Pero admite ser aclamado como “el que viene en nombre del Señor”. El tiempo se ha cumplido y llega la plenitud del tiempo. Llega el “Día del Señor”. Jesús entra en Jerusalén para beber el caliz que ha de beber; para entregar la vida por sus hermanos; para subir al calvario y a la cruz. Dese ahí reinará para siempre y su reinado será un reinado de servicio y entrega hasta la última gota de sangre-vida.

Pero eso ya aconteció y permanece para siempre en el “Hoy de Dios” que inaugura. Nosotros, ya dentro de ese “Hoy de Dios” inaugurado en la Pascua con su muerte y resurrección, no podemos volver a repetir teatralmente lo que sucedió en aquel domingo de ramos. Nosotros ya lo contemplamos desde la Pascua, desde la Resurrección, desde los Tiempos nuevos y por lo tanto nuestra celebración está impregnada por la Victoria de Cristo sobre la muerte y el pecado. Celebramos su entrada en Jerusalén como inauguración de los tiempos nuevos.

En el domingo de “las palmas” nosotros recibimos el ramo de olivo o la palma que se bendice al inicio de la celebración litúrgica para proceder de inmediato a la procesión de las palmas.

 ¿Qué sentido o significado tiene esta palma?

En primer lugar renovamos nuestro compromiso de querer seguir a Jesús como nuestro Rey, y confesamos su Reino como el fin último y definitivo de nuestra vida y como aquello que llena de contenido nuestra vida. Queremos vivir y trabajar por la causa del Reino de Dios. Confesamos que toda nuestra vida pertenece a Cristo y queremos que él sea nuestro Señor. Que nuestro criterio se identifique con el de Jesús y que en todo momento sepamos seguir sus pasos, que indudablemente pueden llevarnos no solo a “entrar en Jerusalén” sino también “a subir a la cruz”. Lo reconocemos como nuestro Salvador y como el contenido de nuestra esperanza.

Las palmas son además el signo que la iglesia pone en manos de los mártires como señal de victoria definitiva sobre la muerte puesto que participan ya de la Pascua del Señor. En nuestras manos, las palmas, son sacramento de esta vocación martirial de cada cristiano. Cada momento de nuestra vida debe ser el testimonio palpable de los valores del Reino y del verdadero reinado de Jesucristo en nuestras vidas. Somos testigos-mártires ya ahora. Queremos serlo.

Finalmente estas palmas proclaman nuestra fe en la victoria final de Cristo. Su Reino está presente pero todavía no ha llegado a permear toda la realidad de la historia y del mundo. No ha llegado a la plenitud porque todavía avanza la historia y el hombre envuelta en mediocridades y negatividad. Nosotros creemos que todas las cosas serán un día restauradas en Cristo y que todo y todos seremos de Cristo. Cristo será definitivamente y para siempre y sobre todas las cosas el Rey del Universo. Reino de verdad y de vida, de gracia, de amor y de paz.

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