Aquí estoy

Homilía

Las tres lecturas de hoy coinciden en narrarnos la vocación de Isaías, de Pablo y de Pedro. De inmediato propongo que también tengamos presente nuestra propia vocación personal.

Todas las vocaciones nacen de una experiencia fundante de encuentro con el Señor. El nombre de “fundante” le viene evidentemente de que es el punto de partida o el fundamento de la opción tomada en favor de una persona.

Todas las vocaciones o llamadas que narra la biblia poseen un mismo esquema. Primero acontece la irrupción de  Dios en la vida de una persona. La iniciativa siempre es de Dios. Efectivamente Él es el que llama y nadie puede ocupar su lugar. A la llamada o encuentro con el Señor ocurre en el vocacionado una experiencia de asombro  que le lleva a descubrir su pequeñez e incapacidad para llevar a término cualquier misión. La primera respuesta es: “no me mires a mí. Señor; fíjate en otros que son mucho mejores que yo”.

Es el momento en que Dios se acerca y se ofrece no a aniquilarte sino a hacerte fuerte, a sanarte y hacerte su baluarte. Dios te promete estar contigo siempre y serte fiel. Dios te posibilita y capacita para la misión y está a tu lado siempre. Finalmente viene la respuesta que Dios espera que sea afirmativa. Dios te capacita y envía siempre a una misión. Espera de ti un SI total y absoluto en la misma medida de que su entrega a ti es total y absoluta.

La lectura de Isaías 6, 1-8, es precisa en los términos descritos anteriormente. Isaías, una vez purificado por el Señor, responde con un contundente “Aquí estoy, mándame”, ante la pregunta de Dios que decía: ¿A quién voy a mandar o quién irá por mí? Isaías será fiel durante toda su vida a este acto de obediencia y compromiso que compromete toda su persona.

La lectura de 1ª Corintios 15, 1-15, nos transmite el precioso texto que transcribe el primer “credo” de la comunidad cristiana. “Que Cristo murió por nuestros pecados según las Escrituras; y que fue sepultado y que resucitó al tercer día, según las escrituras; y que se apareció a Cefas y más tarde a los Doce”. También se le apareció a Pablo y es aquí donde se da la experiencia fundante de Pablo para ser apóstol, aunque sea el menor de los apóstoles. Pablo también se siente indigno ante la presencia del resucitado en el camino de Damasco. Es el mismo Espíritu del resucitado el que le habilita, restablece y le envía a ser apóstol de los gentiles. El cambio realizado en Pablo es paradigma de conversión por obra y gracia del Espíritu. Pero Pablo responde con toda la intensidad posible y dedica toda su vida, sin condiciones, para anunciar el evangelio de Jesucristo.

El Evangelio de Lucas 5, 1-11 narra los primeros compases de la vida pública de Jesús en la que muy pronto llama a colaboradores en su causa. La iniciación, Jesús prefiere hacerla sobre la marcha compartiendo la tarea de la misión. No tiene momentos iniciáticos prolongados con sus discípulos sino que procede con ellos desde la misma vida diaria. Eso sí, es indispensable el encuentro personal y la opción decidida de seguirle a donde quiera que vaya.

El Evangelio de hoy pone de relieve el hambre y la necesidad que la gente tiene de la Palabra de Dios. Algo que nos hace pensar en nuestras “hambres” y necesidades. ¿Realmente tengo hambre de la Palabra de Dios? ¿Cuántas veces, en mi vida diaria o semanal, busco la Palabra de Dios para alimentar mi vida y encontrar en ella la luz necesaria para mi caminar de fe? Quizás, el gran problema de nuestra civilización occidental es que no tiene (tenemos) hambre de Dios. Y si no tenemos hambre, es que tenemos satisfechas nuestras necesidades o intentamos satisfacerlas por otros conductos distintos a la Palabra de Dios. Dios es el gran marginado de nuestros proyectos de vida. De esta forma es muy difícil encontrarse con el Señor, porque le tenemos bloqueadas todas las puertas.

Jesús, que no podemos olvidar que es la Palabra de Dios encarnada, desciende a la orilla del mar, se encuentra con los pescadores, habla a la gente y después invita a Pedro y los suyos a bogar mar adentro para lanzar las redes. Es Jesús el que se hace el encontradizo. Pedro le escucha y obedece la orden de Jesús con más dudas que otra cosa. Pero Jesús debía tener un atractivo personal impresionante y una fuerza de convicción bastante fuerte. Cuando Pedro ve que las redes están llenas, se ruboriza y cae en la cuenta de que aquel Jesús es alguien más que un predicador. Siente asombro y a la vez indignidad de estar al lado de aquella persona ante la que se inclina, arrodilla y reconoce como Señor. Lo mismo que a Pedro le pasa a Andrés, a Santiago y a Juan.

La respuesta de Jesús es: No temas. No tengas miedo, yo estoy con vosotros siempre. Hoy te doy una nueva misión. Ser pescador de hombres. La respuesta de los invitados no puede ser más rápida y decidida. Dejan todo y le siguen. El encuentro con Jesús ha operado en ellos un cambio radical de vida. Las cosas que satisfacían sus vidas, dejan de tener sentido pleno y se van a fundamentar en Jesús de Nazaret.

Todos y cada uno de nosotros para ser seguidores de Jesús hemos debido tener un encuentro con el Señor del calibre de Isaías, Pablo, Pedro o Juan. Si no hay encuentro con el Señor, si no hay una experiencia fundante desde la que hayamos reorientado nuestra vida los credos pueden ser poco más que nomenclatura. El credo es expresión de aquello que nos da la vida y que refleja aspectos de nuestro encuentro existencial con el Señor.

Puede que nos veamos desarmados a la hora de responder sobre nuestra experiencia fundante de nuestra fe. Puede que digamos que nunca nos ha pasado lo que a Isaías o a Pedro. Puede que sea así porque nos hemos dejado llevar por rutinas o costumbres; pero nuestra fe no puede ser de opereta ni de costumbres. Debe ser opción personal por Cristo. Viene bien preguntarse en qué momento de mi vida he sentido cercano a Dios y dónde sentí su llamada a seguirle. Pueden haber sido susurros, pero ciertamente se han dado estos momentos. Y más todavía; se siguen dando cada día. Son muchos los encuentros que el Señor provoca con cada uno de nosotros a lo largo de nuestra vida.

Hace falta afinar el oído y querer escuchar. No olvidemos que todo parte de querer escuchar la Palabra de Dios. Si no tengo interés por ella, no se harán en mí las obras de Dios. La Palabra de Dios puede ser en ocasiones desconcertante. No intentemos domesticarla y hacerla a nuestra medida. Dejémonos sorprender por Dios. Dejémonos sorprender por Jesús. Sepamos responder cada día con un “Aquí estoy; Mándame”

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