Hoy se cumple esta Palabra

homilía

La lectura del libro de Nehemías (8, 2-10) narra la primera celebración litúrgica de la Palabra realizada por el Pueblo de Dios recién liberado y establecido de nuevo en la santa tierra de sus antepasados, Judea. Esdras muestra al pueblo libro rescatado de las ruinas de la ciudad que contiene toda la Ley: el Pentateuco. Es el libro donde está la Alianza de Dios con su Pueblo en los tiempos de Moisés y que ahora, de nuevo, se acoge y recibe como el gran regalo de Dios y la garantía de su presencia en medio del pueblo. En torno a este libro de la Ley se establecerá el código cívico-social-religioso que guiará al pueblo judío de ahora en adelante. El libro es recibido con gozo desbordante; es proclamado y acogido en asamblea con reverencia. Es aceptado por el pueblo con el grito del AMEN, AMEN. Es reverenciado como si Dios mismo estuviera presente en aquella Palabra.

Es un primer dato a tener en cuenta por nosotros. Teóricamente ponemos mucho énfasis en la presencia eucarística de Jesús; pero no caemos en la cuenta de la presencia real de Dios en su Palabra. Ciertamente que en la liturgia moderna se está dando relevancia a la presencia de Dios en la Palabra cuando es proclamada en la liturgia dominical pero quizás solo se quede en eso. ¿Cuántas veces releo yo el evangelio proclamado el domingo en la asamblea litúrgica a lo largo de la semana? Releer esa Palabra es volver a hacer presente al mismo Dios en mi vida, en mi interioridad y hacerlo alimento de mi espíritu. En nuestra casa, tenemos numerosos rincones y paredes donde mostramos con orgullo y delicadeza fotos u objetos que nos sirven de memorial de personas y acontecimientos importantes en nuestras vidas. La presencia de Dios es algo permanente en la vida del creyente. Quizás lo demos por descontado, de tal forma que nos olvidamos de significarlo de alguna forma visible. ¿Tenemos en casa algún espacio o lugar donde marquemos la presencia de Dios con una biblia abierta puesta en alguna parte por la que se vea que para nosotros la Palabra de Dios guía nuestros pasos? Pueden darse sustitutos de la Biblia, pero ella es el bien más preciado porque contiene la Palabra de Dios y por lo tanto es sacramento de su presencia real en medio de nosotros.

Los signos son signos y si no llevan a la vida práctica concreta entonces quedan anquilosados y rancios. Ya Nehemías y Esdras invitan a un gran banquete de fiesta popular y fraternal, pero no se olvidan de los que no pueden ir, e invitan a que con ellos también se compartan los bienes festivos llevándoles tajadas y bebidas a sus casas. La comunión de la Palabra lleva al compartir entre todos.

El Evangelio de hoy (Lc 1, 1-4 y 4, 14-21) desarrolla enormemente lo que se encuentra en germen en la lectura de Nehemías.

En la primera parte nos muestra el mimo y cuidado con el que san Lucas quiere tratar la Palabra para trasmitirla fielmente. Esa “palabra” que transmite lo dicho y hecho por Jesús de Nazaret. Una Palabra que nace de la fe de muchos que han visto y oído a Jesús y que han decidido contarlo y anunciarlo para que otros tengan fe y crezcan en ella. En san Lucas, la Palabra se hace carne en Jesús y en Él se cumplen las promesas realizadas en otro tiempo a nuestros padres.

La segunda parte entra de lleno a presentarnos a Jesús de Nazaret que vuelve a Galilea con la fuerza del Espíritu. Es un dato significativo en Lucas. Jesús es el hombre del Espíritu. Es el Espíritu de Dios el que lo mueve y lo guía en sus andanzas apostólicas. Llegado a su pueblo, Nazaret, Jesús participa en una celebración litúrgica del sábado. Jesús era un judío practicante. Era un asiduo de la sinagoga y, cumplidos los 30 años, se dispone a ejercer el derecho a leer una lectura de los profetas y también a comentarla desde su experiencia personal y no como maestro. Le entregan el rollo abierto del profeta Isaías. Y lee: “El Espíritu del Señor sobre mí. Él me ha ungido y enviado a anunciar la Buena Noticia a los pobres y anunciar el año de Gracia del Señor”. Añade de su boca la interpretación de lo leído: “Hoy se cumple esta Escritura que acabáis de oír”.

En Jesús se cumple esta palabra y toda la palabra pronunciada hasta ahora en la Ley y los Profetas. El Espíritu de Dios guía a Jesús. Es el hombre del Espíritu. Posee el Espíritu y se deja guiar por Él. El Padre, unge al Hijo con su Espíritu. Jesús es el Ungido de Dios, el Mesías anunciado y esperado por las naciones. Y ha sido ungido y enviado para anunciar la BUENA NOTICIA (EVANGELIO) A LOS POBRES; la libertad a los cautivos y a los oprimidos; la vista a los ciegos y un año de Gracia para todos.

Nos encontramos ante el programa de vida de Jesús. A lo largo de su evangelio, San Lucas nos dirá quiénes son los pobres, los afligidos, los cautivos, los ciegos.

¿Nos resulta atractivo este programa? Tengo la sensación de que muchas veces se ha utilizado este evangelio como bandera revolucionaria. Y ciertamente el evangelio significa una revolución de gran calado religioso, político y social. Pero antes de airearlo o proponerlo reivindicativamente, es necesario una cura de humildad y ver si para mí realmente lo que dice Jesús es buena noticia. Yo debo de estar cercano a aquellos que se sienten pobres, oprimidos, ciegos y no solo cercano sino experimentar en mi vida esa pobreza o ceguera.

Creo que lo que va a escandalizar de Jesús no son sus palabras, sino su práctica. Él se solidariza con aquellos a los que anuncia la buena noticia y vive con ellos y desde ellos. Es esta práctica de Jesús la que no acabamos de aceptar y mucho menos de institucionalizar. Y el mensaje de Jesús se licua y descafeína. No transmite buena noticia y alegría porque los transmisores no dan experiencia sino como mucho doctrina o palabras para los demás.

Por eso nos conviene abrir el corazón y acoger esta palabra en la interioridad y buscar donde está mi pobreza y ceguera; dejarse ungir por el Espíritu para que llegue la luz y la riqueza de la solidaridad y del compartir. Desde ahí podré salir a proclamar y también a denunciar y desenmascarar tantas situaciones de pobreza y de ceguera que se dan entre nosotros, en nuestra sociedad y en el mundo. La función profética es anunciar, denunciar y restaurar; pero todo esto debe hacerse desde una coherencia de vida que sea testimonio de lo anunciado.

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