Humildad – Gratuidad

JERUSALEN NAZARET 179

DOMINGO 22º – C

Estos días estoy leyendo un libro de John F. Haught titulado  “Cristianismo y ciencia”, muy bueno para ver por dónde anda la ciencia empírica en estos momentos y la posibilidad de seguir afirmando a Dios en un mundo que los telescopios han descubierto enormemente grande hasta afirmar multiuniversos; los microscopios han descubierto hasta las partículas más elementales en lo casi infinitamente pequeño. Un mundo de una temporalidad inimaginable y de una complejidad extrema en sus reacciones físico-químicas. Esta “ciencia” parece no necesitar de la “hipótesis Dios” para afirmar la consistencia de este mundo. El autor encuentra un puesto (un hueco) para Dios afirmando en Dios su HUMILDAD (Capacidad de despojamiento o de abajamiento) y su futuribilidad (ESPERANZA).

Dios es esencialmente HUMILDE. Y definimos humildad por la capacidad que uno tiene en vaciarse de sí y entregarse totalmente a otro. A Dios lo conocemos por Jesús. Y en Jesús se nos revela el Dios Trinidad. Y la Trinidad es una circularidad de despojamiento y entrega mutua entre las tres Personas que se aman. Por un modo de hablar diremos que el Padre hace “hueco” al Hijo en el Espíritu Santo. Esta HUMILDAD de Dios hace posible la creación y la encarnación.

Dios, se encoje y deja hueco en su Ser para que pueda emerger el ser del mundo creado. Y esta humildad es la pauta del comportamiento de Dios a lo largo de la historia y de la Historia de Salvación. Humildad que es respeto, que es dejar hacer, que es sorpresa, que es amor desinteresado, que es futuro, que es esperanza, que es vuelta a casa y cielo.

Jesús, en el Evangelio de hoy, en las dos parábolas que nos cuenta hará hincapié en esta realidad. Nos habla de la humildad. Y habla de la humildad como virtud, porque Dios es humilde y nos ha hecho a nosotros, su imagen, también humildes, esencialmente humildes. Lo que pasa es que dejamos que nos aparezca la cresta del orgullo y de la vanidad; la cresta del creernos los mejores y merecedores de dignidad y respeto, o de loa y bendición. Y es que no encajamos bien la imagen de un Dios humilde, un Dios radicalmente humilde. Estamos mucho más cerca de una imagen de Dios parecida a un Júpiter tonante. Un Dios inalcanzable y soberano y monarca. Y a ese Dios lo imitamos bastante bien. Pero el Dios revelado en Jesús no es así. Es humilde. No se hace notar, deja pasar, respeta. Provoca y llama pero se pone a la expectativa. Un Dios que llega a entregar a su propio Hijo que es llevado hasta la muerte en cruz… y no interviene para cambiar las causas segundas haciendo que venga un ejército de ángeles a defender a su Hijo y su causa.  Es a este Dios al que se nos invita a imitar. Vivir nosotros según aquello que somos. Vivir en humildad. No buscar escalafón ni dignidades. Somos radicalmente iguales y hermanos. Somos uno para los demás. Hay que saber hacer espacio o hueco a los otros para construir la fraternidad y la sororidad universal.

La humildad lleva de la mano a la GRATUIDAD

Es la otra enseñanza de la segunda parábola. Que es parábola y no corrección al que lo ha invitado. La parábola busca la enseñanza que es algo más que moraleja. Si yo considero al otro “mayor que yo” y lo hago desde el amor que me tienen, desde el amor que me tiene Dios que es gratuito, primero, mayor y desde siempre, entonces yo viviré mi vida como don o como entrega a los demás hermanos. Y será una entrega gratuita, que no espera recompensa o dádivas de nadie. Estas podrán llegar por múltiples razones, pero no son buscadas por ellas mismas. Vivo mi vida como servicio y entrega a los demás gratuitamente, porque gratuitamente la he recibido y en la gratuidad está la verdad.

En la eucaristía celebramos el misterio del Dios Trino que en su humildad y por su amor gratuito se ha abajado y ha hecho posible que el mundo sea, y que la salvación de este mundo y del hombre sea posible en Cristo encarnado, muerto y resucitado. La eucaristía nos abre a la esperanza de una nueva creación, nos abre a la esperanza de la Pascua de toda la creación y de cada hombre o mujer que sabe abrirse a este Amor de Dios manifestado en Cristo Jesús, pero que también llega a todos los hombres y mujeres por múltiples caminos abiertos por el Espíritu de Dios que aletea sobre toda carne.

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