Id a todo el mundo y anunciad el Evangelio

La Ascensión en la sillería de Ujué (Navarra)
La Ascensión en la sillería de Ujué (Navarra)

Festividad de la Ascensión del Señor

Del “jueves” de la Ascensión hemos pasado al “Domingo de la Ascensión”. Todo un cambio que no es acomodaticio sino que tiene un profundo sentido teológico. La Ascensión sigue siendo la Pascua del Señor. La Pascua que celebramos en todos y cada uno de los días de “la pentecostés”, pero lógicamente con más intensidad en los días domingo de este tiempo que singularizan cada uno de ellos el memorial pascual. El evangelio de hoy (Marcos 16, 9-20) narra lo acontecido en el primer día de la Pascua. Seguimos pues celebrando el Día que ha hecho el Señor: Seguimos celebrando la PASCUA del Señor.

Es cierto que la lectura de los Hechos de los Apóstoles 1, 1-11 nos narra en secuencia histórica lo acontecido el día 40 de la “pentecostés”. San Lucas tiene una intencionalidad eclesiológica y narra así el misterio pascual desplegado a lo largo de 50 días donde el Señor “inicia” a los suyos en una andadura de iglesia donde ellos van a ser los gestores principales del acontecimiento evangelizador, puesto que el Señor se ha “ausentado” subiendo al cielo desde donde nos envía el Espíritu Santo. Ciertamente es toda una catequesis para la “iglesia” de hoy, pero yo voy a comentar más despacio lo que narra el evangelio del día.

Pero antes de entrar en el evangelio, quiero comentaros mi primera impresión ante la fiesta de la Ascensión. Utilizando dos figuras sensibles diría que la Ascensión es como una “flecha” indicativa y como una “brecha” abierta en un dique o muro divisorio.

Flecha indicativa: Sería una especie de “plus ultra”, de “más allá” de las “columnas de Hércules” que ponen límite al mundo o al universo. La Ascensión es el indicativo del paso de Jesús y con Él de toda la humanidad a un mundo definitivo, al mundo del “Reino de Dios” totalmente consolidado. Eso que llamamos “lo último” ya ha sido inaugurado. Esa ultimidad definitiva (El Reino de Dios) atrae cual enorme ciclón sobre la historia a todas las cosas hacia él. Es por eso hoy un gran día de ESPERANZA. Somos caminantes orientados hacia el encuentro con Dios. No hace ninguna falta afincarnos o aferrarnos a esta realidad nuestra como si fuera una “definitividad” porque no lo es. Podemos caminar ligeros de equipaje dispuestos a ser buenos compañeros de viaje con todos nuestros coetáneos compartiendo nuestra realidad vital, nuestras posesiones, nuestros quereres, nuestras luchas y esperanzas. Toda nuestra realidad se relativiza ante el absoluto del Reino. Digo se relativiza y no que se desvaloriza. Todo esto tendrá o tiene valor gracias a que ya ahora, con estos materiales estamos fraguando la realidad que será plenificada en el último día.

Brecha abierta: Todo el misterio de la Encarnación es “brecha abierta” en los confines que pudieran existir entre cielo y tierra. Pero es la Resurrección-Ascensión la que mejor idea puede reflejar de esta brecha abierta entre la esfera de Dios y la esfera de los hombres. Jesús con su ascensión ha penetrado en la esfera de Dios; ha vuelto a “sentarse” a la derecha de Dios; ha vuelto a poseer o retomar toda su realidad de ser la segunda Persona de la Trinidad. Pero ahora con un cuerpo de hombre o, mejor dicho, sin dejar de ser hombre. Se han roto todas las fronteras. El cielo se ha abierto y el mundo, la historia, el hombre recibe toda la fuerza de la Vida de Dios. Esta vida de Dios (Dios mismo) invade, penetra, recrea todas las cosas y ya todas las cosas “son en Dios” de una forma singular y definitiva. (Esto será tema de Pentecostés).

En Jesucristo nosotros ya participamos de las “cosas de allá arriba”. En Jesucristo nosotros ya respiramos el “aire” o atmósfera del cielo (El Espíritu). En Jesucristo ya hemos sido rescatados todos de forma definitiva del pecado y de la muerte. Por ahí discurre pablo en Efesio 1, 17-23

Ahora sí que ya comento el evangelio. Marcos 16, 9-20. Amplio un poco la lectura para contextualizarla.

Jesús, el día de Pascua se aparece como primicia a María de Magdala. Es un dato común a los 4 evangelios, de forma particular Marcos y Juan. Parece que la historia está mejor reflejada en este caso por los evangelistas y que la primera testigo de la resurrección del Señor fue María Magdalena. Es todo un símbolo, o un indicativo. Jesús resucitado rompe esquemas desde el principio. SORPRENDE. Al igual que al inicio de la “encarnación” Dios sorprende con María de Nazaret la “enaltecida”, Jesús empieza su obra resurreccional por abajo, por los pequeños y marginados, enalteciendo a la humilde: María Magdalena, una mujer marginal por ser mujer y por ser “pecadora” o haber tenido 7 demonios. María Magdalena por su fe y por su amor es re-creada y enaltecida hasta ser la testigo primera o dicho de otra forma ser Testigo para los testigos. Algo para pensar en nuestros comportamientos eclesiales. María Magdalena es una figura a rescatar.

Los segundos en acceder a la experiencia del resucitado son los “dos” que caminan hacia Emaús. Son dos “renegados”. Abandonan Jerusalén porque ¡ya no hay nada que hacer! Muerto Jesús… todo queda en agua de borrajas. Lo mejor es volverse al pueblo y reincorporarse a la vida de siempre y enterrar como un sueño lo vivido al lado del crucificado. Jesús se acerca a ellos para rescatarles del naufragio de la fe. El encuentro con Jesús enciende de nuevo sus corazones, se iluminan y vuelve a alumbrar la esperanza en sus vidas. Ahora correrán a Jerusalén para anunciar la buena nueva. Los dos discípulos se han rehecho o recreado.

Los discípulos siguen cerrados en su aposento de Jerusalén.

No creen a la mujer. ¿Cómo van a creer a una mujer? ¡Faltaría más! Es una soñadora y ve cosas donde no las hay. Pensarían aquello de… ¿“de (Nazaret) “una mujer” puede salir algo bueno”? La mujer no es testigo fiable en aquellas culturas.

No creen a los dos discípulos. ¡Abrase visto! Diría Pedro o cualquier otro. Estos que se han marchado, que han abandonado el barco… y ahora vienen a darnos lecciones a nosotros. ¡Faltaría más! Ya hacemos suficiente con readmitirlos en nuestro grupo. ¡Que se callen y que pidan perdón!

Está visto que resulta difícil creer a los de casa, a los hermanos, a los amigos y familiares. Está visto que funciona el dicho “nadie es profeta en su tierra”.

Finalmente Jesús se aparece a los 11. Y vuelve a sorprender Jesús, porque no saluda con “la paz”, sino que hay un reproche; les echa en cara su incredulidad. Sucede algo parecido a lo que narra Juan con referencia al apóstol Tomás. Hemos de considerar que se trata del grupo de los “amigos” y predilectos de Jesús. Le conocían y eran testigos de lo que había dicho y hecho; eran testigos de la vida de un hombre extraordinario. Conocieron un hombre que vivía “desde Dios” y “para Dios”. Un hombre que ponía su vida en las manos de Dios. Les había hablado de su muerte – entrega y de su resurrección al tercer día. Les había hablado de un “Dios de vivos” y un Dios para la vida. Un Dios “Señor de la Vida” y enemigo acérrimo de la muerte. Con todos estos datos unidos a su experiencia de vida con Jesús tenían que haber seguido fiándose de Jesús. Si la vida de Jesús estaba en las manos de Dios, la muerte no tenía dominio sobre Él. Jesús en Dios debía vivir (vive) para siempre. En teoría estricta no necesitaban de nada más. Fiarse de Jesús que había sido su “compañero” implicaba creer en su resurrección o Paso al Padre.

Y sin embargo no fue así. Los discípulos siguieron el razonamiento de siempre: ¡Exigir signos! ¡Pedir señales! Igual que Tomás: “Si no veo no creo”. En el encuentro con los amigos Jesús les muestra su decepción y les reprocha su dura cerviz. El anuncio hecho por María Magdalena les debería haber bastado. El anuncio de los de Emaús les debería haber bastado. Pero necesitan más y más señales. Por ellos (y por nosotros) podemos decir que Jesús les ofrece la señal de su resurrección. Podemos notar que aquí también sucede que los “primeros” pasan a ser “últimos”. Los “buenos” son los de más difícil conversión porque quizás estén muy seguros de sus méritos y de su sabiduría.

Para nosotros, estos hechos pueden sugerirnos varias enseñanzas.

-Estamos hechos de la misma pasta que los discípulos. No nos podemos extrañar de que nos vengan dudas y que también busquemos pruebas. Somos todos TOMASianos. Pero hemos de recordar que ya se nos ha dado la gran prueba (la de Jonás) de la resurrección y no hemos de buscar más pruebas. Basta y sobra con lo recibido.

-Podemos sentirnos bienaventurados porque sin haber visto hemos creído. Es la gran lección que Jesús da a Tomás y también a los discípulos del cenáculo. Dichosos los que sin ver creen. Hemos de aprender de una vez que la fe va por un camino distinto a las “señales” (aunque estas no faltan nunca). Que es cuestión de fiarse de los testigos: gente que vive su vida de la mano de Dios; gente que vive desde Dios y para Dios al estilo de Jesús.

Y es aquí donde nace el imperativo de Jesús “Id (vayan) a todo el mundo y anuncien el Evangelio”. Jesús envía a los discípulos a ser testigos de la resurrección. Y este evangelio se anunciará desde el testimonio de vida de los anunciadores que si no son testigos serán solo cantamañanas. Solo desde la vida de fe del creyente-testigo podrá anunciarse la buena noticia de que Jesús es el Señor.

Hermoso sería especificar la traducción de las señales que acompañan a los testigos, que enumera Lucas a continuación. Me basta recordar ahora el ¡ved como se aman! Como la gran señal del señorío de Jesús.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos necesarios están marcados *