III Domingo del Tiempor Ordinario, reflexionando con Gonzalo SCJ

En este domingo se normaliza el tiempo ordinario y empezamos a leer el Evangelio de Lucas de forma continua desde los primeros compases de la vida pública de Jesús.
Tengo que confesar que hoy me cuesta arrancar en el comentario porque me encuentro ante bifurcaciones diversas desde la Palabra y desde los acontecimientos de estos días.
-Estoy bajo la turbulencia del dolor y de la oscuridad originada por lo acontecido en Haití. ¿Hay algo qué decir desde la Palabra?
-Estamos en la semana de la oración por la unidad de los cristianos. ¿La Palabra tiene algo que decir?
-La primera lectura (Nehemías 8, 2 – 10) narra una celebración litúrgica de todo un pueblo ante “La Palabra”. Solo esta lectura merecería una reflexión profunda.
-1 Corintios 12, 12-30, es todo un tratado de cristología proyectado hacia la eclesiología. También merecería una atención particular.
-Lucas (1,1-4; 4, 14-21), nos introduce hoy en la historia que sobre Jesús va a escribir de forma atenta y esmerada. Partir de esta introducción, para hacer una presentación de las ideas fuertes que resaltan a lo largo del evangelio es otra de las posibilidades.
-Y escuchar los ecos de la lectura que Jesús hace de la Palabra en la sinagoga de su pueblo es todo un poema para cantar.
¿Qué hacer? Voy a seguir el ritmo de la Palabra proclamada y veremos hasta donde llegamos.

Esdras y Nehemías presentan fervorosamente ante la asamblea del pueblo el “Libro de la Ley” que habían encontrado. Libro y Ley que merecen todas las aclamaciones y se reverencian como si se estuviera ante la misma presencia de Yhaweh. Es una celebración que rememora las asambleas organizadas por Moisés y Josué para hacer y renovar la Alianza con Dios. En esta ocasión es a la vuelta del exilio y el pueblo adquiere cohesión en torno a la Palabra y la Ley, que es el sacramento de la presencia de Dios en medio del pueblo. A partir de entonces, el pueblo se encontrará con Dios en las asambleas de las distintas sinagogas de los distintos pueblos. Dios ya no habitará solo en el templo de Jerusalén, que entre otras cosas estaba derruido, sino que habitará o se hará presente por medio de la Palabra escrita en los libros “sagrados”. Escuchar la Palabra, será acoger al mismo Dios y será el mejor camino para hacer su voluntad de tal forma que ya no vuelvan al pueblo los males del exilio en Babilonia. La Palabra, su proclamación, su escucha, su enseñanza, serán uno de los ejes basilares sobre los que se construirá el judaísmo que llegará hasta los días de Jesús, y hasta nuestros días.
El encuentro con la Palabra de Dios, desencadena en medio del pueblo una purificación y una gran fiesta. Impresiona escuchar: “Hoy es un día consagrado al Señor”. HOY. El encuentro con el Señor es “Hoy”, “ahora”. Presencia real e histórica en presente. La alianza hecha un día con nuestros padres, hoy es renovada, recreada. Hoy es también el día que actúa el Señor. El encuentro con el Señor lleva a la fiesta y a la solidaridad repartiendo las viandas llevándolas al que no tiene. No falla. La dimensión “social” no falla nunca cuando se da un encuentro con el Señor. Este encuentro siempre dinamiza una corriente de solidaridad entre iguales, porque todos somos iguales ante Dios; somos su imagen. (Vayan ustedes sacando consecuencias con lo de Haití)

 

Es justamente Jesús el que en la narración del evangelio de hoy, abre el libro del profeta Isaías en una celebración sabatina en la sinagoga de Nazarét. De pasada, anotar que el ritmo celebrativo semanal era una práctica habitual en Jesús. Para un buen judío no podía ser de otra manera. Pero es que esa es la manera de hacerse el encontradizo con la presencia de Dios en medio de su pueblo. Dios nos convoca y nos reúne en asamblea, y es en esa asamblea (iglesia significa asamblea de convocados) donde Él se hace presente. Para nosotros los cristianos está claro que cuando dos o tres nos reunimos en su nombre, Él (Cristo ) está en medio de nosotros.

Es en este ambiente litúrgico-celebrativo donde Lucas nos presenta en síntesis la figura de Jesús y el resumen de su Evangelio. Estamos ante uno de esos textos evangélicos que deberíamos tener clavado en la cabecera de la cama, para leerlo todos los días, y también clavado sobre todo en el corazón para vivirlo cada día.
Jesús lee lo escrito en el libro de Isaías. “El Espíritu de Dios sobre mí, me ha ungido y enviado a dar buena noticia a los pobres, cautivos, ciegos, oprimidos y a anunciar el año de gracia del Señor.” Proclamado el texto, Jesús se sienta. Habla para actualizar la Palabra y dice: “Hoy se cumple esta Escritura que acabáis de oír”.

Repasar este acontecimiento, oírlo ahora, a mi mismo me deja electrizado y atónito.
Me impresiona ese “HOY”. El “hoy” de Dios donde se cumple la Palabra. El “hoy de Dios” es eterno. No tiene ocaso y es un presente continuo. Ese “hoy de Dios” cuando toca la historia, la eternaliza (la hace eterna). La toca en Isaías con la presencia del Espíritu que unge y envía al profeta a la gran misión. La toca en Jesús sobre el que desciende el Espíritu para llevar adelante lo anunciado por Isaías, de forma más plena y vivificante. La tocará (ese Espíritu) en Pentecostés, donde nacerá la Iglesia. La seguirá tocando cada día en cada acontecimiento que se presenta en el caminar diario del discípulo de Jesús. Para Lucas, el gran protagonista de la historia de la Salvación es el Espíritu Santo y por eso marcará muy claramente su acción a lo largo de su Evangelio y del otro libro que sigue al Evangelio que son los “Hechos de los Apóstoles”.

Contemplemos el HOY de Jesús. Ungido por el Espíritu. Llega a Nazaret poco después de la experiencia de su bautismo en el Jordán. El Espíritu se ha posado sobre Jesús y le guía o lleva a anunciar ese “año de Gracia” y “esa buena noticia a los pobres”. Jesús se presenta como mensajero, como profeta de Dios, aunque Él nunca dará una definición de sí mismo. “Alguien más que profeta” será lo que se le escape en una ocasión.
Jesús trae “buenas noticias”. No es “pájaro de mal agüero”. No condena ni moraliza su predicación. Viene a decir que Dios “está a favor” o “es de” los pobres, afligidos, marginados… y para todos proclama el “año de gracia o de amnistía del Señor”. Un anuncio que rompe cadenas, que libera el corazón y nos hace respirar a pleno pulmón ante Dios y los hombres. Nadie es esclavo de nadie y Dios no es “baal” a quien hay que servir como esclavos, sino que es Alguien que tiene un corazón misericordioso, sensible a la situación de opresión del hombre. Este es otro de los temas preferidos por Lucas. Su evangelio será el evangelio de la misericordia de Dios.

Contemplemos este HOY en nuestras vidas. El ungido de Dios, el poseído por el Espíritu eres tú, soy yo. La noticia y la misión se cumplen en nuestro HOY.
Cabe preguntarse si somos conscientes de esta realidad y la vivimos como tal. Saberme llamado de Dios, elegido y ungido para la misión de evangelizar es toda una gracia, un honor, una bendición; algo que nos debe llenar de gozo y hacernos agradecidos. El año de gracia de Dios, su amnistía permanente llega a nosotros hoy. Podemos decir en verdad que “este es el día que ha hecho el Señor”, también hoy, aquí y ahora para mí y para nosotros reunidos en asamblea, en comunión, en iglesia; invitados a seguir los pasos de Jesús y enviados a ser buena noticia para los demás. (El próximo domingo continúa la escena de la sinagoga y las reacciones de la gente. Veremos más cosas.)

Pero la pregunta que sigue pendiente es si este “HOY” llega también a Haití. ¿Cómo hablar de “gracia” en tiempo de “desgracia” extrema, un tiempo de dolor donde lo que parece palparse es la ausencia de Dios.

Con el corazón quebrado y con la tentación de entrar en silencio al estilo de Job, tengo que decir que La Palabra de Dios proclamada hoy aquí, está también dicha para Haití. El Hoy de Dios abarca y acoge también a aquella gente y quizás de forma preferente por ser los más pobres de la tierra (sin matices).

El anuncio de Isaías emerge o nace justamente desde una situación extrema de perdición y de exilio. Ahí se fragua la esperanza del profeta.
Jesús es cualquier cosa menos tonto. Conoce la historia de Israel y sus quebrantos. Conoce la desdicha de la gente y la pobreza de muchos (probablemente la experimentó en sus carnes) que no tienen qué comer. Conoce enfermedades incurables y dolorosas y conoce muertes prematuras y maduras. Conoce hundimientos de casas con muertes de personas normales y conoce muertes causadas por violencias de unos y de otros. Es ante esta realidad ante la que reacciona proclamando esta Buena noticia de la que hoy se nos habla. Proclama que Dios existe, a pesar de esos males; proclama que Dios es Abba, a pesar de todos esos males; proclama que Dios está de parte de esa gente, que está de su lado, que está con ellos, que es uno de ellos.
Jesús sigue fiándose de Dios y se “la juega” por Dios y por los desposeídos, los encarcelados, los pobres, los enfermos. Jesús fiándose de Dios se enfrenta denodadamente a todos esos males desde sus fuerzas, desde su palabra y desde su vida.
Su última palabra y su último gesto será entregar su vida aplastada por la violencia injusta y poner “su Espíritu” en las manos del Padre.
Este Padre no abandonará a Jesús en la nada, sino que lo resucitará para siempre y lo sentará a su derecha.
Solo desde aquí encuentro respuestas para el “hoy de Haití”. Está claro que Dios no está ausente y está a favor de ellos. La omnipotencia de Dios no se muestra en ser super-man sino en la omnipotencia del amor que es servicio y entrega. Estamos llamados a ser servidores desde el amor y ahora toca, entre otras muchas cosas, ser solidarios con ese pueblo.

Gonzalo Arnaiz Alvarez, scj

 

 

 

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