“IN MEMORIAM” DEL P. BENIGNO GARCIA ERCILLE

Fue el primer dehoniano que conocí. Un 29 de septiembre de 1959, a las 4 de la tarde, nos habían citado a los apostólicos que de Asturias íbamos a Puente la Reina en la estación Renfe de Oviedo. Allí nos esperaba el p. García (Así lo llamábamos entonces). Risueño y afable intentó poner su mejor cara a los que con mucha morriña llegábamos acompañados de nuestros padres y que pronto íbamos a subir al tren que nos separaría de nuestra tierrina y familia por 9 largos meses. Ser el “primero” implica por necesidad ser “primicia” y para mí fue por mucho tiempo la imagen de los Reparadores. Los primeros días y meses en Puente, él era o fungía como bastón de apoyo consolador a los que añorábamos nuestro pueblo.
Además de profesor, era el p. Espiritual del seminario y por lo tanto era el llamado a forjar nuestros espíritus. Una vez al mes pasábamos por su despacho para hablar de la marcha de nuestras vidas en todos los órdenes, pero particularmente en el orden de la conciencia. Era de trato acogedor y nos ayudaba en nuestro discernimiento vocacional y moral. No era rigorista ni laxista. Sabía aplicar el sentido común a lo común de la vida.
En el año 1962 le pusieron de Prefecto de Disciplina. Humanizó el cargo. Eran tiempos donde la disciplina marcaba en exceso y si el prefecto se excedía el clima del colegio se enrarecía. Con el p. Benigno empezamos a respirar normalidad. Desapareció el cumplimiento por el “miedo al castigo” y empezó a funcionar la motivación y la convicción más que las amenazas. Con él empezó el “cambio” que en la iglesia se barruntaba puesto que empezaba a funcionar el “espíritu del Concilio Vaticano II”. Personalmente debo agradecer este talante para mi futuro vocacional.

 

En ese tiempo, junto con el p. Javier López, perteneció al gobierno provincial como consejero. Sus idas y venidas a Madrid desde Puente, en aquellos viejos cacharros (que en Puente lo eran), eran aventuras sin cuento, que nos narraba en las clases subsiguientes donde de vez en cuando nos ponía al corriente de la vida de la Provincia. Como profesor de religión y de otras cosas era bastante bueno. No era aburrido, sabía hacer entretenido el tema y a la vez mantenía la exigencia de la asignatura como debía ser.
Para mí, en esos años, fue uno de mis referentes como persona creyente, como sacerdote y como dehoniano a imitar.
Al p. Benigno, enseguida se le confiaron cargos de responsabilidad en la animación de las comunidades scj de la Provincia. Alba de Tormes, Puente la Reina, Novelda, Torrejón de Ardoz fueron las comunidades en las que le tocó ser el primer servidor (se les suele llamar superiores) y siempre fue de verdad creador de comunidad por su capacidad de diálogo, de escucha, sonrisa campechana, su sorna para entresacar puntas de acontecimientos de la vida comunitaria o de alguno de los miembros de la comunidad. No practicaba la crítica escondida y negativa. Solía llamar a las cosas por su nombre y trataba de conciliar a veces lo no reconciliable. Mantenía los valores de la vida religiosa, de forma particular su fidelidad en la oración diaria personal y comunitaria con la que arrastraba a los demás a vivir esa vida de oración.
En el año 1996 fue nombrado procurador de Misiones y también secretario de Misiones. Por ese tiempo yo estaba en Venezuela como primer servidor de aquella Región y por eso tuvimos un trato epistolar estrecho y también en muchas ocasiones encuentros personales.
P. Benigno estaba enamorado de la actividad misionera de los scj en Venezuela, y posteriormente de Ecuador. Aquí hacía todo lo posible para recaudar fondos para poder realizar en Venezuela los diversos proyectos que desde allí se le señalaban. Fueron muchas las obras que se realizaron contando con su apoyo e ilusión: Seminario Mayor de los Rosales (Caracas); Centro médico de Caracas, de Mariara, de Tinaquillo (todos ellos obras de envergadura); diversas capillas en San Carlos, Tinaquillo.; comedores sociales en San Carlos, Tinaquillo, Puerto Cabello; mobiliarios, libros para estudiantes, becas, ayudas para damnificados… y más cosas. Pero todo eso hecho con una ilusión contagiosa hasta tal punto que casi era él el que empujaba, mas que nosotros.
Estuvo tentado de ir él personalmente y quedarse allá como misionero. No lo hizo, pero muchos veranos venía por allá para ocupar el puesto pastoral de alguno de nuestros párrocos para que ellos pudieran venir de vacaciones a España. Tuve ocasión de estar con él por meses en la parroquia de Puerto Cabello. Era feliz. Se encontraba como pez en el agua, recorriendo los barrios de chabolas, contactando con la gente, celebrando las eucaristías, los funerales en las casas de los difuntos (había malandros abundantes y cada día teníamos muertos de bala). Algún día íbamos a la playa un par de horas. Las tardes noches, después de cenar lo pasábamos en el porche de la casa charlando y entrando en conversación con los lugareños que se acercaban a ver a los curas.
Vivía nuestros problemas como suyos y trataba de aconsejar y construir la mejor solución. Hablábamos en sinceridad y con confianza. Él sabía que yo era allá el superior, pero también sabía que yo siempre lo consideraba como “padre”.
El mismo trato que dio a Venezuela, lo reafirmó en la fundación de Ecuador. En la actualidad estaba atento a los aconteceres político-sociales de ambos países, y era él el que de vez en cuando me informaba sobre cuestiones eclesiales y políticas de Venezuela o de Ecuador. En ningún momento ha bajado la guardia y hasta el último día ha estado atento a este su particular campo de apostolado que ejerció con destreza, tino, delicadeza y certeramente.
P. Benigno temía la enfermedad, que no la muerte. La temía porque no quería quedarse de “estorbo” para los demás, y tampoco quería los sufrimientos que acarrea una larga enfermedad. Hasta aquí como cada uno de nosotros. Hemos visto que no le ha dado tiempo a sentir apenas nada. Su muerte ha sido repentina. Sinceramente creo que es la muerte que él esperaba y deseaba. Pero la muerte última, viene preparada por las otras muertes que suceden en el cada día de la vida. Benigno supo hacer de su vida una oblación (muerte) para que los demás pudiéramos tener una vida cualificada. P. Benigno pasó haciendo el bien y por eso ahora está Vivo para siempre en la casa del Padre en el que creyó y amó por Jesucristo su Hijo y nuestro Señor.
P. Gonzalo Arnaiz Alvarez, scj.
 

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