In memoriam. Hno. Tomás Cabezón

El 20 de Noviembre de 2012 

en Torrejón de Ardóz ha vuelto a la casa del Padre 
nuestro querido hermano

 


F. Fortunato Tomás Cabezón Contreras,


In memoriam.
Hno. Tomás Cabezón
Conocí al Hno. Tomás en los inicios de los años sesenta cuando yo llegué a Puente de apostólico y allí se encontraba el Hermano ejerciendo de responsable de la imprenta doméstica que estaba ubicada en el claustro de la capilla y también de la imprenta. La imprenta era un local grande con acceso directo desde el claustro con una puerta grande, algo destartalada, que cuando se abría dejaba entrever unos grandes arcos por dentro que sostenían el piso de arriba y dejaban sitio para instalar máquinas impresoras que para la época a nosotros nos parecían verdaderas maravillas de la tecnología. El movimiento acompasado de los rodillos entintadores que pasaban por los tampones gigantes, y de allí iban a las planchas que se cerraban presionando sobre un papel que allí había depositado un brazo que de inmediato lo quitaba para volver a poner otro… Otra más sencilla a la que había que alimentar poniendo a mano el sobre, la cizalla o cortadora de papel, la encuadernadora, las cajas con las letras para componer las planchas… Allí, en medio de todo eso se encontraba el Hno. Tomás. Para nosotros una institución y todos los que utilizaban ese nombre lo hacían con respeto. Tomás era un hombre enjuto, no muy alto, serio, de abundante cabellera negra, con gafas de la época. Era afable y acogedor en la medida en que podía hacerlo. Había normas muy rígidas y prácticamente no podía haber relación dialógica entre los hermanos y los apostólicos. Cuando entrábamos a la imprenta para coger papel o retirar impresos, Tomás siempre estaba en su faena, que dejaba para atenderte sin dar muestras ni de cansancio ni de fastidio. Aprovechaba la ocasión para preguntarle sobre su trabajo y nos explicaba como le llevaba mucho tiempo el componer planchas escogiendo una a una las letras que componían el futuro texto, y también el deshacer las planchas para devolver las letras a sus respectivas cajas. Este era su trabajo ordinario y a él ha dedicado toda su vida, si bien posteriormente en Torrejón de Ardoz, donde se trasladó la imprenta de Puente hace cuarenta años, ha debido ajustar sus métodos de trabajo a las nuevas tecnologías que se han sucedido en este largo lapso de tiempo. Mi conocimiento del hno. Tomás en aquel tiempo era “periférico” y de oídas. Pero también lo podíamos contemplar y ver en muchas situaciones de la vida de oración de la comunidad y del colegio, en los roces que podíamos tener en los claustros cuando jugábamos y por fuerza lo debíamos de encontrar. Doy fe que siempre le miramos con respeto y admiración. Nunca nos llamó la atención o nunca levantó la voz y menos la mano para corregir o llamar la atención. Si alguna vez debía decir algo lo hacía con timidez y no alardeando en público. Le veíamos cumplidor fiel de sus obligaciones como trabajador y como religioso en los tiempos de oración y de recreación.
A lo largo de mi vida de religioso he tenido encuentros esporádicos con Tomás y siempre he sentido por su parte una acogida afable e interesada por la misión que yo estaba realizando en Venezuela o en otras partes donde me ha tocado estar. No he oído de su boca crítica alguna y siempre le he encontrado en un tono de serenidad y de aceptación clara de la voluntad de Dios en su vida, aunque esta no siempre coincidió con sus apetencias más íntimas. Tomás era un hombre nacido para “el convento” y ha tenido que vivir la mayoría de sus años en un piso bien estrecho donde el trabajo le quedaba bien distante. Con frío o calor asiduamente ha paseado desde la casa hasta la imprenta sin darse importancia y sin queja alguna. Lo hacía por deber y por amor. Un amor grande primero a Dios con la mediación del Sagrado Corazón de Jesús, después a la Congregación, por la que ha entregado su vida hasta el final, y por sus hermanos de Congregación, los de carne y hueso con los que ha tenido que compartir su vida de diario.
Yo le he convivido con Él durante 6 meses en Torrejón, en la etapa final de su vida, y le he visto siempre fiel al horario de la comunidad (Podíamos poner el reloj en hora siguiendo sus pasos). Muy fiel en los momentos de oración, de forma particular en la meditación y en la adoración al Santísimo. Me causaba admiración la intensidad con que oraba. Participaba en todas las comidas y a su manera también estaba en los momentos de recreación. No era muy locuaz pero estaba atento a los acontecimientos que afectaban a los hermanos y también al país. Quizás la enfermedad le empezó a preocupar y le hacía sufrir o entrar en zozobra. ¿Quién no? Pero supo mantener cierta estabilidad emocional hasta el final.
Sinceramente creo que ha sido un buen hombre y un buen religioso, y que seguro, ahora que nos contempla desde la otra orilla, será un buen intercesor por nosotros ante el Padre gozando de su amor manifestado en Cristo Jesús.
Gonzalo Arnaiz Alvarez, scj
Madrid, 20 de noviembre de 2012.
 

 

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