Jesucristo, Rey del Universo. Solemnidad

homilia-dehonianos

El hijo de Dios entronizado

Último domingo del “año litúrgico”. Se cierra en belleza con la solemnidad de Jesucristo, Rey del Universo. Un título que merece la pena contextualizarlo en el tiempo en que él anuncia su evangelio y donde en el juicio ante Pilato reconoce  ser “rey”.

Jesucristo, en su vida, pasa a enfrentarse con la fuerza bruta de otros reinos.

Jesús y Pilatos son la expresión de dos justicias y dos reinos distintos. “Mi reino no es de este mundo”; es decir, en mi Reino hay criterios distintos a los de Roma.  Jesús reconoce que es Rey. El Reino de Jesús es el Reino de la Verdad. Para esto ha venido al mundo para ser testigo de la Verdad. Ese es el valor absoluto de su reino y resulta que la Verdad es Alguien. Jesús es la Verdad que nos llega desde el Padre. La Verdad es Fidelidad y Misericordia juntas. Dios es misericordioso y fiel; y Jesús es el “fiel” y la misericordia andantes.

Es importante darse cuenta de que en el Reino de Jesús la Justicia está desarmada. Él es el “ecce homo”. Es el Hijo en forma de Siervo y así sale para el calvario. No lleva cohorte alguna.

Carga con el palo horizontal de la cruz y un letrero al cuello que le señala como “el rey de los judíos”. Jesús va a sufrir el tormento y la muerte más ignominiosa; la que sufren aquellos que han intentado quebrantar las fuerzas de la pirámide social, las fuerzas de “Roma”.

La cruz se forma izando al reo hasta cruzar el tronco horizontal con la hendidura existente en el palo vertical ya clavado en el suelo. Al reo se le sube. Juan ve en ello una entronización: “Cuando sea levantado en tierra atraeré a todos hacia mi” (Jn 3, 14)

La cruz es el trono de este Rey. Aquí empieza su reinado.

 Jesús reina desde la ignominia. Desde allí tiene tres gestos propios de un Rey

El Perdón. Jesús ofrece el perdón. Perdona y disculpa (no saben lo que hacen). Perdón que nace de un amor inmenso incluso al enemigo. Un perdón que es pura Gracia. Podríamos decir un amor excesivo o exagerado. Llega a poner la otra mejilla. Nos disculpa y atribuye a nuestra ignorancia nuestro comportamiento. Casi parece que la culpa es de él.

La Acogida. Nos acepta con él. Acepta en su Reino al buen ladrón: “Hoy estarás conmigo en el paraíso”. Recordemos al publicano en el templo que baja justificado tan solo por reconocer que es un pobre pecador. Jesús acoge como el padre del hijo pródigo y por eso sobrepasa la petición del buen ladrón. Lo sienta en su Reino; no solo se recuerda de él sino que le hace compartir su vida en la intimidad de la casa del Padre. En la cruz se cumple el “hoy” de la Salvación  que atraviesa todo el evangelio de Lucas: “Hoy”, os ha nacido un niño; “hoy” se cumplen estas palabras; “hoy” ha entrado la Salvación a tu casa, Zaqueo. El “Hoy” de Dios se abre en Cristo y se consuma en el “Hoy estarás conmigo en el Paraíso”. En la cruz se abre el cielo, se abre el paraíso. Jesús entra definitivamente en el “Hoy” de Dios y con Él el buen ladrón y todos aquellos que aceptan su invitación.

La Entrada al Paraíso. A tus manos encomiendo mi Espíritu, ABBA. Jesús se vuelve al Padre, al que se acoge como el niño pequeño en el regazo de su padre o de su madre. Pasa a las manos del Padre. Por esa puerta abierta hacia las manos del Padre entra el centurión (verdaderamente este era Hijo de Dios), entran sus discípulos, entra toda la creación. Todo es puesto en las manos del Padre.

Nos introduce en la casa del Padre como hijos en el Hijo. Y el Hijo, y los hijos se quedan en la casa para siempre. Ya no somos esclavos sino que somos hijos de Dios para siempre.

Jesucristo cargó con nuestra locura, con nuestra “sabiduría” (que es necedad) para que nos venga la Sabiduría que viene de Dios.

La Resurrección y la Ascensión no arrancan a Jesús de nuestro lado. Esos pasos hemos de verlos como ENTRONIZACIÓN. Se sienta a la derecha del Padre. Está puesto a la cabecera, delante y frente a nosotros. Va delante como cabeza nuestra. Con él ya estamos introducidos en el Reino. Jesús sentado a la derecha del Padre es una nueva presencia de la Gracia que es él. Jesús sube al cielo y entra en la casa del Padre de forma definitiva. La Gracia está de nuevo en casa.

Ahora se da una nueva presencia de la Gracia convertida en Gloria.

Jesús está sentado a la mesa de la fraternidad; pero se vuelve a levantar y a lavar los pies, a servir. Siempre está en esa actitud de servicio y vuelve a ir delante.

Jesús es el primogénito. Nace. Ama y sufre. Encabeza la mesa. Es el primero en todo y de todos.

En la ascensión Jesús avanza delante del universo para llegar a la casa del Padre.

Jesús está en el cielo por encima de toda potestad y Dios puso todas las cosas bajo sus pies.

Jesús ha sido ungido por el Padre en la creación y ha sido constituido Señor del mundo. Cosmócrator. Pantócrator. Ha empezado ya a reinar. Y su reinado consiste en instaurar en los hombres sus hermanos la Gloria del Padre. Gloria que no es otra cosa que las obras de Dios hechas en favor de los hombres.

Los primeros testigos del resucitado no anuncian la llegada del Reino sino que anuncian a Jesucristo como Señor. Dicen: “Jesús es el Señor” Anuncian a Jesucristo entronizado.

Jesús nos ha traído la reconciliación; hemos vuelto a ser hijos con el perdón de los pecados, por medio de la reconciliación alcanzada en su sangre.

Todo proviene de Dios en Cristo. Dios en Cristo nos reconcilia y sigue reconciliando e invitándonos a dejarnos reconciliar por Dios.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos necesarios están marcados *