Jesús es el “Agua Viva”

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Los 3 domingos que nos quedan de la Cuaresma, son un reflejo de la catequesis que los catecúmenos recibían para preparar la Vigilia Pascual donde celebrarían el ansiado sacramento del Bautismo. Para nosotros, que caminamos hacia la renovación de nuestro bautismo en la noche pascual, nos sirven para profundizar en nuestra opción bautismal.

La carta de Pablo a los Romanos (5, 1-8) describe precisa y preciosamente lo que es el Bautismo. Nos habla de la justificación (santificación) por la Fe. Nos habla de la Esperanza, que no defrauda porque se funda en la realidad que nos constituye en nueva creatura. Una realidad que es nada menos que el Amor de Dios (Caridad) que ha sido derramado en nuestros corazones con el Espíritu Santo que se nos ha dado. El Amor es el Espíritu. El fundamento de nuestro nuevo ser recibido en el Bautismo es el Espíritu Santo. Estamos ensamblados, injertados, transformados, transfigurados por el Espíritu. ¡Qué más se nos puede decir! ¡Qué más podremos esperar! ¡Cómo no dar gracias a Dios por esto! ¿Podremos dejar al Espíritu que obre en nosotros? De esto tratamos a lo largo de la cuaresma.

La primera lectura (Éxodo 17, 3 – 7) trata de los avatares de Israel en su camino hacia la Tierra prometida. Camino por el desierto donde se experimentan las ausencias de cosas importantes. Y estas ausencias, a veces, hacen que surjan las dudas sobre la veracidad del camino y de aquel que ha invitado a hacer ese camino. Falta el agua. Tienen sed y poca probabilidad de encontrar oasis. Dios, ¿Dónde está? Es la pregunta eterna. Cuando algo no sale según nuestros cálculos nos vienen las dudas sobre el camino de fe. ¿Merece la pena seguir a un Dios “débil” que no  puede sacarnos “las castañas del fuego”? Israel y Moisés son invitados a acercarse a la peña-roca-monte Horéb. De la roca Dios hace saltar agua viva, agua de manantial (no agua estancada y putrefacta como la de los aljibes) que les acompañará por el desierto. Dios siempre está “al quite”. No anda despistado ni olvida a sus hijos. Es capaz de sacar agua de la roca y hasta hijos de Abraham de las piedras. Dios está en el fondo y más allá de todas las cosas. La respuesta última de Dios la encontramos en la Pascua de su Hijo Jesús. Y a ella hace referencia esta lectura del Éxodo. La roca de la que mana el agua viva será Jesucristo en la cruz de cuyo costado manará agua junto con la sangre. Él es la roca que nos salva. Él es la señal alzada para dar respuesta a nuestras inquietudes y dudas. No cabe duda: Dios está en medio de nosotros plantado como el árbol de la vida o como la roca de la que mana el agua viva.

La lectura del Éxodo apunta claramente a la que hoy se proclama en el evangelio (Juan 4,5-42). Es una catequesis bellísima. Tiene muchos recovecos y por eso hay que meditarla pausadamente y dejarla resonar en el alma. Pensar un poco: ¿Quién es el pozo: el manantial de Sicar o el mismo Jesús que se sienta a su lado? Hay todo un entramado que hace que vayamos pasando del pozo de Sicar al nuevo pozo de agua viva que es Jesús. Punto de partida es la sed de Jesús. Una sed biológica porque es hombre y está cansado. También en la cruz Jesús tiene sed. Pero ¿hay otros tipos de sed en Jesús? Ciertamente; tiene sed de que el Reino de Dios se haga; tiene sed de que la Samaritana (y todos los samaritanos) tenga sed de Dios, de la Salvación y la encuentre y beba hasta saciarse. Jesús trabaja en un diálogo-encuentro con la Samaritana hasta hacerla descubrir que ella también tiene sed. Cierto que tiene agua, porque tiene el cántaro, la soga y el pozo, pero esa agua no sacia toda la sed. Se necesitan otras aguas y otros manantiales. Y ahora es la Samaritana la que pide de beber de esa agua. Se han cambiado las tornas; el cazador se ha visto cazado. La Samaritana tiene sed de amor; de amar y de ser amada en su realidad personal (no como cosa u objeto sexual), pero además tiene sed de Dios, tiene sed de adorar al Dios verdadero. Tiene sed del Agua Viva de la que le habla Jesús. Es en este momento del diálogo-encuentro donde surge la pregunta y respuesta central del evangelio de hoy: “La mujer le dice: Sé que va a venir el Mesías, el Cristo; cuando venga él nos lo dirá todo. Jesús le dice: Soy yo; el que habla contigo”. Es un momento de máxima revelación en el evangelio de Juan. Primera vez que es tan contundente y lo hace ante una mujer, supuestamente pecadora, y samaritana. Un personaje que acumula todos los “deméritos” para ser la receptora de tal mensaje. Jesús (Dios) tiene sus preferidos entre los pequeños y no hace acepción de personas por motivos de raza, sexo, religión. Jesús, además de manifestarse como el nuevo pozo de Sicar, se va a mostrar como el nuevo Templo porque a Dios se le puede adorar en espíritu y verdad y ya no hacen falta los montes de Garicín o el templo de Jerusalén.

La Samaritana cree en Jesús. Deja el cántaro y se convierte en testigo. Va al pueblo y cuenta su experiencia. No la puede aguantar dentro de sí. Y el “agua” que ella ha recibido, la empieza a desparramar para que otros se fecunden con esa agua. Es un agua que por más que se “derrame” no se agota. Es un agua que salta del hontanar y no se agota. Y salta… hasta la Vida eterna. Y la Samaritana consigue arrancar un testimonio, mayor si cabe, de sus conciudadanos sobre Jesús: “Sabemos que él es de verdad el Salvador del mundo”.

Hemos de volver a las aguas bautismales. A nuestro particular encuentro con Jesús. Hemos de ver si realmente nos hemos bañado y contagiado de esta agua viva. Si acudimos a Él como agua viva, como la roca que nos salva o si andamos despistados y hemos cambiado el agua viva por aguas de aljibes que, aunque tengan colorantes y dulcificantes son aguas que no sacian el alma. Hemos de ver si seguimos haciendo camino (éxodo) hacia la Pascua, o si hemos naufragado entre un mar de dudas que nos ocultan a Dios o nos hacen renegar de él en nuestra vida práctica. Hemos de pensar y ver si nos vemos siendo testigos llevando esta agua que a nosotros nos sacia existencialmente o más bien somos cantamañanas de salvaciones inoperantes.

El Salmo 94 nos invita a hacer esta hermosa oración: “Venid aclamemos al Señor, demos vítores a la Roca que nos salva. Él es nuestro Dios. Ojalá escuchemos hoy su voz y no endurezcamos el corazón como en Meribá”.

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