Jesús crecía en sabiduría, estatura y gracia

homilia

El domingo siguiente a la Navidad, la Iglesia celebra la fiesta de la Sagrada Familia.  La intención de crear esta fiesta en el ambiente navideño es querer remarcar el valor que tiene esta institución –la familia- dentro de la misma Iglesia y dentro de la sociedad civil donde vivimos. Somos conscientes de que el valor “familia cristiana” parece quebrarse y para muchos casi convertirse en un anti-valor y sin embargo, cuando se pregunta por aquello que realmente estiman en la vida, casi todos coinciden en afirmar que la familia es un valor referente en sus vidas y en el fondo del corazón hay una reminiscencia y añoranza de esta realidad cuando se rompe o falta.

Esta fiesta podía tomar tonos reivindicativos de lucha para imponerse sobre otros tipos de “familia” que han surgido en nuestra sociedad. Sinceramente creo que no es el camino. Defendemos la libertad de conciencia y por lo tanto puede haber personas que quieran crear otras formas de vivir unidos en sociedad que no coincidan con la forma de vivir el matrimonio cristiano. Combatir e imponer es una cosa. Testimoniar es otra. Nosotros queremos marcar la línea del testimonio. Un testimonio que nace de una convicción, de una fe, de una opción, que se vive en esperanza y alegría, aún sabiendo que tiene un recorrido que no siempre es camino de rosas.

También soy consciente de que la sociedad ha ido cambiando en la forma de vivir el matrimonio. Siempre ha sido un contrato entre dos personas adultas y responsables. Pero la libertad en la elección de los contratantes ha variado mucho. Antes los determinantes del contrato eran los progenitores y ahora no se admite la injerencia de nadie en la opción libérrima de los dos contrayentes. Antes la clave patriarcal con la preeminencia del varón sobre la mujer estaba bien resaltada y ahora nadie discute la paridad entre los contrayentes.

Las lecturas bíblicas que se proclaman en este día tienen la virtud de hablarnos de esta institución como valor central, pero tienen el condicionamiento de estar escritas en una sociedad donde primaban otros valores sobre los actuales. Por eso, hay disonancias que pueden herir sensibilidades y hemos de tratar de leer la Palabra en el contexto social en que fue escrita.

La lectura del Eclesiástico (3, 2-14) trata de desdoblar el cuarto mandamiento de la Ley de Dios. Mandamiento que tiene la categoría de ser el primero de entre los diez referido a la humanidad en esta historia nuestra. Sería el primero de la segunda tabla de la Ley. Esto quiere decir que se está tocando el fundamento del manejo de los valores humanos y sociales.  Honrar padre y madre. En principio nadie lo discute. En otros tiempos casi nadie. La ancianidad era un valor y era respetada como fuente de sabiduría y experiencia de vida acumulada. La familia y el clan cuidaban de sus mayores o ancianos. Eran estimados y tenidos en cuenta.

En nuestros días, por diversas causas, quizás la atomización de la familia al esquema padres e hijos y también a la longevidad de la vida, las cosas no se ven tan claras o por lo menos no se viven de igual forma. Los padres no quieren y también temen ser peso para sus hijos y muchos hijos se resisten a tener que cuidar de los padres y se buscan otras soluciones, que no siempre significan abandono o negligencia. Las residencias de ancianos no necesariamente son indicativo de abandono. Pueden ser un recurso social que puede dignificar situaciones y que da márgenes de vida en libertad y también de subsidio terapéutico en muchos casos que resultarían imposibles en nuestros recintos de vivienda ordinarios.

Dicho esto es bueno dejarnos cuestionar por la Palabra proclamada y analizar nuestra relación adulta con nuestros mayores y ancianos y ver la calidad de nuestra acogida para con ellos y la calidad de nuestro amor filial con nuestros padres.

El Evangelio, Jesucristo, introduce cambios de perspectiva profundizando en la realidad del matrimonio pareja. Jesús quiere liberar de prejuicios acumulados a lo largo de la historia de Israel retrotrayéndose a los inicios, afirmando que al “Principio” las cosas no eran así, como en su tiempo lo vivían. Dios los creó macho y hembra. Hizo de los dos, una sola carne. Dios creó al hombre como pareja. Es el hombre y la mujer, juntos, los que son creados a imagen de Dios. No cada uno por separado, sino que los dos juntos, pareja, son la imagen de Dios. Y este es el gran valor que resalta Jesús. En el pensamiento de Dios, que es Padre, al crear al hombre a su imagen, lo crea como pareja. Y lo une de tal forma que ya no son dos, sino que son “una sola carne”. Y esta afirmación es de tal radicalidad que se hace indestructible, justamente porque Dios lo ha unido y no debe ser separado por el hombre. Separar es romper el proyecto de Dios y apartarse de su Voluntad. Es entrar por rutas que descomponen en vez de componer. La nueva realidad creada por Dios en la “pareja humana” es un “NOSOTROS” que nace de la auto-donación mutua. El hombre asume a su mujer como carne de su carne. Y viceversa. El Dios cristiano es un NOSOTROS que se regenera continuamente en la auto-donación amorosa entre las tres Personas de la Trinidad. La donación de una a la otra es siempre total y esto dinamiza la vida divina. La imagen de Dios Trinidad en el matrimonio es de la misma naturaleza. El matrimonio se constituye desde la donación mutua y total del uno al otro desde el amor total que implica, la fe, la confianza, la comprensión, la esperanza, la fidelidad, la acogida. Cada uno de los esposos debe ser el primero en el servicio y la entrega.

Y esta realidad es la que hace que la pareja sea no solamente biológicamente fecunda, sino que también lo es desde la dimensión teologal o desde la mirada y la vida de Dios. La fecundidad es también imagen del Dios que crea y en la creación se manifiesta su amor por el que quiere hacernos a todos partícipes de su misma vida.  Es desde esta perspectiva que hemos de leer la carta de Pablo a los Colosenses. Somos elegidos de Dios, santos y amados, por lo que hemos de revestirnos de compasión entrañable, bondad, humildad, mansedumbre y paciencia. Valga esto como pistas de ruta para la vida matrimonial y cristiana. Y sobre todo, que sea el Amor, el vínculo de la unidad perfecta. Esta es la realidad novedosa del matrimonio cristiano. Está fraguado y sellado por el Amor que no es otra cosa que el mismo Espíritu Santo que nos sella, nos troquela, nos formatea desde el mismo amor de Dios. Esa es la fuerza, que es vida y comunión, la que hace que podamos vivir los compromisos matrimoniales en plenitud. Fuera de esta realidad, no es fácil vivir la realidad matrimonio en pareja fecunda. No es que el Espíritu sea una ayuda, sino que el Espíritu es el que recrea una realidad nueva. El don del Espíritu está  realizado sobre toda carne; pero si no se explicita de alguna forma y no se vive desde Él y no se pide que venga a nosotros, no resulta fácil vivir la originalidad del matrimonio cristiano.

El Evangelio (Lc 2, 41-52) nos pone a la Sagrada Familia de Nazaret como modelo de familia cristiana. Y el evangelio de hoy nos presenta un momento de conflicto en esa familia. Justamente cuando Jesús va pasando a ser mayor de edad y empieza a actuar por libre.

Ciertamente el evangelista con esta narración pretende decir que en Jesús se esconde una realidad que se manifestará plenamente en la cruz y en su resurrección. Sobre todo quiere hacernos ver que Jesús desde el principio de su vida “adulta”, está orientado totalmente hacia la Voluntad del Padre que está en el cielo, ante el cual, toda otra institución –incluida la familia de sangre- tiene un valor relativo. Jesús ha venido a cumplir en todo momento la Voluntad de Dios. Relativizar el valor de la familia no es menosvalorarla, sino ponerla en su sitio justo. La familia es indispensable para la maduración de la persona, pero la persona no debe estar atenazada por el criterio del clan. Cada persona está llamada a realizar lo que Dios ha previsto para ella y eso se desvela en el foro interno de cada persona y es responsabilidad de cada uno.

En el evangelio de hoy se pone de manifiesto la procesualidad del camino de fe de toda persona. María y José no entienden lo que su Hijo les quiere decir o dice y lo guardan o recapacitan para ver qué quiere Dios en sus vidas. María y José crecen también ante el misterio de la vida de su hijo Jesús. Jesús también crece. Y el evangelio de hoy lo afirma incluso después del acontecimiento de independencia realizada por Jesús. Baja con ellos a Nazaret y les estuvo sujeto. Y CRECE en estatura, sabiduría y gracia ante Dios y ante los hombres. La vida de Jesús es también proceso y maduración. Dios –Padre- se le va manifestando de a poquito y debe hacer camino de fe, apoyarse y confiar en el Padre en todo momento, hasta llegar a la cruz donde vendrá el apagón y la tentación final o gran tentación de la que saldrá victorioso con su grito de confianza final en el Dios que parece le ha abandonado.

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