Jesús en la casa de la familia de Pedro

Alrededor de la casa de Pedro. Cafarnaúm.
Alrededor de la casa de Pedro. Cafarnaúm.

La lectura de Job 7, 1-7 nos sorprende con una queja inaudita; describe la situación de un hombre desesperado o por lo menos en la más profunda oscuridad vital. Nos podemos preguntar si verdaderamente esto es Palabra de Dios. “Mi vida es un soplo y mis ojos no verán más la dicha”: ¿Dónde está la esperanza en la vida? La lectura entresaca la parte más negativa de la historia de Job. A gritos, todos, pedimos algo de luz porque si esto es así llegamos a la conclusión de que todo es vanidad y nada tiene sentido. La vida es un relámpago más o menos luminoso pero que termina por desvanecerse pronto y para siempre.

A esta situación de tinieblas y de sombras de muerte, responde el Evangelio presentándonos a Alguien “luminoso” que es capaz de sacarnos de esta situación de forma definitiva. Ese “Alguien” es Jesús de Nazaret. Lucas 1, 29-39 nos narra la segunda parte de la actividad de Jesús en su primer sábado de “vida pública”. Lo vimos en la sinagoga y ahora lo vemos en la casa de la familia de Pedro. Se encuentra con la suegra de Pedro enferma; la anfitriona de la casa estaba en peligro. Jesús lleva la paz a aquella casa sanando a la enferma que de inmediato se pone a servir. La liberada de la fiebre se pone a la disposición de la comunidad-familia. No se reserva para ella nada y el don recibido es puesto al servicio de los demás.

“Al anochecer, cuando se puso el sol le llevaron todos los enfermos y endemoniados”. Ya ha pasado el sábado y la noche empieza a tomar posesión de la tierra. El mundo entra en tinieblas y la gente busca a Jesús. Él es alguien que ilumina y da esperanza. Alguien que puede vencer las tinieblas y la muerte. Por eso cura a muchos enfermos y libera a muchos endemoniados. Jesús restablece un cierto orden y lleva esperanza en la sociedad de su pueblo y alrededores.

Pero Jesús no es “curandero” o no ha venido para eso. Las curaciones remandan a una realidad nueva y más profunda que es mucho más importante que la misma curación de una enfermedad. Por eso terminada su jornada laboral y en las horas de descanso, él se retira a un lugar apartado para ORAR. ¿Quién es éste? Jesús es el creyente orante o el orante creyente. Jesús está incardinado en Dios y es el Padre el fundamento de su vida, el que le da la fuerza para realizar los signos y al que debe obediencia de Hijo amado. Busca la voluntad de su Padre y quiere discernir sobre lo que ha de hacer en su vida. Y esta es la primera ocasión en la que le vemos tomar decisiones que parecen sorprendentes cuando no incomprensibles.

Sus discípulos le buscan y le llevan la buena nueva de que la gente le busca y está entusiasmada con él. Que la empresa empieza a funcionar bien y que puede llevar a todo el mundo de calle, porque le aclaman y esperan de él más beneficios. Lo que Jesús más teme y de lo que huye será precisamente de eso. No quiere aplausos ni beneficios. No quiere ser “mesías rey”. No ha venido para eso. Ha venido para anunciar o proclamar el Reino de Dios y debe permanecer totalmente libre para esa misión. Por eso, su respuesta al requerimiento de los suyos es: “Vamos a otra parte, a otros pueblos, que también allí han de oír la buena noticia”.

Jesús va en una dirección y los discípulos intentan siempre indicarle otra más oportuna para determinados intereses vitales. Seguridad económica, rentas abundantes, prestigio social, etc.

Esos discípulos están empezando a seguir a Jesús y digamos que es lógico que anden despistados. Pero ¿Y nosotros? ¿No estamos igual que ellos?

Pensemos por un momento en el contenido de las oraciones –pocas o muchas- que nos salen del alma. Casi siempre aparecen ante una necesidad. Y pedimos sanación, superación de dificultades, etc. Yo no digo que eso esté mal, pero ¿solo eso?. Ciertamente Dios es capaz de sanarnos de enfermedades pero no somos conscientes de que es capaz de sanarnos de la enfermedad existencial que nos puede invadir a todos y plantarnos en la situación en la que se encuentra Job. Esa es la más grave enfermedad. Creer que estamos solos en el mundo y que ya está todo el bacalao vendido. Nada que hacer y por tanto sálvese el que pueda. Y resulta que nadie se puede salvar.

Esta cerrazón de nuestro espíritu es la que puede romper y sanar Jesucristo. Es la sanación más radical. Sacarnos de la sombra de la muerte y la desesperación. El evangelio de hoy nos invita a hacer un sitio a Dios en nuestras vidas. Admitidle a él a nuestro lado. Él que es quien nos convoca a la existencia, que nos ama locamente y que cuenta con nosotros para siempre. Yo sé que el primer es Dios y él es el que llama y llama siempre. Llama a nuestra puerta. Pero tenemos que abrir nuestra puerta; tenemos que dejarnos invadir por Dios.

A veces tendremos que pedir que se nos de la señal de que alguien está al otro lado, pero son tantos los indicativos de que está. Ahí están los milagros. Esos milagros sorprendentes como son las curaciones, o el mayor de todos que es la resurrección de Jesucristo. Pero a nuestro lado encontramos milagros fehacientes de que Dios está presente. El amor del amado, el cariño del amigo, el servicio del hermano, la ayuda a fondo perdido; el sol de cada día, un hermoso amanecer, la hermana agua fecundando la tierra, el hermano fuego o la hermana luz. Tantos colores, cosas y casos que nos hablan de Dios.

Hoy, el Evangelio nos invita a la oración, al encuentro con el Señor. Reconocer y saber que Él es el primero en mi vida. Nos invita a amarle a él con todo el corazón. En él está la raíz de la que dimanan después todas nuestras acciones que serán frutos de verdad; serán acciones que liberen a los demás y que ayuden a crear y creer un mundo en paz. Hacer que el Reino de Dios avance.

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